El sacerdote
El sacerdocio es, para mí, una de las vocaciones más hermosas que puede recibir una persona, pues responde a un llamado particular del Señor para que alguien sea su ministro y, en su nombre, otorgue los sacramentos a quien lo necesite
El sacerdocio es, para mí, una de las vocaciones más hermosas que puede recibir una persona, pues responde a un llamado particular del Señor para que alguien sea su ministro y, en su nombre, otorgue los sacramentos a quien lo necesite. Un sacerdote fiel renuncia a tanto por seguir al Maestro, pero es con creces recompensado espiritualmente con dones y gracias infinitas. Cuando los veo oficiar la Eucaristía me pregunto, por ejemplo, qué significará para cada uno de ellos consagrar la hostia y el vino para convertirlos en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Asimismo, qué sentirá alguien con el poder de perdonar los pecados, esos pecados que enturbian la intimidad de la paz y del corazón del hombre.
La Iglesia sostiene a los sacerdotes tanto como los sacerdotes sostienen a la Iglesia. Entre ellos se conforma una especie de "matrimonio" espiritual, el que no excluye, por cierto, a otras almas consagradas a la vida religiosa sin el poder ministerial que concede al sacerdote una autoridad mayor que la de un ángel, una dignidad inigualable en la vida del espíritu.
En síntesis, los sacerdotes son un pulmón de la fe, pues posibilitan a quien lo desee el alimento de la comunión incluso diaria y de la recepción de los otros sacramentos, verdaderas "autopistas hacia al cielo", al decir del joven san Carlo Acutis.