El Comercio, Perú
31 de mayo de 2026
tazzaNombre ilustrador
Amanece en la costa este de Estados Unidos, y el ilustre politólogo global, de cátedra reputada y fama de ?best seller?, decide escribir unas líneas sobre la segunda vuelta presidencial de una humilde nación llamada Perú. Pero no es un caso más. Sumergido en sus carpetas de apuntes y literatura especializada, este es uno de los países del que tiene más información. Libros en PDF, artículos de sus colegas locales favoritos, entrevistas para la prensa, posteos y hasta hilos de tuits. ?¡Carajo!?. Lo último que encuentra es una carta que él y otros ilustres politólogos globales firmaron en contra de la extradición de su presidente peruano favorito. ?I hope the Cholo is doing fine?, dice para sus adentros recordando que no les hicieron caso. En fin, no es hora de distraerse. Sabe que unas líneas suyas, en la plataforma de Zuckerberg, resonarán lo suficiente para avispar el gallinero en las redacciones periodísticas, en las facultades de sociales, en los chats de los comentaristas políticos. Pues no es solo un académico sino un paladín de la democracia en cualquier rincón del mundo, y su palabra es ley desde D.C. hasta Pando. Solo él tiene las credenciales para sentenciar qué político es una amenaza para el régimen democrático y decide que Keiko Fujimori lo sigue siendo en esa humilde nación llamada Perú. Es el Roger Waters de los politólogos.Amanece en la península ibérica, y el ilustre escritor expatriado, de pluma pretensiosa y fama de taller de narradores, decide dedicar unas palabras a la segunda vuelta presidencial de su añorado Perú. Según le ha dicho su agente, para mantener vigencia, entre una novela y otra, tiene que pronunciarse sobre todos los eventos que le permitan evidenciar su sensibilidad social, su compromiso político, su branding personal. Ahora que Vargas Llosa no está con nosotros, ha perdido cuidado y denuncia a la derecha autoritaria latinoamericana a placer. Llama a Kast, ?hijo de nazis?, y a Álvaro Uribe, ?paraco?. No hay medias tintas en su verbo combativo que, según aspira, lo terminará colocando en el linaje del ?boom?, en la categoría del intelectual orgánico, entre los faros que nos iluminan. Prepara el móvil (ya no dice ?celular? desde que cruzó el charco), el trípode y las luces. Alinea los libros de su estante que normalmente usa de fondo cuando dicta sus clínicas de libros online. Un ejemplar de Balzac en francés para lucir clásico, uno de Judith Butler en inglés para darle actualidad. En el video que difundirá en sus redes sociales, luce con la calma propia de un escritor cuarentón que ya ha publicado, mas recuerda a sus seguidores la indignación rabiosa del universitario que protestaba contra la dictadura del ?Chino Rata?. ?No votes en blanco ni viciado, no a las medias tintas?, sostiene convocante, con la seguridad propia de quien sabe que las exasistentas de Mario ya no hurgan en Internet. Termina el video, y se siente un poquito Chomsky. Recuerda: es hora de revisar a Saussure para el próximo taller.Del activismo antifujimorista, sobreviven influencers antes que organizadores. Se trata de un movimiento desgastado por el trajín de cuatro campañas ante la ausencia de recursos políticos que lo sostengan, algo muy propio de causas coyunturales. Solo las organizaciones de derechos humanos y víctimas del fujimorato (1990-2000) logran mantener cierto nivel de movilización. Pero las figuras mediáticas antifujimoristas han perdido resonancia. Actualmente parece que más que hablarle al público general, se dirigen a audiencias cautivas. A nivel de las formas, han caído en la dinámica fragmentaria y encapsulada de los ecosistemas de las redes sociales. Hoy, pareciera, les hablan solo a sus fans.Esto se debe, en parte, a que la narrativa antifujimorista no se ha actualizado ante la evolución de los hechos. Una de las principales banderas antifujimoristas era bloquear el indulto a Alberto Fujimori, hoy desaparecido. Por lo tanto, la insistencia del relato de la ?esencia autoritaria? depende de presentar nuevas pruebas de autoritarismo, esta vez, endilgadas a Keiko Fujimori. De otro modo es polarización nociva. Las acusaciones de corrupción pasan a un segundo plano, pues políticos de todas las tiendas han sido condenados por este tipo de delito, dejando de ser un elemento diferenciador para la gente. Si hubiese que actualizar ?La historia de la corrupción en el Perú? de Alfonso Quiroz, el último capítulo tendría como protagonista a Susana Villarán.La conceptualización del ?autoritarismo parlamentario? (sostenido por colegas politólogos) y la ?mafia congresal? (de tenor más popular) abonan en el relato del ?ADN autoritario? fujimorista, pues sería Fuerza Popular de Keiko Fujimori, el eje de este control dictatorial del Congreso sobre los demás poderes (a pesar de haber sido una minoría parlamentaria desde el 2020). Esta línea argumentativa es, en el mejor de los casos, debatible. Funciona en tanto teoría conspirativa en el sector de la opinión pública más proclive a estos relatos. Quizá para los mismos que consideran que Alan García sigue vivo. Pero difícilmente cala como motor y motivo. Las manchadas credenciales del rival de turno en la misma materia han llevado al elector promedio a comprobar que la lógica del mal menor ha sido inútil para nuestra democracia y desarrollo.A una semana de la elección, el antifujimorismo sigue optando por un relato estructurado sobre la inferioridad moral de su némesis. Si bien en anteriores oportunidades funcionó, esta vez esta apuesta resulta deficiente, pues nos enfrentamos ante males públicos como la inseguridad ciudadana. ¿Qué resulta más terrorífico para el peruano promedio? ¿Un bus acribillado por sicarios o la pesadilla de una tribu política? El resultado del domingo 7 sigue en los márgenes de la incertidumbre, pero una eventual victoria del fujimorismo se entenderá, entre otros factores, por la falta de renovación del discurso de sus rivales, que, por ahora, solo convence a sus fans.