Un comienzo que preocupa más
El crecimiento de la economía colombiana en el primer trimestre de 2026 mostró de nuevo un patrón que empieza a consolidarse con una fuerza preocupante: el país crece, pero lo hace sobre bases frágiles, altamente dependientes del consumo y, sobre todo, del impulso del gasto público
El crecimiento de la economía colombiana en el primer trimestre de 2026 mostró de nuevo un patrón que empieza a consolidarse con una fuerza preocupante: el país crece, pero lo hace sobre bases frágiles, altamente dependientes del consumo y, sobre todo, del impulso del gasto público. El dato de expansión de 2,2% anual no solo se ubicó por debajo de registros previos, sino que además sorprendió negativamente frente a las expectativas del mercado, reforzando la lectura de una economía que avanza sin tracción estructural suficiente. El principal motor de ese crecimiento sigue siendo el consumo final, que avanzó con solidez impulsado tanto por los hogares como por el sector público. En el caso de los hogares, el gasto mantuvo una dinámica positiva, incluso en medio de un entorno de tasas de interés elevadas, con un sesgo cada vez más marcado hacia bienes durables, muchos de ellos importados. Por su parte, el consumo público mostró un dinamismo importante, apalancado en mayor ejecución presupuestal, incrementos en la remuneración y un efecto claro asociado al ciclo electoral. Este componente, de hecho, explicó una proporción significativa del desempeño del trimestre y sin este aporte el crecimiento habría sido sustancialmente menor. Sin embargo, detrás de ese impulso hay señales de alerta que no pueden ignorarse. La inversión, aunque mostró una recuperación puntual en maquinaria y equipo, sigue rezagada en términos agregados y, más preocupante aún, la inversión total presenta contracciones explicadas por la caída en inventarios. Además, sectores intensivos en capital como la construcción continúan en terreno negativo, con una contracción profunda, reflejo de la debilidad en vivienda y edificaciones. Este comportamiento evidencia que el aparato productivo no está consolidando capacidades de expansión sostenida, lo que limita el potencial de crecimiento de mediano y largo plazo. Desde el frente sectorial, la dependencia de las actividades terciarias es cada vez más evidente. Administración pública, comercio, transporte y servicios lideraron el crecimiento, mientras que sectores como agricultura y construcción se rezagan o retroceden. A diferencia del año pasado, el agro está en declive, asociado en buena medida a la caída en la producción cafetera, y la persistente debilidad de la construcción confirman un desbalance productivo que deja sin capacidad de reacción a la economía. El entorno externo tampoco ofrece un impulso diferenciador. Las exportaciones y las importaciones crecieron a ritmos similares, lo que limita la contribución neta del sector externo al crecimiento. Además, la baja del dólar incentivó el consumo de bienes importados, reforzando otro patrón: la demanda prima sobre la producción interna. En este contexto, el balance es claro: la economía colombiana crece, pero con sesgo a la baja y riesgos evidentes. La alta dependencia del gasto público, la debilidad de la inversión y el rezago de sectores clave plantean interrogantes sobre la sostenibilidad de este crecimiento. Más aún, el entorno de tasas de interés elevadas y la incertidumbre local continúan afectando la capacidad del sector privado para tomar decisiones de inversión de largo plazo. Al final, el verdadero desafío no es crecer más en el corto plazo, sino cambiar la composición de ese crecimiento. Sin una recuperación sostenida de la inversión, muy golpeada por la inseguridad física y jurídica, y sin una reactivación de sectores estratégicos, el país corre el riesgo de consolidar un modelo de expansión débil, vulnerable y con limitaciones estructurales que, tarde o temprano, terminarán pasándole factura al país.