La plaza
Para quienes vivimos en departamentos, una plaza hermosa, frondosa y cercana es un privilegio inigualable, sobre todo si durante años ha sido el jardín y el lugar de juegos de los propios hijos
Para quienes vivimos en departamentos, una plaza hermosa, frondosa y cercana es un privilegio inigualable, sobre todo si durante años ha sido el jardín y el lugar de juegos de los propios hijos. Es este espacio natural y verdoso el gran refugio infantil de los niños, un escenario que, además, ha servido para que ellos constituyan una pequeña comunidad de amigos.
La plaza, en ciudades tan grandes y urbanizadas, es, por tanto, un rincón predilecto para quienes viven esta primera etapa de la existencia humana, tan decisiva y fundamental para la propia biografía. Qué infante no ha gozado alguna vez en una plaza, como si ella fuese un bosque enorme e inconmensurable en que los niños persiguen su risa y su felicidad con el mismo ahínco que un sabueso sale en busca de aquello que despierta su olfato.
Amo la plaza que ha sido el paraíso de mis hijos, un patio íntimo en un escenario público. Siento una importante gratitud a la plaza de mi barrio y, por ello, me atrevo a citar aquí estos elocuentes versos de Vicente Alexaindre: "Así, entra con pies desnudos. Entra en el hervor, en la plaza. Entra en el torrente que te reclama y allí sé tú mismo. !Oh, pequeño corazón diminuto, corazón que quiere latir para ser él también el unánime corazón que le alcanza¡".