El alma literaria de Raúl Ruiz...
VIENE DE E 1
No tenía trabajo
VIENE DE E 1
No tenía trabajo. La mayoría de sus contactos en Francia que podían ayudarlo le habían cerrado las puertas después de que estrenara la película "Diálogo de exiliados". Raúl Ruiz había ido demasiado lejos con el humor negro para retratar a la izquierda chilena, que en esos días buscaba un lugar para enfrentar el destierro. Conseguir fondos para hacer películas le era imposible. Corría 1975 y el cineasta estaba en París junto a su esposa, Valeria Sarmiento, que trabajaba en lo que podía: cuidaba niños. Cada noche que ella salía para ser niñera, Ruiz la esperaba en casa y, para compensarla por ganar el pan para los dos, le escribía un cuento. Terminó por los menos 30 relatos que, en algún momento, guardó en una carpeta. Nunca se deshizo de ellos. Por el contrario, a veces los corregía y pocos meses antes de morir, en 2011, anotó en sus diarios que ya era momento de "atacarlos".
Figura del cine contemporáneo a nivel internacional, sin muchas dudas el mayor cineasta chileno, Ruiz (1941-2011) recurría de forma intuitiva a la literatura: no era raro que mientras filmaba una película le escribiera cuentos sobre la trama a sus actores para que se empaparan del tema. Así lo cuenta el poeta Bruno Cuneo, que lleva más de una década trabajando en los textos que dejó el cineasta al fallecer. Acaso su mayor labor fue la que realizó al editar el "Diario" (2017), dos tomos de un poco más de 1.200 páginas que terminaron por confirmar que el cine de Ruiz era solo la parte sobresaliente de un iceberg de una personalidad intelectual y creativa apabullante. Y, por cierto, que aún está lejos de ser descubierta del todo. De hecho, hoy recién se publican esos cuentos de 1975.
Al alero de Ediciones UDP, los cuentos llevan el nombre de "Corazón de carne y hueso", un título escogido por el mismo Ruiz. Son esos relatos que le escribió a Valeria, pero también son algo más: "Una evocación de los años de infancia en Quilpué", como él mismo los caracterizó hacia fines de los 90 en su diario. "Estos cuentos estaban en una carpeta junto a otros cuentos para exiliados. De ese material, tomé el corpus central que tiene que ver con sus años de educación", cuenta Cuneo, que entiende los relatos aún con el ánimo chileno de Ruiz: antes de salir al exilio, todavía escribe siguiendo tradiciones locales. "Raúl conocía muy bien el criollismo, González Vera o Federico Gana, y de alguna forma acá lo que hace es entrar en el tópico del retrato de un pueblo y hacer una perversión de la literatura criollista", añade.
Los cuentos "Corazón de carne y hueso", así como el "Diario", han surgido del enorme legado de papeles, documentos y escritos de Ruiz, hoy al cuidado del Instituto de Arte de la Universidad Católica de Valparaíso, en el llamado Archivo Ruiz-Sarmiento. Ahí también se encuentra material de su esposa, Valeria Sarmiento. Si alguien dudara del valor de ese fondo, quizá una respuesta radica en que ha podido afirmar una idea algo escurridiza sobre el cineasta: Ruiz era un escritor. "Escribo novelas que luego adapto para el cine", decía él con un tono que podía ser el de quien está tomando el pelo. Pero hablaba en serio: en los últimos años la biblioteca del cineasta ha crecido con la publicación de las novelas "El espíritu de la escalera" (2017), "Todas las nubes son relojes" (2025), el volumen de poemas "Duelos y quebrantos" (2019) y la obra teatral "Edipo Hiperbóreo" (2023).
"Raúl estuvo toda su vida rodeado de libros", dice su viuda, Valeria Sarmiento. "Empezó escribiendo teatro y luego estuvo en Concepción en un taller de escritores. En México trabajó escribiendo telenovelas, y de ahí pasó al cine, donde escribía los guiones para sus películas. En la última etapa de su vida coleccionaba primeras ediciones", añade en un correo, sintetizando muy escuetamente la hebra literaria que Ruiz tejió toda su vida. No cuenta que antes que nada, cuando aun era un adolescente, el cineasta quiso ser poeta.
Un poeta entre poetas
Empiezan los 60 y Ruiz lee en voz alta su obra de teatro "A escape". Entre el público están los escritores Augusto Roa Bastos y Mario Benedetti. Está en Concepción, según anotó en su diario recordando una estadía en el sur hasta donde llegó porque se había ganado "la beca más importante a la que podía aspirar un escritor chileno". En la misma entrada, detalla que pasó largas noches de invierno leyendo a Joyce y a Dostoievski. En esos días, Ruiz tiene 19, 20 años, y es parte del Taller de Escritores de la Universidad de Concepción, una instancia decisiva para la literatura chilena de la mitad del siglo XX: Nicomedes Guzmán, Cristián Huneeus, Enrique Lihn, Miguel Arteche, Jorge Teillier, Efraín Barquero y Pedro Lastra estuvieron entre los becarios.
A Concepción, Ruiz llegó escribiendo dramaturgia, una disciplina que iba a desplegar en su primera juventud. Como cuenta el crítico Christian Ramírez, si de rescatar al escritor que late en el cineasta, ese género aún está perdido: "El Ruiz joven es el que menos conocemos. Las obras de teatro que están en el archivo son un montón: por lo menos un par de docenas. Es un material juvenil, pero que precede su trabajo como guionista y cineasta", dice Ramírez. A lo que Bruno Cuneo añade: "Algunos de los postulados esenciales de su poética cinematográfica los tomó del teatro. Rechazar unas formas convencionales de la estructura dramática".
Un poco antes, siendo un quinceañero, detalla Cúneo, se planteó como poeta. "Pero como dice por ahí el mismo Ruiz, en determinado momento se dio cuenta de que hasta un cineasta mal pagado está en mejor condiciones laborales que un Premio Nacional de Literatura", dice Cúneo. Pero Ruiz no solo nunca dejó de escribir poesía, tampoco abandonó ese hábitat: entre sus amigos se contaban los poetas Lihn, Teillier, Armando Uribe o Virgilio Rodríguez. A fines de los 60, solía pasar por la Casa Central de la Universidad de Chile donde buscaba al poeta Waldo Rojas y se iban a algún restaurante. Que se les uniera el novelista Germán Marín era común. En un momento decidieron bautizarse: los tres chanchitos, se pusieron.
"Antes de que nos dijeran nada, optamos por nosotros por ser los chanchos. Nos juntábamos a comer y beber. La verdad es que era una sociabilidad de amigos. Coincidía que también escribíamos", cuenta Rojas desde París, recordando esos días, entre fines de los 60 e inicios de los 70. "Raúl siempre fue un gran lector. Le interesaba toda literatura. Tenía un conocimiento bastante claro de la generación del 68 y especialmente le gustaba Nicanor Parra. No hay dudas de que era un literato, pero no del tipo que anda publicando: vivía en una sociabilidad literaria", añade Rojas.
Ruiz continuó con esa sociabilidad, aunque se sumergió en el cine. El eco literario lo acompañó desde los primeros pasos: en 1970 adaptó un cuento de Kafka en la película "La colonia penal", y tres años después, a Enrique Lafourcade en el clásico "Palomita blanca". Nunca dejó de usar la literatura como base de su trabajo: Llevó al cine "La isla del tesoro" (1968), de Robert Louis Stevenson; "Berenice" (1993), de Jean Racine; "Memoria de apariencias" (1986), de Calderón de la Barca; "Ricardo III" (1985), de Shakespeare, y por supuesto, "El tiempo recobrado", de Marcel Proust. Antes de morir, terminó de filmar "La noche de enfrente", basada en textos de Hernán del Solar, y había escrito un guion inspirado en textos de Alberto Blest Gana.
Un Ruiz privado
Instalado en París, tras salir al exilio después del golpe de Estado de 1973, Ruiz escribe. "Tuvo una pausa por 'Diálogo de exiliados', que a los comunistas les pegó especialmente. Quedó en ostracismo, alejado de cierta parte de la comunidad chilena, por el shock que hubo ante la película. Los camaradas socialistas ya no le podían prestar mucha ayuda", cuenta Christián Ramírez. Y según explica Cuneo, trabaja en cuentos que vienen con un objetivo: relatos para entretener a sus compañeros exiliados, como los que le entrega a Valeria por su trabajo de niñera.
Estos últimos son los que se convierten en "Corazón de carne y hueso", una treintena de relatos que retratan su Quilpué de infancia: profesores, regidores, periodistas, curas, padres y madres, locutores radiales o incluso un aviador de nueve años protagonizan historias que muestran el pulso del pueblo. Son retratos aparentemente naturalistas en los que late un interés constante de Ruiz: atrapar el modo oblicuo del habla chilena. "No solo pretende un retrato de elementos culturales, sino de cómo se habla. Está indagando el habla cotidiana que es un interés de su primer cine. Ruiz se revela como el mayor etnógrafo de la lengua chilena", dice Cuneo. "Escribe en la tradición de la literatura criollista, pero de forma imaginativa. Creo que Raúl tenía una cualidad: no entraba nunca en un género si no era para pervertirlo", añade.
Pero Ruiz no publica esos cuentos. Los escribe a máquina, rapidísimo, sin temor a los errores ortográficos, y los deja en una carpeta que con los años crece y crece. Según Waldo Rojas, que era vecino del cineasta en París, la literatura era una preocupación constante del cineasta y fuente usual de sus conversaciones. "Tenía una gran capacidad lectora. Leía con mucha facilidad y muy rápido, estaba muy al corriente de todo lo que se estaba publicando. Pero yo no tenía conocimiento de sus novelas, tampoco de su diario. Menos de estos cuentos", confidencia.
Solo en la década del 90 empieza a aparecer el Ruiz escritor. O algo parecido: en 1990 publica en "Le livre des disparitions & des tractations", un texto asociado a una instalación artística, y luego "À la recherche de l' Île au trésor", una suerte de segunda parte y parodia de "La isla del tesoro". En 1995 se une a Benoît Peeters y publica "El transpatagónico", un volumen de cuentos en que él solo da las ideas. En una entrevista sobre ese volumen, le dijo a "El Mercurio": "Nunca he dejado de escribir. Con el cine ando siempre apurado por los plazos, pero los libros me permiten el lujo de corregir incesantemente. En Francia me han editado varias novelas y trabajo desde hace años en una serie que llamo 'novelas póstumas', porque no tengo ningún apuro en terminarlas".
A esas alturas, Ruiz ya escribe su diario. Siempre a mano. Computador nunca usó; prefería la máquina de escribir. En 2000 publica "Poética del cine", una obra en que la técnica es reemplazada por una aspiración estética filosófica que, como dice Cuneo, lo revela como "uno de los pocos cineastas que han sido teóricos del cine". Y si bien fue dejando ensayos, crónicas y notas por allá y por acá, antes de morir no publicó su ficción. Tuvo planes, aunque no los alcanzó a concretar. "Pero escribió mucho, mucho, mucho. Y ahora estamos teniendo acceso a un Ruiz más bien privado, porque él no escribió estos cuentos para publicarlos", dice Ramírez.
"La poesía opera ocultando evidencias y volviendo manifiesto lo inasible y escondido", anotaba Ruiz en junio de 1999 en su diario, en un desvío de sus planes para la película "Cofralandes" (2002). También hablaba del arte en general, y acaso también de su escritura: en la picaresca aparentemente liviana de los cuentos de "Corazón de carne y hueso" aparece de pronto la materia de una chilenidad profunda y secreta. Sus novelas, "El espíritu de la escalera" o "Todas las nubes son relojes", son más esquivas, guardan un misterio. Aún falta por ubicar al Ruiz escritor en la historia literaria local, pero habría que integrar ya de una vez por todas que no era solo cineasta: Es medio cliché decirlo así, pero Ruiz tiene algo de renacentista. Fue un artista que es capaz de moverse por todos los ámbitos de la expresión simbólica, y en todos, ser un creador novedoso", dice Cuneo.