Adiós al disfrute: qué pasa cuando las redes sociales imponen una vida optimizada
Entre rutinas perfectas, hábitos "imprescindibles" y una avalancha de consejos, el bienestar empezó a correrse de elección a mandato
Entre rutinas perfectas, hábitos "imprescindibles" y una avalancha de consejos, el bienestar empezó a correrse de elección a mandato. Las redes sociales amplifican la lógica de la optimización constante, relegando el disfrute espontáneo a un lugar cada vez más condicionado.
Abrir las redes hoy es, en gran parte, encontrar un aluvión de contenido con rutinas perfectas, hábitos saludables, crianza consciente, productividad sin fallas y listas interminables de sugerencias, desde los beneficios de levantarse a las 5 am hasta la combinación de suplementos "imprescindibles" para envejecer mejor. Desde reels hasta checklists, el mensaje es constante: siempre hay una mejor versión de uno mismo disponible a la vuelta de la esquina, si se sigue el método correcto, compartido en un video vertical de 30 segundos.
Lo que en un comienzo apareció como inspiración lógica (comer mejor, organizar el tiempo, incorporar hábitos saludables) parece estar transformándose en una exigencia .
"La búsqueda de bienestar deja de ser saludable cuando pasa de ser una opción a convertirse en una obligación", explica la psicóloga Laura Jurkowski, especialista en adicción a las tecnologías y directora del Centro ReConectarse . "Cuando ya no es ‘me hace bien hacer esto’, sino ‘debería estar haciendo esto todo el tiempo’".
De hecho, esa es exactamente la sensación que las redes se encargan de amplificar. "En los territorios digitales observamos lo que denominamos una industria del consejo ", explica Santiago Sturla, coordinador de Faro Digital. "Influencers, tiktokers y creadores que construyen audiencias a las que les transmiten rutinas, hábitos, recomendaciones, formas de crianza", aclara.
Para Sturla, esto no es solo un efecto cultural, sino también estructural : "Las plataformas, por sus características de diseño, refuerzan estas tendencias. Construyen un ecosistema que reconoce y premia estas performances y la circulación de estos discursos", apunta.
El costo invisible
El problema es que esa repetición de discursos y contenidos que se ven en las redes posiciona una vara que no siempre es posible de alcanzar .
"Hay muchísima comparación, y una comparación bastante injusta, porque es con versiones editadas de la vida de otros", señala Jurkowski. El efecto es conocido: sensación de insuficiencia, de que nunca alcanza, de que siempre hay algo más por corregir .
Además, sostener ese ideal en el tiempo no solo es difícil, sino que agota. "Veo mucho cansancio. Porque nadie vive así todo el tiempo, aunque en redes parezca que sí", agrega.
Y esa sensación se potencia en un entorno donde todo parece medirse en términos de eficiencia . Como señala Sturla, "hay una característica de época muy fuerte: toda acción tiene que ser productiva, toda acción tiene que ser eficiente". La relación con el tiempo y con la valoración de lo que hacemos cambia, y las plataformas digitales no solo reflejan esa lógica, sino que la aceleran.
En su libro Todas las exigencias del mundo , la ensayista Florencia Sichel captura con claridad el clima que habilita este fenómeno: lejos de que las exigencias hayan desaparecido, se transformaron y se multiplicaron. Si antes eran más visibles y externas -ligadas a instituciones, roles o mandatos sociales- hoy muchas de esas presiones se volvieron internas. "Somos nosotros mismos quienes nos imponemos estándares, nos evaluamos constantemente y buscamos cumplirlos", dice la autora.
En ese contexto, las redes sociales operan como un gran amplificador, instalando la noción falaz de que existe una forma "correcta" de vivir y que esa vida debería verse de determinada manera.
El disfrute bajo presión
De lo que plantea Sichel surge una paradoja muy actual: mientras nunca se habló tanto de libertad individual, también se intensifica la necesidad de "optimizarse" . Y en ese proceso se diluye algo difícil de cuantificar, pero fundamental: la posibilidad del disfrute, y todo aquello que no está previamente calculado.
"El ocio quedó medio desdibujado. Como si todo tuviera que servir para algo", explica Jurkowski. Incluso el descanso empieza a justificarse en función de su utilidad para rendir mejor . Y también ahí aparece algo nuevo: la culpa y la sensación de que, incluso en los momentos de pausa, se debería estar haciendo otra cosa .
Y no es casual que ese tipo de experiencias hoy necesiten ser defendidas. "Es muy interesante pensar cómo se construye el momento de ocio o incluso la idea de gasto improductivo", plantea Sturla. "Cómo hacemos, en lo cotidiano, para no estar atravesados permanentemente por estos mandatos de productividad".
"El tipo de disfrute espontáneo es clave", dice Jurkowski. "Es de los pocos espacios donde uno no está siendo evaluado, ni por otros ni por uno mismo", agrega. Ahí también aparece algo que no suele entrar en las métricas, esos momentos "vacíos" son gran nutrición para los mecanismos que activan la creatividad y la gestación de ideas .
En esa línea, Sturla señala que lo lúdico y los vínculos cumplen un rol clave: espacios donde la lógica productiva puede suspenderse. Pero advierte que incluso esos territorios están en disputa. "Por eso es importante problematizar dinámicas como las apuestas online, las narrativas cripto o ciertos modelos de videojuegos que introducen desde edades tempranas la lógica de la ganancia y la eficiencia".
El gran problema con estos discursos que las redes se encargan de viralizar es pensar que todo -el cuerpo, el descanso, los vínculos, incluso el disfrute- deber ser un "proyecto", porque en ese caso, no solo el ocio y la espontaneidad desaparecen, sino cualquier otro tipo de forma de habitar el mundo que no necesite ser medida, compartida ni validada.