Lunes, 11 de Mayo de 2026

La desidia de espacios públicos

UruguayEl País, Uruguay 11 de mayo de 2026

¿Se puede cambiar esta realidad o estamos condenados a vivir en una ciudad sucia, oscura, y que ve cómo los monumentos de sus espacios públicos son rotos y robados?

La cifra impresiona: la Intendencia Municipal de Montevideo (IMM) recibe alrededor de mil denuncias por año de vandalismo en espacios públicos. Eso da un promedio aproximado de tres denuncias por día, incluidos sábados y domingos. Y la situación no está cerca de mejorar.

Llama la atención los robos de monumentos en varias plazas públicas. Resulta asombroso pero ocurren en todas partes de la capital. En la primavera del año pasado se robaron la cabeza y una de las alas del Cóndor del Parque Rodó, que es un emblema del lago de ese parque que por lo demás está en un estado deplorable; las rejas que rodeaban el monumento a Joaquín Suárez en la plaza ubicada en Joaquín Suárez y Agraciada; y poco antes también un brazo de la escultura de Albert Einstein que figura en la Plaza de los Treinta y Tres. Más recientemente, fueron noticia los robos de una estatua en la esquina de Lucas Obes y Buschental en pleno barrio del Prado y la del busto del barón Pierre de Coubertin en la zona del Estado Centenario.

Para el caso de la estatua del Prado, como la IMM había instalado cámaras de videovigilancia se pudo ver cómo los ladrones se llevaron la estatua de bronce en una camioneta. Se identificó así al dueño del vehículo que admitió haber participado del robo con dos compinches y además haber vendido luego la escultura en el barrio Tres Ombúes por la suma de $30.000 pesos. Fue condenado por un delito de hurto agravado a la pena de un año de prisión bajo régimen de libertad a prueba.

Todas estas informaciones analizadas en conjunto dejan una sensación de tremendo desamparo y decepción. Pero también debieran de hacernos reaccionar para darnos cuenta de la espantosa situación que estamos viviendo en Montevideo y que parece pasarnos por el costado como si nada grave ocurriera. En primer lugar, están las evidentes vandalizaciones de los espacios públicos por todas partes de la ciudad y que muestran hasta qué punto la convivencia urbana está fallando. Se podrá decir que al menos existen personas que denuncian lo que pasa y que por lo tanto hay esperanzas, ya que hay quienes sienten que todo esto está muy mal y lo señalan a las autoridades para que hagan algo. El problema justamente es que las autoridades no enfrentan el asunto con eficiencia.

Aquí está el segundo tema: por un lado, la IMM es consciente de la gravedad de lo que ocurre porque decide poner cámaras de videovigilancia. Pero, al mismo tiempo, nada se hace para evitar estos robos y, cuando ellos se producen, la reacción de nuestros poderes públicos es, por ejemplo, la tipificación de un delito de hurto agravado con una libertad a prueba. En concreto: se roban un monumento, se los descubre, y se van para la casa sin pasar por la prisión. Y no es que los delincuentes fueran personas indigentes que están robando para comer, en esa idealización romántica de los malvivientes a la que la izquierda ha sido siempre tan afecta. Para nada: el robo en el Prado ocurrió con una camioneta, es decir que hubo logística, planeamiento y capital invertido en la operación por la cual obtuvieron unos 700 dólares en la comercialización.

¿Se puede cambiar esta realidad o estamos condenados a vivir en una ciudad sucia, oscura, y que ve cómo los monumentos de sus espacios públicos son rotos y robados afeando así todos los lugares de paseos que históricamente fueron disfrutes para la vida en familia?

No es posible cambiar esta realidad si seguimos aceptando con desidia y resignación nuestra degradación colectiva cotidiana. Para empezar, debiera de haber una campaña comunicacional muy potente que eduque sobre estos asuntos. Se puede: los más viejos recordarán que hace casi 30 años las cabinas telefónicas públicas eran vandalizadas y una eficiente campaña de Antel revirtió completamente ese proceso.

Para seguir, es evidente que los robos deben ser sancionados. Si alguien que se roba un monumento en una plaza sufre como castigo social vivir un mal rato en un juzgado y rápidamente termina en su casa sin pasar por la cárcel, la señal colectiva que estamos dando es pésima. Y que no se diga que las cárceles están repletas como excusa para no sancionar estos delitos, porque frente a esta situación la prioridad absoluta debe ser la de recomponer el tejido social de convivencia civilizada, ese que pasa por el sentido común de poner preso a quien se roba un monumento de una plaza.

Finalmente, hay que invertir en mejorar los espacios públicos para enfrentar estos golpes. Que la desidia no nos gane aquí también.
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