¿Momento reformista?
No hacer nada es una mala idea. Gobernar sin prioridades, sin tocar intereses, sin impulsar cambios que generen resistencias es la receta perfecta para seguir nadando en esta medianía.
Un número creciente de empresarios y figuras influyentes repite, casi como mantra, que en Uruguay no se puede reformar en serio. Que no es posible empujar cambios económicos verdaderos, de esos que liberan mercados, aumentan la competencia, bajan el costo de vida y elevan los ingresos. La idea sería que ningún político realmente quiere, o puede, comprarse los problemas que hay que comprarse para avanzar de verdad en ese camino.
Es una versión renovada de aquella vieja idea sobre el periodismo uruguayo: que no se puede hacer, porque son todos primos. Aplicada a la economía, sería: en Uruguay no se puede tocar ningún interés, porque son todos primos.
¿Es verdaderamente tan poderosa la penillanura levemente ondulada? ¿Es la resistencia al cambio una fuerza tan determinante en nuestra vida pública?
A juzgar por la última elección, parecería que sí. En un mundo que se polariza y elige entre modelos antagónicos, en Uruguay tuvimos dos candidatos compitiendo por ver quién era más centrista. Asumiendo que los políticos no son tontos y siguen incentivos, lo más probable es que ninguno de los dos haya encontrado en la población una avidez relevante por un cambio estructural. Si la demanda hubiera estado, alguien la habría capitalizado. Podrá objetarse que el liderazgo no se limita a leer la demanda existente: también la construye. Es verdad -Lacalle Herrera en los 90 no llegó al gobierno con un mandato explícito por desmonopolizar seguros o reformar el puerto, lo construyó gobernando-. Pero esa construcción requiere convicción y disposición a pagar costos políticos, dos cosas que escasearon en la oferta electoral de 2024.
Pero esto no tiene por qué ser siempre así. De hecho, no lo ha sido. En momentos clave de nuestra historia, Uruguay hizo cosas importantes que, aun habiendo enfrentado enormes resistencias, fueron pasos adelante de los que no volvimos. La década del 90 es elocuente: reforma portuaria, plan de estabilización, desmonopolización del mercado de seguros, corrección fiscal, reforma previsional. Reformas que nos hicieron un país más rico, abierto, estable y con menos pobreza. Por supuesto que implicaron tocar intereses, meterse con gente, patear hormigueros. Conviene desconfiar siempre de quien promete reformar dejando a todos contentos.
Claro que aquello ocurrió después de una dictadura, una crisis durísima como la del 82 y una inflación que superó el 100% anual. El "momento reformista" no se decreta: se cocina al calor de la frustración acumulada.
Hay otro punto que conviene incorporar a la discusión. Uruguay vende -con razón- su estabilidad como activo. Es un país previsible, institucionalmente sólido, sin sobresaltos. Esa estabilidad es un valor genuino y no debería despreciarse. Pero la estabilidad no debe confundirse con "la paz de los cementerios". Sin crecimiento corre el riesgo de convertirse en un país prolijamente estancado, que envejece, ve emigrar a sus jóvenes y se vuelve cómodo solo para quienes ya están instalados. La paradoja es que el activo se erosiona desde adentro mientras nadie lo nota. Y a esto se suma un cambio de contexto regional que no podemos ignorar. Argentina ensaya un programa de ajuste y apertura. Paraguay sostiene desde hace años una macro ordenada y crecimiento por encima de la región. Hasta Perú, con todas sus turbulencias políticas, mantiene una economía más abierta que la nuestra. Mientras los vecinos se mueven, ser estable empieza a ser cada vez menos suficiente. La estabilidad uruguaya solía destacarse en una región volátil; pero si la región empieza a ordenarse y crecer, lo que antes era una ventaja comparativa ya no nos hará tan especiales.
¿Es posible que ese momento reformista vuelva a formarse en Uruguay? La elección de 2024 dejó claro que ese momento no es ahora. Pero tampoco es impensable. El estancamiento económico y la falta de rumbo de este gobierno pueden generar, con el tiempo, un nivel de frustración relevante en la ciudadanía. Si a eso se suman las señales que llegan desde la región, puede abrirse un espacio para discutir cosas que estuvieron vedadas en los últimos años.
Lo que sí parece cada vez más claro es que no hacer nada es una mala idea. Gobernar sin prioridades, sin tocar intereses, sin impulsar cambios que generen resistencias es la receta perfecta para seguir nadando en esta medianía. Para muchos políticos puede ser lo cómodo. Para la gente, es el camino directo a la frustración de expectativas y al descontento.