Domingo, 03 de Mayo de 2026

¿Qué hacer con este Niño?

ColombiaEl Tiempo, Colombia 3 de mayo de 2026

Analista Sénior
rICARDO ÁVILA - ESPECIAL PARA EL TIEMPO @ravilapinto
Ya la discusión no es si va a suceder o no, sino a partir de cuándo y qué tan fuerte será

Analista Sénior
rICARDO ÁVILA - ESPECIAL PARA EL TIEMPO @ravilapinto
Ya la discusión no es si va a suceder o no, sino a partir de cuándo y qué tan fuerte será. Así se podría resumir la evidencia con respecto al pronto regreso del fenómeno climático de El Niño, cuyas implicaciones son globales y siempre trae dolores de cabeza a la gran mayoría de los países, incluyendo a Colombia. A comienzos de la semana pasada, un nuevo reporte de la Oficina Nacional de Administración Oceánica y Atmosférica de los Estados Unidos reveló las mediciones más recientes. Mientras las aguas del océano Pacífico muestran un aumento significativo en una zona determinada, en otra no ha sido así, con lo cual el balance es neutro respecto a la magnitud de lo que viene. No obstante, la tendencia resulta irrefutable. Para el periodo comprendido entre noviembre próximo y enero de 2027, la probabilidad de la llegada de El Niño —que para el pasado abril era del 15 por ciento— es del 88 por ciento. Lo que todavía no está claro es qué tan intensa acabará siendo la anomalía. En pocas semanas los científicos tendrán datos más precisos en la medida en que las variaciones propias de la primavera en el hemisferio norte disminuyan y el arranque del verano permita contar con parámetros más estables. Aun así, el chance de que la anormalidad sea fuerte o muy fuerte ya asciende al 50 por ciento. Ello quiere decir que, como mínimo, habrá cambios significativos en los patrones de lluvias que afectarán la agricultura y la generación de energía. En un escenario más extremo, los impactos se extenderían a segmentos como la infraestructura, la industria o la salud. Vale la pena recordar que las consecuencias de este fenómeno son distintas según la geografía. Por ejemplo, mientras el número de huracanes en el Caribe se reduciría, el de tifones que golpean al Asia Oriental sería mayor. En India, una sequía en la parte norte y central de su territorio alteraría la frecuencia y duración del monzón, el viento que trae las nubes y es clave para la producción de comida. También vendrían olas de calor más fuertes que se sentirían en África, Europa, partes del Medio Oriente y, eventualmente, Australia, entre otros lugares. Las apuestas le apuntan a que nuevamente los termómetros alcanzarán un nuevo máximo desde que hay registros confiables, tras el récord registrado en 2024 Los coletazos Y en lo que atañe a Latinoamérica, las secuelas serían considerables. Las experiencias pasadas indican que vendrían precipitaciones intensas en Perú y Ecuador, que se extenderían hasta Chile. Al contrario, en Colombia, Centroamérica y áreas del nordeste brasileño la sequedad sería la norma. Ante esas previsiones, la lista de riesgos varía. Mientras en unos lugares los desafíos tendrán que ver con inundaciones y deslizamientos de tierra, en otros escaseará el agua. Que las ramificaciones del evento climático son amplias, es algo que demuestra lo ocurrido previamente en Perú. En condiciones similares a la prevista actualmente, las autoridades de esa nación han detectado un salto en los casos de dengue, malaria y zika, virus transmitidos por mosquitos. Como si el panorama no fuera ya suficientemente complicado, los científicos advierten que cada Niño es distinto. La razón es que el calentamiento global, cuya marcha sigue, altera las líneas de base conocidas, lo cual lleva a pensar en picos superiores a los detectados. Por ese motivo es que las alarmas han sonado con mayor intensidad esta vez. Las luces de alerta se extienden a la economía. Un análisis del banco J. P. Morgan muestra que El Niño ha tenido una incidencia importante en cada ocurrencia, tanto en el comportamiento de la inflación como en el crecimiento en América Latina. Ecuatorianos y peruanos han sido los más golpeados en el pasado, con alzas de precios anuales que han llegado a superar los cuatro puntos porcentuales, debido a un menor rendimiento de las explotaciones agrícolas. Dado que las lluvias torrenciales son la norma en esos países, la infraestructura también sale damnificada. Para colmo, sectores exportadores como minería, pesca, cultivo de camarones, bananos, coco y hortalizas también sufren con la pluviosidad. El impacto combinado sobre el producto interno bruto de esas naciones vecinas ha llegado a ser del 5 por ciento, que no es una cifra menor. Aunque en Colombia El Niño se siente de manera muy distinta, también su factura es elevada. Tanto en lo que atañe a alzas como al ramo de la producción, el país usualmente es el tercero más afectado de la región, incluso en aquellos años en los que el fenómeno climático no ha sido particularmente intenso. Un documento del BBVA recuerda que sequías y altas temperaturas traen menores rendimientos en un amplio número de cultivos, como es el caso de yuca, palma, arroz, papa y maíz, al igual que en la oferta de leche. El desarrollo de los pastizales que alimenta al ganado es menor, mientras la falta de líquido también es una limitante. Si bien la literatura académica disponible muestra resultados dispares sobre las posibles consecuencias en el largo plazo, es claro que varios componentes de la canasta familiar tienden a subir de manera importante cuando hay más calor y escasean las lluvias. Por ejemplo, en el episodio climático de 2014 a 2016, que resultó ser muy fuerte, la inflación total pasó de 3,3 a 7,9 por ciento anual en el lapso de año y medio, mientras que para los alimentos el nivel llegó a ser del 14,9 por ciento. Tampoco se pueden desconocer los peores escenarios. Hace 34 años, un descenso imprevisto en los aportes hídricos a los embalses que eran la columna vertebral del sistema de generación de electricidad llevó a imponer un racionamiento que alcanzó a ser de siete horas diarias en su momento más difícil. En aquella época, los trastornos fueron numerosos, tanto en el ámbito de las familias colombianas y de la vida diaria como en el de las actividades productivas. Por cuenta de lo ocurrido se adoptaron una serie de reformas tendientes a garantizar la seguridad en el suministro, por encima de todo. Incluso en 2015, cuando el daño en una central en Antioquia llevó las cosas a su punto de máximo estrés, la emergencia se pudo superar. Recordar ese descalabro es importante porque pocos eventos son tan traumáticos para una sociedad como un apagón. Ningún ecuatoriano olvida las dificultades de 2024, cuando los cortes de luz llegaron a las 14 horas diarias. Incluso en España, donde una descompensación interrumpió el suministro de kilovatios durante la jornada del 28 de abril de 2025, el aniversario dio lugar a múltiples reflexiones respecto a la confiabilidad de la arquitectura presente. Aun las interrupciones manejables vienen con ramificaciones políticas. Quien asuma la presidencia de Colombia el próximo 7 de agosto encontrará dentro de las principales prioridades de su agenda tramitar de la mejor manera posible una perturbación climática sobre la cual no tiene control y que puede disminuir en forma significativa el margen de maniobra de la nueva administración. Ojos bien abiertos Dada la coyuntura electoral, el nivel de atención que ha recibido el regreso de El Niño no ha sido particularmente grande. Es verdad que ante las advertencias que vienen haciéndose desde hace meses en ministerios como el de Ambiente y Minas y Energía se han activado algunos protocolos de seguimiento, pero no mucho más. Quizás eso es así porque hace tres años, cuando se detectaron indicios similares a los de ahora, no pasó nada grave. También es probable que para un Gobierno que está de salida las prioridades son otras, así el Pacto Histórico mantenga el poder. Sea como sea, la realidad no es nada alentadora. Y es que, aparte de lo que pueda suceder con las temperaturas y el régimen de lluvias, existe una debilidad estructural que dispara el riesgo de un racionamiento, incluso en el escenario de una sequía moderada. Según el más reciente boletín de la firma especializada XM, ya existe un déficit de energía en firme que equivale al 2,3 por ciento de la demanda, y que supera en forma importante el estimativo previo. Para 2027 ese faltante subiría al 4,4 por ciento y se mantendría elevado en los años siguientes, a menos que se tomen pronto los correctivos del caso. A la fecha, la brecha equivale al consumo que tiene una ciudad del tamaño de Pereira. Aparte de lo anterior, para el próximo año la situación se ve más complicada debido a que la disponibilidad del parque térmico apunta a ser menor que la presupuesta hasta hace poco. No contar con la oferta potencial esperada en épocas normales es malo, pero en momentos en que las hidroeléctricas pueden ver reducida de manera importante su capacidad debido a la falta de agua, el recorte es una pésima noticia. La lista de reportes inquietante continúa. En 2025 se esperaba que ingresaran al sistema 3.517 megavatios nuevos, pero solo lo hicieron 380 megavatios. No hay duda de que se han construido plantas solares, pero el año pasado 647 megavatios ya instalados tuvieron que ser retirados porque no superaron las pruebas técnicas exigidas. Nada permite avizorar un respiro. La aspiración para este año es de 4.475 megavatios nuevos —sobre todo en el segmento de renovables— y aunque la esperanza es lo último que se pierde, en el corte que se hizo el 6 de abril tan solo se había concretado el 6 por ciento de esa suma. Ningún impasse de los mencionados es reciente. De manera persistente se han venido incumpliendo las metas establecidas a lo largo del presente cuatrienio, con lo cual, para decirlo de manera coloquial, no hay un colchón para aguantar los golpes que puede traer el clima. Frente a esa realidad, Natalia Gutiérrez, presidenta de Acolgén y del Consejo Gremial Nacional, asegura que "la alternativa inmediata es el ahorro de agua y energía por parte de todos". Añade que "ya no hay margen de espera o maniobra". Cruzarse de brazos es la peor opción. Entre las sugerencias hechas por la entidad, la primera es cuidar los embalses que arrancaron mayo con un nivel cercano al 60 por ciento, en promedio. También se propone usar más las térmicas de manera preventiva, incentivar el menor gasto de energía, garantizar la disponibilidad de combustibles esenciales como el gas natural y hacerles seguimiento uno a uno a los proyectos de generación atrasados. Por su parte, Silvana Habib, directora de Asoenergía, plantea igualmente gestionar los permisos de conexión pendientes de aquellas iniciativas listas, no integradas todavía a la red y programar los mantenimientos para no crear cuellos de botella innecesarios. "Debemos estar preparados y anticiparnos, pues tenemos cómo entregarle excedentes el sistema", dice. Adicionalmente, se requiere una visión más integral frente a un desafío que nunca es fácil de sortear y que toca múltiples sectores. Ministerios y entidades del orden nacional requieren trabajar en el tema, algo que involucra carteras como Agricultura, Comercio o Defensa. Parte de las tareas pendientes comprende involucrar a las autoridades regionales y locales, que son clave a la hora de actuar de manera preventiva. Ante la escasez de agua prevista, son ellas las que tendrán la responsabilidad de administrar acueductos y adoptar medidas de mitigación con la debida anticipación. De lo contrario, lo que ya podría calificarse de inquietante puede derivar en una crisis mayúscula que afectaría a la población entera. Bien dice el refrán que hay que esperar lo mejor, pero prepararse para lo peor. En el caso presente, la prudencia traducida en decisiones concretas acabaría siendo la mejor consejera para que este Niño que está cerca de llegar no haga demasiadas travesuras.
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