Salir del espejo
Un modo de encarnar las antípodas al Frente Amplio es el espejo, esto es, imitar cada uno de sus actos performativos desde la vereda contraria.
Durante al menos diez años, el Partido Republicano se ciñó a un libreto conocido: criticar desde fuera las decisiones que otros tomaban. Se trataba de una lógica fundamentalmente antagónica, que buscaba recoger la frustración presente en la población. Esto tiene una explicación de orden histórico: al renunciar a la UDI para fundar su propia tienda, José Antonio Kast no tenía un proyecto de gobierno, ni auténtica vocación de poder. Su objetivo -legítimo- era más limitado: inclinar el cuadro hacia la derecha. Era la estrategia de la esquina.
Sabemos, empero, que el contexto cambió: la derecha tradicional se desplomó, y la embriaguez de las izquierdas alimentó una lógica pendular particularmente intensa que, gracias a un fuerte trabajo territorial, condujo al líder republicano a La Moneda. La pregunta quedó instalada de inmediato: ¿estarían los republicanos dispuestos a efectuar un viraje que permitiera asumir en plenitud la responsabilidad de gobernar? ¿Cómo, cuándo y con cuánta resistencia interna? Estas dudas no tenían nada de caprichosas, pues, durante buena parte de su campaña, José Antonio Kast enarboló un discurso anti-Boric y anti Frente Amplio. El candidato Kast buscó encarnar el rechazo al mandatario saliente, con todas las ventajas y riesgos involucrados. Sin embargo, ya en su primer discurso como Presidente electo, cambió bruscamente de tono, y quiso, como Patricio Aylwin, convocar a todos.
No obstante, esa primera señal se diluyó conforme pasaron las semanas. Desde luego, el mandatario no volvió al registro campañero, pero la instalación fue particularmente dubitativa. El naufragio en Seguridad y en la vocería -de entera responsabilidad del Presidente y su círculo cercano- obligó a modificar el primer diseño. Y aunque es temprano para sacar conclusiones definitivas, parece evidente que el mayor peso atribuido a los políticos ha supuesto una inflexión relevante: todo indica que el Gobierno está más inclinado a tomarse en serio el desafío de gobernar, asumiendo que la lógica antagónica es -por sí sola- inservible. Las señales en esta dirección son abundantes. Por de pronto, el ministro García se ha mostrado abierto a realizar modificaciones a la reforma económica para concitar mayores apoyos en el Senado, mientras que el subsecretario Pavez se ha apurado en dejar atrás todas las divisiones entre las derechas (en otras palabras, ya no cabe el apelativo de "derechita cobarde").
Con todo, el fenómeno no se reduce a los dirigentes provenientes de Chile Vamos. De hecho, quizás el dato más relevante es el modo en que el ministro Arrau decidió iniciar su gestión, con una narrativa convocante. Así, se ha reunido con personeros de distintas sensibilidades, además de aseverar que, en esta materia, hay cierta continuidad con la política nacional de seguridad aprobada bajo el gobierno anterior. Aunque es evidente que la aseveración requiere de una justificación más elaborada -para que no parezca impostada-, es difícil negar una ruptura discursiva bastante explícita. Es cualquier cosa menos trivial que un ministro republicano, venido del corazón del kastismo y a cargo de su principal promesa, emplee ese registro. La conclusión es evidente: el ministro Arrau sabe bien que será medido por sus resultados más que por la virulencia de sus invectivas.
Debe decirse, en cualquier caso, que esta inflexión adolece de una dificultad mayúscula: el propio Partido Republicano. En efecto, una fracción significativa de dicha colectividad no está persuadida del cambio, y añora los buenos tiempos en que la principal tarea era golpear, golpear y golpear a las izquierdas. Así deben comprenderse las críticas al ministro Arrau, y la insistencia de algunos diputados oficialistas en concretar una acusación al exministro Grau (acusación que solo puede enredar el ambiente en el Congreso). Es verdad que el Partido Nacional Libertario presiona desde la derecha -como antes lo hicieron los republicanos-, pero es obvio que quienes han decidido ingresar al Gobierno deben asumir la responsabilidad implicada. No deja de ser paradójico que un partido que -hasta ayer- era el epítome de la disciplina se vea enfrentado a tantas tensiones internas, pero esto solo prueba que la tarea más urgente del Ejecutivo pasa por ordenar a sus propias filas.
En cualquier caso, a las derechas más recalcitrantes puede quedarles un consuelo. Un modo de encarnar las antípodas al Frente Amplio es el espejo, esto es, imitar cada uno de sus actos performativos desde la vereda contraria. Si ellos vociferaban, nosotros haremos lo mismo, y más fuerte. Sin embargo, como puede verse, se trata de una actitud que sigue siendo deudora del frenteamplismo; es solo un (mal) remedo de él. Pero hay otra alternativa, mucho más profunda y, sobre todo, más operativa políticamente: tomarse en serio la tarea de gobernar, y olvidar definitivamente cualquier atisbo de gesto adolescente destinado a la galería. Esa sería, además, la genuina forma de oponerse a Gabriel Boric y su generación. Si el Presidente quiere marcar un tono en su primera Cuenta Pública, debería confirmar y consolidar este camino, para despejar las rebeldías que -por momentos- siguen presentes en su propio partido.