Cumbre en Beijing
Si la anunciada reunión en Beijing entre Xi Jinping y Donald Trump se materializa, no será una muestra de amistad y entendimiento, sino un esfuerzo político por atenuar las tensiones entre dos potencias rivales que compiten por el liderazgo global.
En un mundo tan convulsionado, con guerras que han causado graves daños a la economía global, se podría esperar que en una cita entre los hombres más poderosos del planeta se encontraran soluciones a los principales problemas. Pero con las relaciones bilaterales tan deterioradas, las expectativas son más bien bajas. Nadie vaticina que de la cumbre del 14 y 15 de este mes salgan grandes acuerdos, sino apenas modestos avances en ámbitos reducidos de sus propios intereses. Los puntos de desencuentro entre Estados Unidos y China son muchos, y ninguno parece de fácil resolución, porque ambos países son reticentes a otorgar concesiones, aduciendo razones estratégicas y de seguridad nacional.
El comercio será el centro de las discusiones, pero también se hablará de Taiwán, de la guerra contra Irán y de la transferencia de tecnologías sensibles para el desarrollo de la inteligencia artificial. Con la guerra comercial gozando de una tregua, se esperan algunas decisiones de mutuo beneficio. China pretende que la suspensión de tarifas, conseguida en octubre, se prolongue en el tiempo. El año pasado, Trump impuso aranceles de hasta 145 por ciento a las importaciones chinas, pero el temor a las represalias hizo que los bajara a un promedio de 47 por ciento. China no espera que se los reduzcan de esa cifra, pero quiere al menos la seguridad de que no volverán a subir arbitrariamente.
La guerra comercial no es nueva, tiene su origen en la preocupación de Washington por el enorme superávit comercial chino, que fue creciendo hasta los 400 mil millones en 2018. Medidas restrictivas lo dejaron en 200 mil millones en 2025. Ahora Trump quiere formar un "directorio de comercio", para regular los intercambios y que llegue a cero. Sería un mecanismo para identificar productos que impulsen el comercio sin comprometer la seguridad nacional ni las cadenas de suministro. China teme que EE.UU. califique demasiados bienes como "sensibles", así que es probable que oponga resistencia a su creación o, al menos, busque restringir sus atribuciones. Entre los productos sensibles está toda la gama de componentes tecnológicos y semiconductores avanzados, los que serán moneda de cambio para las "tierras raras", elementos indispensables para las tecnologías modernas, de los cuales China es el principal productor y a los que ya ha puesto restricciones de exportación, en respuesta a las alzas tarifarias norteamericanas.
En estas negociaciones comerciales, Estados Unidos espera conseguir buenos negocios en el rubro alimentos, con un incremento de las exportaciones de carne y pollo, además de granos, especialmente soya. Este paquete de ventas lo completan los aviones (le dicen en inglés las "3B": beans, beef & Boeing ). El gigante de la aviación pretende recibir el encargo de más de 500 aeronaves 737 Max y otros tantos aviones menores para entregar en los próximos años.
Taiwán y la guerra en Irán, parte de la tablaUn tema obligado para la cumbre de Beijing es el de la guerra contra Irán, que no ha tenido el rápido y contundente resultado que previera Trump y que, por el contrario, causara una crisis económica mundial sin precedentes, habiendo sido provocada por un conflicto iniciado por EE.UU. El Presidente norteamericano, que ya en junio del año pasado proclamó, sin pruebas, la total destrucción del programa nuclear iraní tras los ataques a sus instalaciones, no ha conseguido ahora tampoco su objetivo de derribar el régimen teocrático islámico en Teherán, ni el de recuperar el material nuclear enriquecido. Por el contrario, Trump se encuentra con su prestigio golpeado y en la incómoda posición de tener que negociar con los iraníes alguna salida al conflicto, con la humillación adicional de aceptar que China se involucre en el proceso.
Reacia al papel de mediadora, trabajando en conjunto con Pakistán, China ha ejercido un papel clave para presionar y persuadir a los iraníes de aceptar las negociaciones. Su influencia se basa en su larga relación de amistad con los ayatolás, a quienes no solo les compra casi el 80 por ciento de su producción de petróleo, sino que además ayudó -aunque lo desmiente- a desarrollar su programa de misiles balísticos. Xi Jinping ha sido cuidadoso de no hacer críticas duras directas a Trump, pero su gobierno ha condenado los ataques norteamericanos y se ha mantenido firme en sus llamados a respetar el derecho internacional, pues de lo contrario rige "la ley de la selva". Sin embargo, Washington ha reconocido positivamente el involucramiento chino en el proceso para llegar al cese el fuego, y ha instado a que juegue un papel más activo en la apertura del Estrecho de Ormuz. Para Beijing, es vital ese paso, pues, además del petróleo iraní que llega a sus puertos, por ahí circulan sus millonarias exportaciones a las naciones del Golfo Pérsico, desde donde también se transfieren a otros países del Medio Oriente y África.
Este protagonismo es un impulso a las aspiraciones chinas de liderazgo mundial, que puede aprovechar en sus tratativas con Trump al momento de hablar de Taiwán, "un punto de alto riesgo en las relaciones", como señaló Beijing por estos días. Taiwán es el productor del 90 por ciento de los semiconductores avanzados. China, que ha estado provocando a Taipei con amenazas de invasión, busca que EE.UU. deje de garantizarle su defensa y suspenda las transferencias de armas. Algunos temen que Trump, interesado en solucionar el tema comercial, haga concesiones que, por pequeñas que sean, resulten perjudiciales para el futuro de la isla.