Viernes, 19 de Junio de 2026

Comunismo: veneno para el alma

ColombiaEl Tiempo, Colombia 18 de junio de 2026


Eduardo Behrentz
Una elección presidencial no siempre enfrenta dos formas distintas de entender la misma democracia


Eduardo Behrentz
Una elección presidencial no siempre enfrenta dos formas distintas de entender la misma democracia. A veces, lo que está en juego es la misma democracia. En países con instituciones consolidadas y economías desarrolladas, las elecciones suelen transcurrir entre matices del liberalismo democrático. Unos prefieren más impuestos y mayor gasto social; otros, menos Estado y más iniciativa privada. Unos defienden ciertas agendas culturales; otros las resisten. Unos apoyan el fracking o la energía nuclear; otros las rechazan. Unos tienen una posición sobre Israel, la migración o el aborto; otros, una contraria. Pero casi todos aceptan el mismo marco: pluralismo, economía de mercado, libertad de asociación, alternancia en el poder, estado de derecho y separación de poderes. Colombia, en esta segunda vuelta, no parece estar simplemente ante esa clase de diferencia. No estamos escogiendo entre dos versiones del liberalismo democrático. Estamos decidiendo si queremos preservar un modelo imperfecto, pero abierto, en el que las empresas, las universidades, los medios, los jueces y los ciudadanos conservan espacios de autonomía; o si queremos avanzar hacia un proyecto que desconfía de esas libertades porque prefiere concentrarlas en el Estado. Esa es la gran diferencia entre la izquierda democrática y la izquierda autocrática. No toda izquierda es comunista. América Latina ha tenido liderazgos de izquierda responsables y respetuosos de las instituciones. Michelle Bachelet, José Mujica o Ricardo Lagos, con todas las diferencias que puedan suscitar, gobernaron dentro de las reglas de la democracia liberal. Otra cosa es el modelo que, con promesas de redención social, llega al poder usando las reglas democráticas para luego destruirlas desde adentro. La historia reciente de la humanidad ya mostró los resultados. Cuba, por ejemplo, no fracasó por falta de talento o dignidad. Le sobraban médicos, escritores y emprendedores. Fracasó porque un régimen decidió sustituir la iniciativa por dependencia y la esperanza personal por una promesa colectiva administrada desde el poder. En este contexto encontré inspiradora la reciente columna de Camilo Herrera en este mismo espacio editorial. Nos dice el acertado opinador que el comunismo no solo destruye economías, también apaga el alma. Cuando el Estado promete darlo todo, pero a cambio decide qué se puede decir, estudiar o emprender, la persona deja de soñar, deja de ser autora de su vida. Puede que al comienzo reciba algo. Pero luego pierde sus propósitos y ambiciones para luego quedar sin alegría. Este domingo en el puesto de votación no solo estaremos escogiendo un nuevo gobierno. Estaremos decidiendo si nos mueve la búsqueda de nuestros sueños o si se los vamos a entregar a quienes nos engañarán hasta que olvidemos quiénes éramos.
Analista.
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