Educar en la era de la IA
León XIV ha publicado su primera encíclica, "Magnifica Humanitas", que aborda la protección de la dignidad humana en la era de la inteligencia artificial.
León XIV ha publicado su primera encíclica, "Magnifica Humanitas", que aborda la protección de la dignidad humana en la era de la inteligencia artificial. Aunque no es un documento dedicado exclusivamente a la educación, este tema ocupa un lugar importante, especialmente en el capítulo sobre "la verdad como bien común". Es como si el Pontífice quisiera recordarnos que la cuestión educativa, más allá de los aspectos técnicos o curriculares, se centra en la verdad y en nuestro crecimiento personal.
La síntesis de su argumento puede resumirse así: toda tecnología moldea a quienes la usan; por lo tanto, educar en la era de la IA también implica aprender cuándo y para qué no usarla. Los procesos educativos necesitan tiempo, lentitud y paciencia -la encíclica menciona a Platón y la imagen del conocimiento que surge al frotar conceptos como pedernal hasta que se produce la chispa de comprensión-, mientras que la cultura digital fomenta la inmediatez, la sobreestimulación y la fatiga ante la dificultad de buscar la verdad. Esto plantea tres desafíos: uno sociopolítico (la desigualdad en el acceso), otro pedagógico (currículos y docentes desbordados por el cambio), y uno que llama "intelectual y sapiencial": el peligro de una educación que carece de amor por la verdad, donde el flujo constante de información reemplaza la reflexión y se acumulan conocimientos fragmentados sin un horizonte de sentido. La solución es una alianza educativa entre familia, escuela, comunidad y Estado, y la convicción de que la escuela debe ofrecer aquello que lo digital no puede: tiempo compartido para aprender y relaciones confiables.
En esa visión de la tarea formativa, se distinguen claramente ecos del debate actual en educación. Aquí se presenta la clasificación del filósofo Gert Biesta sobre las tres funciones principales de la educación -cualificación, socialización y subjetivación- y su crítica a la era de la medición, en la que la obsesión por cuantificar desplaza la reflexión sobre qué define una buena educación. Además, se refieren los cuatro pilares de Delors -conocer, hacer, convivir y ser- que durante treinta años guiaron el marco normativo de la educación global. Como fondo, se encuentra la advertencia de Heidegger: que la esencia de la técnica no es solo técnica, sino un modo de revelar el mundo que, en ese proceso, todo lo reduce -incluido el ser humano- a una existencia disponible, un recurso calculable y un rendimiento productivo.
Lo interesante es que la encíclica no solo repite estos marcos, sino que los reorganiza. Frente a los cuatro pilares de Delors, la encíclica otorga mayor énfasis al "ser", reinterpretando el "conocer" como sabiduría en lugar de simple información, cuestiona el "hacer" en relación con el paradigma tecnocrático y amplía el concepto de "convivir" hacia la fraternidad cívica en lugar de centrarse en la convivencia en el aula. En comparación con Biesta, su enfoque principal es la subjetivación. Una frase que lo resume con precisión dice: "Para un algoritmo, el error es algo que hay que corregir; para una persona, puede ser el comienzo de un cambio profundo". El sujeto es aquello que supera el cálculo predictivo y que el dato no logra captar. La acumulación de datos no elimina el relato, aunque puede sepultarlo y, con él, hacer desaparecer el sentido.
En mi opinión, ese es el verdadero valor del documento. La encíclica señala acertadamente la amenaza específica de esta época: no tanto que las máquinas puedan eliminar empleos o promover desinformación -riesgos ya conocidos y reales-, sino que nos acostumbremos a delegar el juicio. La facilidad para obtener respuestas rápidas puede disminuir el interés por plantearse preguntas. La educación moderna se basa en la idea de que un individuo aprende enfrentando errores y resistencias, y tiene tiempo para reflexionar. La IA generativa proporciona el atajo perfecto para eliminar esa fricción, pero también puede convertirnos en recipientes vacíos. Una pedagogía que acepta sin cuestionar el atajo estaría, sin querer, apagando la subjetividad que busca desarrollar. Esto es lo que Arendt entendía claramente: educar implica responsabilizarse por un mundo que entregamos a las nuevas generaciones para que puedan renovarlo, no solo para que lo reciban ya terminado.
El documento presenta un desequilibrio, especialmente en las secciones de "hacer" y de cualificación. Ofrece pocos criterios sobre qué y cómo enseñar con las nuevas herramientas, más allá del concepto de "uso crítico" mencionado. Biesta ha señalado que las tres funciones de la educación -socializar, cualificar y subjetivar, es decir, formar sujetos- son esenciales e irremplazables. Sobrevalorar o subvalorar alguna de ellas puede causar desequilibrio en el sistema. Proteger lo humano no implica excluirlo de la técnica; al contrario, implica desarrollar habilidades que permitan utilizarla sin quedar esclavizados por ella.
Aquí, el debate en la educación chilena corre el riesgo de equivocarse: mientras se discuten infraestructura, conectividad y brechas de acceso, que son las condiciones materiales para la cualificación, apenas se habla del futuro del trabajo y su humanización en la sociedad digital, que la encíclica pone en el centro, igual que lo hizo León XIII frente a la emergencia de la sociedad industrial. En lugar de centrarnos en aprender y enseñar a conocer, hacer, convivir y ser en un entorno que -como una nueva atmósfera- empieza a rodearnos, preferimos hablar de la inteligencia artificial solo como un instrumento que hay que domesticar. El verdadero desafío no es decidir si los estudiantes "usan o no usan" ChatGPT, Claude o Gemini -una falsa disyuntiva-, sino si la educación chilena será capaz de crear y proteger -y cómo hacerlo- aquellos tiempos y espacios germinales, reflexivos y relacionales, sin los cuales no hay sujetos que formar, solo usuarios a instruir y habilitar.
La principal interrogante que plantea la Encíclica es si podremos construir un mundo humano en la era digital y de la inteligencia artificial, o si caeremos en la ilusión de que la tecnología es la única vía para liberarnos de viejas y nuevas formas de esclavitud.
"La encíclica señala acertadamente la amenaza específica de esta época: no tanto que las máquinas puedan eliminar empleos o promover desinformación -riesgos ya conocidos y reales-, sino que nos acostumbremos a delegar el juicio".