Raquel Chan, la científica argentina que creó semillas resistentes a la sequía y ganó un premio internacional
La científica argentina Raquel Chan
La investigadora argentina Raquel Lía Chan, radicada en Santa Fe, es la ganadora de la 28° edición del Premio Internacional L’Oréal-Unesco "Por las mujeres en la ciencia" , en representación de América Latina y el Caribe
La científica argentina Raquel Chan
La investigadora argentina Raquel Lía Chan, radicada en Santa Fe, es la ganadora de la 28° edición del Premio Internacional L’Oréal-Unesco "Por las mujeres en la ciencia" , en representación de América Latina y el Caribe. Según destacaron los organizadores del premio, se la galardonó "por haber transformado los fundamentos de la biología vegetal en innovación agrícola gracias a su descubrimiento de genes y mecanismos biológicos que mejoran la tolerancia de las plantas a los cambios ambientales ".
Se trata de la primera vez que la biotecnología, la disciplina de la investigadora Chan, es distinguida en el premio. Además, por segundo año consecutivo una científica argentina es reconocida con este premio regional. Raquel Chan tiene 66 años y trabajó en distintos ámbitos de la investigación en biotecnología en distintas instituciones de Santa Fe, donde fue, entre otros cargos, directora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) durante dos períodos.
Chan viajará el 11 de junio a la sede de la Unesco en París, Francia, para recibir su distinción. Con este reconocimiento, la Argentina se consolidó como el país de América Latina con mayor cantidad de científicas distinguidas con este galardón internacional, alcanzando un total de 12 investigadoras premiadas. El año pasado lo obtuvo María Teresa Dova. Chan se enfocó en el estudio de los mecanismos moleculares que desarrollan las plantas para adaptarse a los cambios ambientales
Cada año, un jurado científico internacional de gran prestigio, que abarca hasta diez especialidades científicas diferentes y está compuesto por miembros procedentes de los cinco continentes, selecciona a cinco galardonados de entre cientos de candidatos, en reconocimiento a sus destacados logros a escala mundial. Según se explicó, se premia a investigadoras de las ciencias de la vida y medioambientales, así como de las ciencias físicas, las matemáticas y la informática, en años alternos.
Este año se premian proyectos vinculados a Ciencias de la Vida y Medio Ambiente. Para el galardón, se selecciona a una ganadora por cada una de estas cinco regiones: África y los Estados Árabes; Asia y el Pacífico; Europa; América Latina y el Caribe, y América del Norte. Cada una recibe 100.000 euros , además de formación en oratoria y distintas oportunidades en los medios de comunicación para dar a conocer su trabajo tanto en la comunidad científica internacional como entre el público en general. Raquel Chan en su laboratorio
Chan realizó estudios de grado en la Universidad Hebrea de Jerusalén y su tesis doctoral en el Centro de Estudios Fotosintéticos y Bioquímicos de la Universidad de Rosario. Luego de una estadía posdoctoral en el Instituto de Biología Molecular de Plantas en Estrasburgo, Francia, se incorporó en 1993 en el Instituto de Biología Molecular y Celular de Rosario.
Según su perfil publicado por la Academia Nacional de Ciencias, a la que se incorporó en 2020, es coautora de 83 publicaciones internacionales, ocho capítulos de libros, decenas de artículos de divulgación y coinventora de nueve patentes internacionales , todas transferidas a empresas biotecnológicas.
Chan cuenta en diálogo con LA NACION que descubrió que quería dedicarse a la ciencia de chica, cuando era una niña muy curiosa y preguntaba 20 veces las cosas hasta encontrar una respuesta que la conformara. En su formación tuvo un gran peso la educación pública. Hizo la primaria en el Normal 1 y la secundaria en el Pellegrini. Después estudió química en Israel, realizó un doctorado en Rosario y un posdoctorado en Estrasburgo. Cuando volvió a la Argentina se instaló en Rosario y después, empezó a trabajar en Santa Fe a mediados de los 90, donde se había creado la carrera de biotecnología y necesitaban profesores de ingeniería genética y biología vegetal
― ¿Cómo le explica a alguien que no sabe nada de ciencia a qué se dedica y qué descubrió?
―Me dedico a estudiar las plantas. Son seres maravillosos. Cuando pensamos en plantas, pensamos en comida. Pero también es la ropa, los muebles, el oxígeno que respiramos. Son los seres vivos más fascinantes que hay, los únicos que pueden hacer azúcar a partir de luz solar . Y yo me dedico a estudiar cómo las plantas toleran de forma tan distinta la falta de agua. La experiencia más cotidiana es irse tres días de viaje y olvidarse de regarlas. Algunas se secan mucho y otras están como si nada. Yo me dedico a estudiar cómo toleran las plantas la falta de agua. Como el clima es impredecible, es muy importante que los cultivos aguanten mejor esa falta de agua por períodos prolongados. Específicamente estudio qué genes tienen esas plantas que aguantan mejor la falta de agua.
― ¿Cuál fue el hallazgo por el que la premiaron?
―Con el equipo en el que trabajamos, encontramos un gen de girasol que, si se aplica a otras plantas, como si fuera un gen solidario, un gen de ayuda, permite que esas otras plantas, en este caso, la soja y el trigo, toleren periodos más largos de sequía. Y los resultados fueron muy buenos
― ¿Este descubrimiento, de alguna manera, explica que la resistencia de una planta a la sequía está en su genética?
―Sí. Salvo que yo corregiría la palabra resistencia, que implicaría que una planta puede vivir sin agua, y ninguna planta puede vivir sin agua. Prefiero hablar de tolerancia, de cómo toleran periodos más largos de falta de agua. Cuando hablamos de tolerar, aparecen los matices. Todas las plantas tienen cierta tolerancia porque no se mueren al primer día de no recibir agua. Unas aguantan más tiempo y otras, menos. Y sí, eso está en la genética, pero se combina con el medio ambiente, no solo el agua que recibe, la temperatura, las horas de luz, la calidad del suelo, entre otros factores. La investigadora premiada, Raquel Chan, con miembros de su equipo
― ¿Y qué ocurre con estas semillas si en lugar de sequía, hay inundaciones? Porque es imposible saberlo…
―Existen otras tecnologías transgénicas de tolerancia a la sequía. No somos el único grupo de investigación que trabaja en esto. Hay cientos, porque la sequía se lleva el 50% de las pérdidas anuales a nivel mundial. Es un problema muy grave. Pero la mayoría de las tecnologías que se desarrollaron fallan en esto: si la planta sobrevive, no logra hacer fotosíntesis. Por eso esas tecnologías fracasaron comercialmente. Es que al productor no le podés decir: "Mire, compre y siembre, pero si este año llueve, va a perder mucho". La tecnología que nosotros desarrollamos no usa ese mecanismo. Lo que hace con la planta es en cierto modo hacerla miope al hecho de que no hay agua. La planta no se da cuenta de que no hay agua. Sigue haciendo fotosíntesis hasta que un día se muere. O sea, nadie puede vivir sin agua, pero va a durar más tiempo. Aumenta muchísimo su resistencia.
— ¿Cuánto tiempo pasó entre que se produjo el hallazgo del gen y que la semilla llegó al mercado?
―En la ciencia ya no existe el ‘cayó la manzana’ y describo la ley de la gravedad. El conocimiento se construye sobre otro conocimiento. Pero si la pregunta es cuándo encontramos que este gen daba tolerancia a la sequía, diría entre 2002 o 2003. Ahí logramos aislar ese gen y hacer las primeras pruebas. Después, fueron casi 20 años hasta que estuvo en el mercado. Un poco por inexperiencia nuestra en la parte comercial. Un proceso como este debería demandar unos 12 o 13 años. Fue un desarrollo pionero, entonces. Hacer camino a veces es más laborioso.
En 2015 se aprobó la modificación para la soja, y la modificación para el trigo fue durante la pandemia, en 2020. Ahí se empezó a sembrar para poder multiplicar y obtener semilla, porque todo esto se había hecho a escalas muy chiquititas, y para poder llegar al mercado, hay que tener volumen. Recién en 2021 y 2022 empezó a venderse, de forma muy acotada porque no había semilla suficiente.
— ¿Y qué resultados dio?
—Hubo lugares donde dio un resultado maravilloso y lugares donde no hubo diferencias significativas como para pagar el precio de lo que es un transgénico. O sea, estamos hablando de un organismo genéticamente modificado, lo cual tiene cierta percepción pública negativa, entonces requiere de mucha ganancia para poder soportar el equilibrio. Por ejemplo, sé que en el suroeste de la provincia de Buenos Aires el trigo anduvo fantástico. Y lo mismo en otras regiones con muy poca irrigación. En Brasil la soja anduvo perfecta y en otros lugares dio menos diferencias. Hay estudios que hicimos nosotros, hay estudios después que hicieron la empresa y los propios productores y, según sus reportes, quedaron muy conformes.
― ¿Por qué cree que el jurado decidió otorgar premio a su proyecto?
―Toda la vida humana y la vida animal depende de las plantas. Si no hubiera plantas no tendríamos nada para comer porque aún los animales que comemos comen plantas. Ni que hablar del oxígeno. Las investigaciones más rimbombantes a veces son de temas como enfermedades humanas, cáncer, algo que suena mucho más inmediato y urgente. Ahora, si me preguntas por qué a nosotros y no a otros, yo no sé porque me eligieron a mí. Creo que lo que nosotros hacemos es muy importante, pero a veces no es tan fácil de visibilizar.
― Recién usted mencionó que el tema del uso de transgénicos tiene cierta percepción pública negativa. ¿Cómo influyó esto?
―Una vez nos asociamos con sociólogos para investigar y se hizo una encuesta en plazas públicas en toda la provincia. Y las respuestas nos sorprendieron. Mucha gente no sabía qué significaba la palabra "transgénico"; algunos pensaban que era alguien que se cambió de género, otros que era una marca de dentífrico o de remedio. Vivimos en un mundo donde creemos que los demás saben lo mismo que nosotros y no es así. Por ejemplo, los diabéticos reciben insulina transgénica producida por un organismo genéticamente modificado para no tener que sacarla del páncreas de cerdo.
En la Argentina, los transgénicos cobraron mala fama por la asociación con el uso de agroquímicos y herbicidas, pero en nuestro caso implica poner un gen de una planta que comemos, como girasol, en otra planta. Nada más. Es algo que pasa en la naturaleza de forma natural. Creo que la mala opinión que tienen los transgénicos se explica por la falta de educación científica.
― ¿En el mundo científico también existe esa mirada? Digo, el premio se entrega en Francia, un país que no admite el uso de semillas genéticamente modificadas.
―Sí, efectivamente, el premio viene de una fundación de una empresa con sede en Francia, un país que tiene prohibido el cultivo de transgénicos pero no el consumo de productos transgénicos. Hay un montón de mitos que con la ciencia y el tiempo se van perdiendo. Los avances tecnológicos generan resistencia. Todas las pruebas indican que el trigo con HB4 (así se llama la modificación genética que descubrió Chan) es igual al otro trigo. No hay una razón real para creer que es inseguro. Europa, si continúa la guerra entre Rusia y Ucrania y carece de alimento, va a terminar cediendo hacia estos cambios por cuestiones geopolíticas.
Científicamente no hay nada reprochable. Se tarda 15 años en probar que no matan insectos ni plantas, es tan seguro como cualquier otro alimento. Nosotros aprendimos por qué mecanismos las plantas toleran mejor la sequía y es un conocimiento que puede ser utilizado de forma aceptada. No me arrepiento de nada. Fue un paso que no fue fácil, pero es un avance en el conocimiento.
— Usted fue directora de Conicet en Santa Fe, entre 2012 y 2016. ¿Cómo describiría la crisis que atraviesa el sistema científico a partir de las decisiones del actual gobierno nacional?
—La crisis no la pasamos nosotros, la crisis la está pasando la ciencia. Esto es una pérdida para el país, no solo para las personas en forma particular. Es muy serio porque es muy difícil reconstruir lo que se pierde. No se recupera. Lo que estamos viendo es una deserción absoluta debido a los bajos sueldos y pocas posibilidades de desarrollo, porque no solo el sueldo es bajo, la beca es baja, aparte no hay dinero para los proyectos. Entonces se está produciendo un éxodo hacia empresas o hacia el exterior. La que se va es la nueva camada, que es la que necesitamos para que siga nuestro paso.. Y eso es una pérdida muy difícil de recuperar. Cuando un científico se instala en otro país, es muy difícil que vuelva. Yo creo que es un grave error.
― ¿Por qué el país debería invertir en el sistema científico?
―Porque todos los países se nutren y crecen concomitantemente con la ciencia. El Dr. Fernando Stefani ha hecho gráficos interesantísimos de cómo países con bajo nivel de ingresos han decidido invertir en ciencia y ha crecido concomitantemente su producto bruto interno. Ejemplos como Corea del Sur, Israel, Noruega demuestran que la inversión en ciencia redunda en riqueza para el país. Son países que han invertido entre un 3% y 5% de su PBI. Nosotros estábamos en un 0,35 % y ahora bajamos a 0,15%. La ley decía que al 2030 se iba a llegar al 1% y nos fuimos para atrás. . Esto se va a pagar porque recuperarse lleva mucho tiempo. Cada persona que perdimos significa una inversión del Estado de 20 años de sueldo y enseñanza universitaria.
― Usted mencionó que se está dando una migración de científicos no solo hacia el exterior, sino también a empresas…
―Sí, muchos se están yendo a empresas de base tecnológicas, startups, pero con una esperanza de vida corta. No quiero ser pesimista, pero el 95% va a fracasar en cuatro o cinco años. Un uno por ciento será unicornio. Esos son los lugares que están atrayendo a los científicos que se van del sistema público. Ahora todavía hay algún puesto laboral y los chicos que se reciben de biotecnólogos se están yendo ahí. Pagan bastante mejor que las becas nuestras, pero obviamente no es hacer ciencia.