Viernes, 22 de Mayo de 2026

Prepárese para un apocalipsis laboral provocado por la IA

ChileEl Mercurio, Chile 22 de mayo de 2026

Todavía no ha llegado. Pero los gobiernos deberían tender una red de seguridad.

El lanzamiento de Chat GPT en 2022 encendió el boom de la inteligencia artificial y desató un coro de advertencias de los propios directivos de IA sobre un inminente apocalipsis laboral. Da igual que tengan razones para exagerar la disruptividad de sus productos o que el empleo en el mundo rico esté cerca de máximos históricos: el mensaje sombrío caló hondo. Siete de cada 10 estadounidenses creen que la IA dificultará la búsqueda de trabajo; casi un tercio teme por su propio empleo. La escasez de oportunidades para universitarios recién egresados -especialmente programadores- amplifica ese temor.
El pasado ofrece algo de consuelo a los ansiosos. Los mercados laborales cambian constantemente. La oficina de hoy sería irreconocible para un trabajador de hace 50 años. Nunca en la historia moderna el progreso tecnológico ha dañado la demanda global de trabajo humano. Los historiadores económicos han ido relativizando la magnitud de la "pausa de Engels", ese período de la Revolución Industrial en que los salarios de la clase trabajadora crecieron más lento que el resto de la economía.
Sin embargo, la historia no siempre es una buena guía para el futuro, como la propia Revolución Industrial demostró. Los mejores modelos de IA son extraordinarios. Pueden abordar tareas de programación mucho más complejas de lo que se anticipaba hace un año. El número de agentes de IA se ha disparado. El gasto empresarial en IA creció de forma drástica. Los ingresos recurrentes anualizados de Anthropic, una de las firmas más prometedoras del sector, están en camino de alcanzar los US$ 50.000 millones antes de que termine junio. Los datos del mercado laboral no muestran todavía que la IA esté destruyendo empleos en masa. Pero dado el ritmo al que mejora, desestimar ese temor sería imprudente. La sociedad podría estar al borde de una reasignación profunda de recursos y de una convulsión política.
La predicción de los economistas de que el trabajo seguirá siendo abundante es menos tranquilizadora de lo que parece, especialmente en el largo plazo. Aunque el mercado encontrará usos para el trabajo humano incluso cuando los modelos y los robots sean más capaces, la calidad de esos empleos y los salarios que paguen no están garantizados. Los centros de datos representarán el 8,5% de la demanda eléctrica máxima de Estados Unidos en 2027, frente al 4,1% de 2025, según Goldman Sachs. A medida que las empresas de IA eleven el precio de la tierra y la energía, el dinero que gane la gente alcanzará para menos. Con el tiempo, los seres humanos podrían volverse antieconómicos, como los caballos en la era del automóvil. Los ingresos podrían ir a parar mayoritaria o íntegramente a los dueños del capital, quienes los gastarían en bienes producidos por la IA y los robots, usando recursos naturales que monopolizarían.
Esta posibilidad distópica es la que está detrás de las advertencias de Silicon Valley, de que la intervención estatal -y quizás un ingreso básico universal- será necesaria. Eso sigue estando lejos, si es que alguna vez llega. Pero los gobiernos podrían tener que actuar antes, porque no hace falta una catástrofe para encender la furia popular. Aproximadamente, dos millones de estadounidenses perdieron su empleo entre 1999 y 2011 por el ingreso de China al sistema de comercio global. Eso no es peor que un mes típico de despidos en el dinámico mercado laboral norteamericano. Aun así, el " shock chino" contribuyó a llevar a Donald Trump al poder y derivó en los aranceles más altos desde los años 30.
Los empleados de cuello blanco amenazados por la IA tienen más poder político y social que los trabajadores de fábrica perjudicados por la competencia china. Incluso un número reducido de despidos podría desencadenar una reacción violenta contra la tecnología; la furiosa oposición a los nuevos centros de datos es un indicio de lo que podría venir. Una perturbación severa de la seguridad y el estatus de muchas personas podría desembocar en agitación generalizada, incluso en una revolución.
¿Qué deberían hacer los gobiernos? Un primer conjunto de ideas apunta a ralentizar el cambio. China ha instado a sus empresas a adoptar la IA, pero no a despedir trabajadores. Economistas prominentes de todo el mundo han propuesto subir los impuestos al capital y bajarlos al trabajo. Algunos activistas quieren gravar los centros de datos. Sin embargo, frenar la tecnología no es un camino sensato. La humanidad tiene mucho que ganar con la IA: no solo mayor riqueza, sino avances en la lucha contra enfermedades y en la solución de problemas como el cambio climático y la pobreza. Si los luditas hubieran detenido la automatización de los telares en la Inglaterra de principios del siglo XIX, el mundo estaría hoy en mucho peor situación.
Una segunda categoría de medidas sería más adecuada. Si el empleo cae, es probable que los ingresos que antes iban a los trabajadores aparezcan como altas ganancias en empresas de IA, fabricantes de chips, centros de datos o en otros eslabones de la cadena de valor. Reformas tributarias inteligentes -como gravámenes sobre las ganancias corporativas que superen un retorno normal sobre el capital, sobre la tierra y sobre los recursos naturales- podrían capturar esas rentas. El argumento a favor de los impuestos a la herencia, para evitar que se consolide una élite dueña del capital, luce hoy más sólido que nunca.
Al mismo tiempo, los gobiernos podrían ayudar a los trabajadores a adaptarse. Un seguro de salario público, que amortigüe las caídas de ingreso tras la pérdida de empleo, puede ayudar a las personas a encontrar mejores oportunidades -y así, con el tiempo, autofinanciarse-. Las políticas activas de mercado laboral de Dinamarca, en las que el Estado ayuda a las personas a encontrar y entrenarse en nuevas ocupaciones, han demostrado reducir los períodos de desempleo.
Estas ideas harían la economía más eficiente y equitativa con independencia de la IA. ¿Satisfarían a los votantes que enfrentan disrupción e incertidumbre? En una era populista, las reformas tecnocráticas son difíciles de vender. Los intentos anteriores de ayudar a los trabajadores a adaptarse a la liberalización comercial no lograron frenar el contragolpe del "shock chino". En una fuerza laboral enteramente basada en IA, los seres humanos necesitarán ayuda para sobrevivir, no para adaptarse.
De ahí el último conjunto de ideas radicales, como la nacionalización parcial de las empresas de IA. Esta semana, un asesor presidencial surcoreano propuso un "dividendo" ciudadano proveniente de las empresas de IA, lo que hundió la bolsa local un 5% antes de que se retractara. En Estados Unidos, algunos políticos murmuran sobre la posibilidad de dar a los ciudadanos acciones en empresas de IA a través de las llamadas "cuentas Trump". En términos económicos, la diferencia entre un sistema tributario bien diseñado y una participación estatal en el sector privado es mínima -y los países que no tengan gigantes de IA propios tendrán que apoyarse en los impuestos en lugar de apoderarse de acciones en empresas extranjeras-. Pero Estados Unidos podría encontrar en la propiedad pública parcial la mejor forma de hacer visible el beneficio social de la tecnología.
Las concentraciones de renta deben enfrentarse temprano, antes de que el poder de quienes las acumulan sea demasiado grande. El apocalipsis laboral todavía no ha llegado. Pero si los gobiernos esperan evidencia concluyente antes de construir una red de seguridad, será demasiado tarde. Es mejor empezar ahora.
Este artículo fue traducido por El Mercurio Inversiones.
Gasto empresarial en IA creció de forma drástica. Ingresos recurrentes anualizados de Anthropic llegarían a US$ 50.000 millones a junio.
La Nación Argentina O Globo Brasil El Mercurio Chile
El Tiempo Colombia La Nación Costa Rica La Prensa Gráfica El Salvador
El Universal México El Comercio Perú El Nuevo Dia Puerto Rico
Listin Diario República
Dominicana
El País Uruguay El Nacional Venezuela