Desayunos con Haydn
Hace algún tiempo descubrí que mis desayunos duran lo mismo que una sinfonía de Haydn, igual por lo demás a una primera mirada a "El Mercurio"
Hace algún tiempo descubrí que mis desayunos duran lo mismo que una sinfonía de Haydn, igual por lo demás a una primera mirada a "El Mercurio". Claro, no todas las sinfonías duran lo mismo, ni tampoco todos los desayunos y es necesario acompasarlos en las mañanas. Un "Mercurio" enjundioso requiere un buen desayuno con una de las grandes sinfonías tardías de Haydn, pero otros días basta con una rápida mirada al diario, una tacita de té y una sinfonía de las primeras y más simples.
De estos tres componentes de la mañana temprano, suele imponerse Haydn, y muy a menudo no sé si he tomado el té o si leí el editorial, porque las modulaciones armónicas del músico me distraen por completo. La imaginación y el buen humor de que hace gala no permiten permanecer impasible frente a sus evocaciones de cacerías, sus sorpresas, sus épocas folklóricas o su período de Sturmund Drang. Y también puede agregarse música sagrada para ocasiones especiales. La obra sobre las Siete Últimas Palabras de Cristo en la Cruz es una cúlmine de la música occidental.
Las sinfonías son unas 106; las mañanas de días laborables andan no lejos de eso, unas 200. De modo que basta repetirse una sinfonía al año, pero con la variedad de estilos contemporáneos, una misma sinfonía por dos intérpretes parecen ser dos obras diferentes. A mí me gustan las versiones históricas, es decir, las más recientes y modernas -oh, paradoja-, pero cada cierto tiempo es bueno dejarse llevar por la tradición de la Sinfónica Hungárica y disfrutar de la música, sin olvidar ni la tostada ni "El Mercurio".