La directora uruguaya estrena este jueves en cines uruguayos, su película premiada en el festival de Tribeca, una historia distópica sobre una adolescente tomando decisiones
Pasaron ocho años desde Los tiburones, la ópera prima de Lucía Garibaldi que le dio el premio a mejor directora en Sundance. Es mucho tiempo. Ahora, con una pandemia y una maternidad de por medio, Garibaldi estrena este jueves su segunda película, Un futuro brillante.
También llega con certificación festivalera: fue la mejor película de la sección Viewpoints en Tribeca y obtuvo el premio de la Prensa Iberoamericana en Huelva.
Al igual que su primera película, Un futuro brillante es un coming of age, o sea, la historia de una adolescente descubriendo el mundo. El género sería una ciencia ficción, pero eso solo aporta el escenario y no el alcance de la película.
La sinopsis oficial la resume así: "Elisa es una de las últimas jóvenes escogidas para ir al Norte, una suerte de tierra prometida donde se está haciendo historia. Todo su entorno, incluso su querida Madre, espera con emoción su partida. Pero pronto Elisa se da cuenta de que no quiere partir y que decirlo no es suficiente". El guion es de Garibaldi junto a Federico Alvarado y es una coproducción uruguaya, argentina y alemana.
"Estoy interesada en el ejercicio de presentar a un personaje con el que se pueda empatizar y llevarlo al límite, solo para luego soltarlo y observar de qué es capaz", dice Garibaldi, nacida en 1986, en las notas de producción de la película.El tono es el de una suerte de cine distópico con un diseño de producción "retrofuturista", lo define la directora que es una de las características que la distinguen de lo que genéricamente se conoce como cine uruguayo. De algunas otras peculiaridades formales se habla también en esta charla.A Elisa la interpreta Martina Passeggi, una debutante, y el elenco lo completan Soledad Pelayo, Alfonso Tort y Sofía Gala Castiglione como una inquietante vecina.Un futuro brillante es una película distinta, capaz de conmover con la aventura de una adolescente que busca salir hacia un mundo que será una invención, pero que se parece mucho a este que estamos atravesando.
https://youtu.be/N9tpeR3zm-I?si=Jqla1FdpzX2gB9xV Poco después de que hablamos por el estreno de Los tiburones, ya estaba trabajando en La última reina, el proyecto que ahora estrena como . ¿Cómo ha sido este largo proceso?
Podría haber sido antes, pero golpeó el COVID y después me embaracé, y se pasaron tres años solo en eso. O la filmaba embarazada o la filmaba con Luisa ya de nueve meses, antes de que caminara. Había como un cálculo ahí. Pero sí, se pasa la vida y las películas son pocas, por lo que hay que disfrutar los procesos que son, además, largos, y después el rodaje es chiquitito. Me quedo con eso: con el proceso y la gente que te va acompañando, los amigos que hacés.
El viaje...
Sí, y no te queda otra. Uno tiene que reinventarse permanentemente para seguir enamorado del proyecto. Así, es un guion que se fue alimentando con nuevas referencias, intereses, vivencias y conversaciones que fueron tirándose ahí todo el tiempo, durante todos esos años. Empecé siendo hija y filmé siendo mamá, volviendo del set a mi casa a darle de mamar a la bebé. Al final, el aprendizaje es la habilidad de mantener fresca una idea.
¿Cómo te afectó la maternidad en el rodaje?
Tengo familia, contención, un compañero muy compañero que también se dedica a la música y entiende. Nos acompañamos mucho. Sabemos lo importante que es para cada uno hacer lo que quiere y el ejemplo que eso le da a nuestra hija. Igual, las últimas semanas de rodajes nocturnos me las pasé llorando. Ya no entendía nada. Pensaba: "¿Qué estoy haciendo filmando una película? Mi hija tiene nueve meses, no estoy nunca en todo el día, llego y duerme". Esas semanas no tenían sentido.
Y la película sobrevivió a esos cambios personales, el cambio de la industria, los productores que tienden a desaparecer...
Y estas películas que tienden a desaparecer...
Totalmente.
Es verdad, hubo un cambio de la industria muy grande. Aparecieron los streamers fuertes, se terminaron las ventas por territorio, hubo una crisis muy grande de festivales que antes te validaban de una manera y empezabas a vender la película, y ahora la validación te la da una multinacional. Y también hay una industria tratando de inventar maneras de llevar a la gente al cine, porque la gente lo tiene en la casa. Hay que cambiar un poco la cabeza porque ya no alcanza con hacer la película, ponerla en las salas y esperar que la gente vaya. Igualmente, Uruguay no es un país que consuma su cine.
Y en este proceso de siete años, ¿cómo fue cambiando la historia?
La idea inicial era tan vaga como la historia de la última mujer joven de un lugar. Y eso se fue cruzando, rompiendo y desdoblando. Algo fuerte que pasó en el medio fue la pandemia. De pronto nos encontramos con el coguionista parando un poco y son esos momentos en que uno piensa más en la existencia, en la vida, en la muerte. Y creo que es bastante literal, porque lo que nos empezó a pasar a nosotros le pasa al personaje: empieza a cuestionar su realidad, su vida, su momento, el destino que le es impuesto; quiere patear el statu quo, reorganizar prioridades, dudar. De hecho, duda tanto que es la primera que duda y la primera que se anima y encuentra otra salida. Todo eso vino por el COVID porque, de pronto, era: ¿cuál es el sentido de la vida? Y es lo que le pasa a ella. Después empezó también todo el tema de la juventud. Uno se pone grande y yo empecé a ironizar un poco con eso, con un tema que me atrae mucho: la lucha contra el tiempo, el fetichismo de la juventud, el colágeno y todo eso. Creo que tuvo que ver con los años que pasaron: empecé haciendo la película siendo joven y terminé siendo ya una adulta.
Pero volvió al tema de la adolescencia.
Sí, es una etapa de la vida que me interesa mucho. Y acá también deposito ciertas expectativas en la juventud. No sé si expectativas. Pienso que es una etapa desprotegida de alguna manera, pero también con la energía y el valor para hacer cambios grandes. Y eso me interesaba mucho. En ya había algo de eso, pero acá lo subrayo más. También es una película que se termina estrenando en un contexto político mundial complicado y por eso se cuela más la política.
Es una lectura inevitable: pensar el norte-sur, un modelo de vida marcado por la productividad. "Estoy escribiendo 50 palabras por minuto", se enorgullece la hermana...
A mí todo eso me da gracia. A veces miro la película y me parece una comedia. Son chistes que ojalá el uruguayo entienda. Eso es lo que más me emociona de estrenar en Uruguay: los dobles sentidos, la ironía, la cantidad de detalles tan locales. Porque es una película que se encarga de que Montevideo no parezca Montevideo y le pone montañas, pero al mismo tiempo tiene una lógica profundamente local. Ya me fui dando cuenta de eso: hay chistecitos que afuera no pican y acá sí.
El diseño de producción es crucial para la creación de ese mundo particular en el que transcurre la película.
Sí, un retrofuturismo. El equipo era de Fórmula 1: Arauco Hernández en fotografía, Cecilia Guerriero, Dominique Souberbielle, Sebastián Schjaer en montaje, el diseño de sonido de Mercedes Tennina y los productores. Realmente fue un trabajo grupal y de pensar estratégicamente: "Bueno, no tenemos el presupuesto ideal, entonces pensemos ideas, detalles, costumbres que hagan a ese mundo y lo vuelvan un mundo alternativo". Así, hay ideas arbitrarias y otras que tienen sentido dentro de esa narrativa. Que venda su olor, si es la última joven, tiene sentido. Si es un mundo donde hay otro lugar mejor, entonces el otro tiene mascotas y este no, también tiene sentido. Se van los jóvenes, hubo una epidemia. Hay un sur más tóxico al que nadie se atreve, mientras todos hablan de ese norte idealizado que nadie conoce realmente. Todo el mundo repite frases hechas que parecen de ChatGPT. Parecen todos buena onda, pero eso levanta más sospecha. Hay un control y un sistema muy disfrazado. El gran desafío era esquivar todo lo que hiciera entender claramente que estamos acá. Trabajamos mucho con VFX: agregar montañas, limpiar la calle de la Aduana del inicio, borrar autos.
Y también está el uso del zoom o el fundido encadenado, recursos poco habituales en el cine uruguayo.
Quería usar zooms. Estaba mirando mucho a Robert Altman (incluso su Ciudad de ángeles empieza con una fumigación), que usa muchos zooms. Además, estábamos usando los mismos lentes de , que son de los 70, así que empecé a mirar cómo filmaban en esa época. Siempre me gusta referenciarme con películas viejas porque es más probable que pueda acercarme a eso. Con las nuevas no voy a poder pagar las grúas ni el equipamiento. Y los fundidos encadenados eran minipausas necesarias. Y además me encantan visualmente.
Es una película con una estructura muy clásica.
Sí, es el camino del héroe, bien clásico. Como construimos un mundo tan raro, queríamos que la base fuera clásica. En ese sentido es más clásica que Los tiburones. Quizás termina siendo una película más rara porque acá no vemos mucho este tipo de cine, pero la estructura fue medida para que fuera lo más clásica posible.
Y el uso de los colores es muy notorio, principalmente el rojo y el verde. El verde de la fumigación, la rosácea de la protagonista...
El de la paleta fue un trabajo muy de Dominique y Celi, las directoras de arte y vestuario, junto con el fotógrafo. Pensamos los cálidos para ese norte que consideramos medio enemigo con cara amable, que me parece más aterrador. Y donde vive ella aparecen los verdes, los celestes, los fríos.
Pensaba también en el cine de Jessica Hausner. Tiene algo de esa distopía luminosa. ¿La conoce?
Sí, no fue una referencia consciente, pero después uno descubre referencias inconscientes. Me pasó también con David Lynch. Fui a ver Corazón salvaje en 35 milímetros y vi a Isabella Rossellini sin una pierna. Ahí me di cuenta de que había robado cosas sin saberlo. El deseo de Lynch está puesto en lugares atípicos, y eso también está un poco en Un futuro brillante.