Rebrote inflacionario en EE.UU.
Se fortalece la expectativa de tasas altas por más tiempo, elevando los riesgos financieros globales y complicando especialmente a economías emergentes.
Durante los últimos días, dos lecturas de inflación en los Estados Unidos han generado la atención de los mercados mundiales. Primero fue el dato de la variación del Índice de Precios al Consumidor (IPC) informado por la Oficina de Estadísticas Laborales, el martes. El reporte dio cuenta de un aumento de la inflación mensual de 0,6% (desestacionalizado) en abril, lo que se sumó al 0,9% reportado en marzo; excluyendo los ítems de comida y energía, el incremento fue de 0,4%. Producto de la fuerte escalada del petróleo por el conflicto en Medio Oriente, el valor de la energía, que había aumentado mensualmente un 10,9% en marzo, agregó un 3,8% en abril. La incidencia de estas cifras explica más del 40% del aumento en la inflación total en el mes. En cuanto a la medición anualizada, alcanzó un 3,8%, alejándose del objetivo de política de 2% definido por la Reserva Federal.
El segundo dato fue entregado el miércoles y corresponde al de los precios mayoristas. Consistente con la lectura del día anterior, el Índice de Precios al Productor (IPP) aumentó 1,4% mensual desestacionalizado en abril (muy por encima del 0,5% esperado por el mercado), su mayor incremento mensual desde marzo de 2022. De este modo, en doce meses, la inflación mayorista alcanzó a 6%, el nivel más alto desde diciembre de 2022. Y, aun excluyendo alimentos y energía, la inflación subyacente aumentó 1% mensual, duplicando las proyecciones.
Un elemento interesante de rescatar en ambas mediciones es que, si bien parte importante de la presión inflacionaria proviene de los precios de los combustibles, las cifras muestran que el fenómeno es más amplio. Por ejemplo, en el caso del IPP, el componente de servicios avanzó 1,2% mensual, su mayor incremento en más de dos años, mientras los servicios comerciales subieron 2,7%, reflejando que los costos asociados a los aranceles implementados hace más de un año por la administración Trump comienzan a trasladarse con mayor fuerza al consumidor final. En el caso del IPC, el ítem de alimentos aumentó en abril un no despreciable 0,5%, sugiriendo un fenómeno similar.
Los mercados han interpretado estas cifras como una confirmación de que la transmisión de un mayor precio del petróleo era inevitable, incluso para una economía poco indexada como la estadounidense. Relevante es, a propósito de ello, advertir que, en nuestro país, donde sí existen distintos mecanismos de indexación, la decisión de haber traspasado el mayor costo del petróleo a los consumidores debería generar una mayor inercia inflacionaria en los próximos meses. Por otra parte, los datos en EE.UU. también sugieren que el impacto de los aranceles puede concretarse en un plazo más largo que el asumido inicialmente.
Todo ello fortalece la expectativa de tasas de interés altas por más tiempo, elevando los riesgos financieros globales y complicando especialmente a economías emergentes dependientes de condiciones externas favorables. Será importante observar cómo el nuevo presidente de la Reserva Federal, Kevin Warsh, confirmado esta semana por el Senado, se posiciona frente a esta realidad. Por de pronto, los movimientos en las tasas de interés largas no se han dejado esperar: la tasa de 10 años del Tesoro estadounidense saltó de 4,36% a cerca de 4,5% en los últimos días.
También será interesante observar las reacciones de la administración Trump frente a la presión inflacionaria, ad portas de la celebración del 4 de julio y, quizás más importante, las elecciones legislativas de noviembre. Por de pronto, la situación explica los actuales esfuerzos del mandatario por intentar terminar la guerra en Irán. La reciente noticia sobre la posibilidad de pausar transitoriamente el impuesto federal sobre los combustibles sería otra forma de calmar las presiones inflacionarias, pero con un importante impacto fiscal.
En definitiva, el rebrote inflacionario en los EE.UU. era un resultado esperado, pero esto no lo hace menos negativo. Mayores tasas de interés en dólares significan presiones adicionales para países que han tratado de normalizar sus políticas monetaria y fiscal. Chile no escapa de esa realidad.