El Comercio, Perú
2 de mayo de 2026
La balsilla que
Alec abre un paquete de galletas de coco y las saborea con la pasión de alguien que no las ha probado en once meses por dedicarse a cruzar los mares del mundo entero. Sucede que acaba de volver al Perú, de dar la vuelta al mundo, por segunda vez, en un velero. Una gran hazaña para nuestro país, pero que para él es apenas una estación más en un viaje que empezó mucho antes, cuando a los seis años ya navegaba junto a su padre y su abuelo, entendiendo el mar como una extensión de su cuerpo.La verdadera prueba, sin embargo, no estuvo en completar la vuelta, sino en atravesar el Cabo de Hornos, uno de los puntos más temidos del planeta, ubicado al extremo sur de Chile. No es una exageración, pues son pocos los navegantes que han logrado cruzarlo de este a oeste, enfrentando vientos de más de 50 nudos, temperaturas que rozan el bajo cero y una lógica simple pero brutal: cualquier error puede ser el último.Durante once meses, Alec Hughes recorrió 19 puertos en su velero Manu. A lo largo del viaje, 14 personas se fueron sumando de forma itinerante: algunos por tramos cortos, otros en momentos clave. Hubo días de conversación y camaradería, y otros de silencio absoluto, enfrentando el mar en soledad. Pero lo que nunca cambió fue la presencia de una balsilla artesanal peruana a bordo, una embarcación ancestral hecha con madera balsa, reconocida como patrimonio cultural del Perú desde el 2024, y que hoy sobrevive en apenas una docena de ejemplares en la costa norte. Esas balsillas, impulsadas por un remo y una vela, permitieron a los peruanos prehispánicos navegar el Pacífico mucho antes de que el mundo entendiera la dimensión de esos viajes.La travesía lo enfrentó a todo. A oleajes que hacían temblar el barco durante horas, y a tormentas que obligaban a resistir sin descanso. Pero también a una amenaza menos visible y constante: la presencia de embarcaciones que depredan el mar en distintas partes del mundo. En medio del océano, Alec se cruzó con flotas pesqueras que iluminan la noche como ciudades flotantes, recordándole que el riesgo no viene solo del clima, sino también de la forma en la que hoy el humano habita el mar.Su viaje, entonces, no fue solo geográfico. Fue también una forma de contar otra historia. En cada parada, de la Polinesia al Índico, de África a Sudamérica, Alec desplegó la balsilla, mostró su funcionamiento y explicó su origen. En colegios, clubes de vela y encuentros con navegantes, repitió una idea que lo obsesiona: el Perú siempre fue un país oceánico. ?El mar fue la primera red social en la historia?, asegura.Esa convicción lo llevó a investigar durante años las conexiones entre el Perú y la Polinesia: el intercambio de especies, el uso de corrientes marinas, el conocimiento del clima. Para él, todo apunta a una misma conclusión: los antiguos navegantes peruanos no solo entendían el océano, vivían en relación con él. Y esa relación hoy se está perdiendo.Por eso, más allá del enorme logro personal, Alec insiste en otro objetivo: rescatar esa memoria, que ha sido ya convertida en su libro y documental ?Atando cabos?. Hoy, Alec no tiene tiempo para el descanso: trabaja en sus nuevos proyectos, que incluyen hacer de la balsilla una atracción turística, fomentar el amor por el mar entre los niños y crear oportunidades reales para las comunidades costeras que conservan la sabiduría del océano. //