Democracia por nosotros mismos
Nada bueno puede esperarse de la explotación de odios por lo irreparable.
Se fue sabiendo que en Buenos Aires habían secuestrado a los ex legisladores Héctor Gutiérrez Ruiz y Zelmar MIchelini, y también a los militantes rasos William Whitelaw y Rosario Barredo. El silencio hacía presagiar lo peor. Y sí, los torturaron y asesinaron.
La dictadura -titular Juan María Bordaberry- prohibió comentar la noticia, pero en El Día resolvimos decir lo más que se pudiera, como lo hacíamos desde el aciago 27 de junio de 1973. Titulamos "Con libertad no ofendo ni temo". Los escribas del régimen desfiguraban a su antojo el ideario de Artigas, pero esa frase era invencible.
Hace en estas horas 50 años, pero recuerdo al detalle cómo jugaron a las escondidas con las exequias de Michelini y Gutiérrez Ruiz. Sorteando equívocos, a las 8 de la mañana fuimos con Aníbal Barbagelata, catedrático de Derecho Constitucional que nos enaltecía codirigiendo El Día. Bloqueadas las puertas del Cementerio Central, nos agolpábamos en la multitud de consternados, que la policía represaba a caballazos y fotografiaba de a uno. Fue un verdadero vilipendio de los cadáveres. Y del alma de la República.
Haber vivido eso escribiendo entrelíneas y medio siglo después reescribirlo en libertad constituye un honor periodístico que agradezco a la vida y a la hospitalidad de El País.
Por cierto, es un honor que no apaga el dolor que comparto con los muchos -de todos los signos- que tuvimos claro que la guerrilla, la dictadura, la intolerancia y el odio entre izquierda y derecha pudieron y debieron atajarse, reforzando las instituciones, en vez de competir con los tupamaros en ilegalidad y crueldad. El luto de aquel mayo de 1976 fue por los asesinatos, y fue también por el pisoteo de las principios y el olvido de que toda persona es trascendente hasta el límite de lo sagrado, también en un Estado laico.
Cincuenta años después, los espectros de los padecimientos se nos recortan sobre el escenario en que chapaleamos. Al fantasma de la tragedia pasada se le suma hoy la angustia por el futuro. Es que nada bueno puede esperarse de la explotación de odios por lo irreparable, de la despersonalización de las instituciones y del vaciamiento de las relaciones privadas, encharcadas entre materialismo y narcotráfico.
Nada promisorio resulta una presidencia ejercida por delegación en ciudadanos no electos, que en vez de captar por intuición por qué baja su aprobación anuncian que lo están analizando, aportan como luminosa reflexión que si la gente no los apoya, algo estarán haciendo mal y reiteran su obsesión con la popularidad de Bukele.
Y nada alegre podemos esperar si restablecimos las instituciones, respetamos a un guerrillero Presidente que se atuvo a la legalidad, recorrimos el perimetral completo de los partidos pero mantenemos los odios y los resentimientos de izquierda y derecha; y en vez de debatir ideas y columbrar sueños, preferimos reprocharnos de lomo duro y vivir esperando lo que nos llueva de afuera. De los nobles exiliados por la Revolución Francesa se dijo que retornaron sin haber olvidado nada y sin haber aprendido nada. A nosotros nos está ocurriendo lo mismo, con riesgo de hacerle el caldo gordo a extremistas de ambas puntas.
Y así seguiremos, si los ciudadanos de a pie no elevamos la experiencia soportada a reeducación cívica, cimentando la democracia por "nosotros mismos".