Una "Bohème" viva y profundamente humana
La temporada lírica 2026 del Teatro Municipal de Santiago se abrió con una sólida y cuidadosamente elaborada versión de "La Bohème", donde confluyeron solvencia musical y una lectura escénica atenta a la esencia de la obra de Puccini
La temporada lírica 2026 del Teatro Municipal de Santiago se abrió con una sólida y cuidadosamente elaborada versión de "La Bohème", donde confluyeron solvencia musical y una lectura escénica atenta a la esencia de la obra de Puccini.
La dirección musical de Paolo Bortolameolli, al frente de la Orquesta Filarmónica de Santiago, privilegió la flexibilidad, la transparencia sonora y un acompañamiento siempre atento a la respiración de los cantantes. Más que imponer una visión desde el podio, el director pareció escuchar continuamente el escenario, permitiendo que la partitura avanzara con fluidez y refinamiento. Particular valor tuvo el carácter diáfano que logró imprimir a numerosos pasajes, especialmente en el primer y tercer acto, revelando detalles orquestales que a menudo quedan ocultos bajo el impulso emocional de la escritura pucciniana. Las texturas aparecieron aireadas y de notable claridad interna, permitiendo apreciar con nitidez la riqueza armónica y el delicado trabajo de color de la orquesta. Bortolameolli comprendió además la naturaleza cambiante de "La Bohème", capaz de desplazarse con rapidez entre intimidad, comedia, lirismo y tragedia, articulando esos contrastes sin fracturas y sosteniendo con naturalidad las transiciones dramáticas.
Muy destacable fue también el trabajo del Coro del Teatro Municipal, de gran compromiso en el dinámico juego teatral del complejo segundo acto. En la misma línea, el Coro de Niños Mawünko, dirigido por Cecilia Barrientos, aportó frescura y precisión a sus intervenciones.
La propuesta escénica de Cristina Gallardo-Domâs, otrora Mimì de referencia, trasladó la acción a 1945, decisión que dialogó con naturalidad con el espíritu de la obra. La régie mostró especial eficacia en las escenas íntimas y en el delicado tránsito entre humor, melancolía y tragedia. Acertada resultó la decisión de hacer cantar "O soave fanciulla" mientras la pareja protagónica abandona la buhardilla rumbo al bullicioso mundo parisino del segundo acto, prolongando así el impulso amoroso del final del primero y otorgando continuidad dramática a la transición hacia el exterior. El punto más alto de la producción fue el tercer acto, de notable concentración dramática y tensión emocional. Entre las novedades destacó también la visita de Musetta a Mimì durante el primer acto, plasmando un supuesto vínculo previo entre ambas mujeres antes de su célebre encuentro en el Café Momus. Las apariciones de Francisco Pérez-Bannen como Puccini y de Cristina Gallardo-Domâs evocando a Marlene Dietrich funcionaron como discretos guiños dentro del concepto general.
La escenografía de Julián Hoyos encontró su momento más logrado en el tercer acto: un espacio limpio, desolado y de gran poder evocador, coherente con la intensidad dramática de la escena. El segundo acto apostó por una atractiva recreación urbana que incluyó la clásica entrada al metro parisino y permitió un dinámico aunque a veces confuso trabajo de circulación escénica. Menos convincente resultó la escena final, cuya estética parecía provenir de otro montaje y quebraba parcialmente la unidad visual conseguida hasta entonces. El vestuario de Loreto Monsalve se integró al contexto temporal elegido, contribuyendo con sobriedad y eficacia a la construcción de época.
Como ya es habitual, gracias al trabajo de iluminación de Ricardo Castro, cada escena encontró una identidad visual precisa, aportando intención dramática y cohesión estética al conjunto.
La gran triunfadora de la noche fue la soprano Yaritza Véliz, cuya Mimì confirma su avance hacia la madurez artística y vocal. Dueña de un instrumento de hermoso color, amplio centro y agudos generosos, construyó un personaje creíble y lleno de personalidad, evitando convertirlo en una mera víctima etérea. Hubo musicalidad, intención y verdad escénica en cada frase. Su "Mi chiamano Mimì" destacó por la naturalidad del fraseo, mientras que la escena final alcanzó genuina emoción.
El tenor Michael McDermott resultó más convincente en lo dramático que en lo estrictamente vocal. Compuso un Rodolfo sensible y juvenil, bien integrado al universo bohemio de la producción; sin embargo, la voz pareció demasiado liviana para las exigencias del rol, la línea de canto mostró cierta inestabilidad y las oscilaciones en el registro agudo terminaron afectando el delicado fraseo pucciniano.
La cohesión del grupo de amigos bohemios es esencial en una obra cuyo naturalismo depende de la química colectiva. Camila Romero aportó una Musetta de fuerte presencia escénica y canto seguro, resolviendo con soltura tanto la coquetería del segundo acto como los momentos de mayor humanidad posteriores. Germán Enrique Alcántara fue un Marcello más convincente como actor que como cantante. Excelente el Schaunard de Javier Weibel, de notable vitalidad teatral. Asimismo, Matías Moncada ofreció una expresiva "Vecchia zimarra", logrando uno de los momentos más emotivos de la representación. Pedro Alarcón y Cristián Lorca aportaron finalmente solvencia y oficio como Alcindoro y Benoît.