Jueves, 25 de Junio de 2026

La democracia cuando se pierde

UruguayEl País, Uruguay 24 de junio de 2026

Hoy lo que le toca al gobierno uruguayo es reconocer con todas las letras que en Colombia ganó quien ganó y que eso se respeta. Esa sería la reacción de una izquierda adulta.

No es golpista solo quien quiere, sino también quien puede. La segunda vuelta colombiana acaba de ofrecer una ilustración perfecta de esto: Gustavo Petro e Iván Cepeda dejaron en claro que lo único que los separa del golpismo es que no pueden darse ese lujo. No les faltó voluntad de desconocer el resultado. Al igual que varios populistas aspirantes a autócratas, de izquierda y derecha, entregan el poder solo porque no tienen los instrumentos para no hacerlo.

Iván Cepeda perdió por menos de un punto, un margen muy estrecho. La diferencia, certificada por la Registraduría, fue de unos 250.000 votos. Hasta ahí, una elección reñida pero con un ganador nítido según todos los observadores y autoridades electorales presentes.

Cepeda dijo una frase y su contraria en el mismo discurso. Primero: que tanto él como su movimiento son demócratas. Reconoció la ventaja "preliminar" de su adversario, pero acto seguido anunció que su campaña impugnaría 33.000 mesas en todo el país, es decir, una de cada cuatro. Reconoció y desconoció el resultado a la vez. La fórmula es más astuta de lo que parece: conserva intacta la coartada democrática mientras vacía de contenido el acto de perder.

El presidente Petro fue más lejos. Sostuvo que no se podía proclamar a nadie presidente, inventó datos en sus cuentas oficiales, denunció injerencia extranjera y convocó a los abogados "demócratas" a marchar en masa a Corferias para dar la "batalla por la democracia" en el escrutinio. El registrador y el procurador general, este último nada sospechoso de simpatías derechistas, certificaron que no hubo un solo hecho que empañara la jornada. No importó. A pesar de que las instituciones dicen que hubo un proceso limpio, Petro y Cepeda ven una conspiración que abarca la Registraduría, los servidores informáticos y a una potencia extranjera.

Ayer en la mañana colombiana terminó de caer la narrativa del fraude. Los datos oficiales de la Registraduría Nacional del Estado Civil muestran que la diferencia entre el preconteo y el escrutinio fue apenas del 0,003 %, reduciendo la ventaja solo en 273 votos.

Lejos de aceptar lo que sus propias exigencias acababan de confirmar, Cepeda elevó las reclamaciones a más de 57.000. Nadie en el oficialismo cree de verdad que ganaron. Lo que se persigue es otra cosa: que De la Espriella gobierne marcado desde el primer día, que su victoria cargue para siempre el asterisco de la "injerencia extranjera". Es la fabricación deliberada de un supuesto gobierno "ilegítimo de origen" para que la mitad del país lo tenga por un presidente espurio.

Esto no es sobre Abelardo de la Espriella, sobre quien aún no hay demasiados elementos para evaluarlo. La cuestión es que ganó una elección limpia y que el resultado debe respetarse. Y es ahí donde el episodio colombiano trae algún elemento para toda la región. Hay en buena parte de la izquierda regional una asimetría que ya no puede disimularse. La democracia es un valor sagrado mientras se gana y "un país partido por la mitad" apenas se pierde. Nadie como el líder regional de la izquierda, Lula da Silva, escenifica mejor esta brutal hipocresía.

El contraste más elocuente está fresco. Cuando Nicolás Maduro robó a la luz del día las elecciones en Venezuela en 2024, buena parte de esa misma izquierda pidió "prudencia", reclamó "esperar las actas" o directamente calló. En Uruguay muchos pedían seguir el camino marcado por Lula y Petro de dar oxígeno y tiempo a ese régimen criminal. En cambio, en Colombia, donde las actas existen, se contaron y confirmaron el resultado, seguimos esperando el reconocimiento de Lula, Pedro Sánchez o Yamandú Orsi.

El patrón ético de la izquierda regional es cada vez más nítido. Son amorosos con las dictaduras de verdad, que asesinan hoy en pleno siglo XXI. Pero al mismo tiempo llaman amenaza a la democracia a cualquier líder conservador que no les guste, sin que haya gobernado un solo día. Hay cosas que son mucho más simples. Hoy lo que le toca al gobierno uruguayo es reconocer con todas las letras que en Colombia ganó quien ganó y que eso se respeta. Esa sería la reacción de una izquierda adulta, de las que aceptan que perder es parte del trato.

Venezuela, Bolivia e incluso España ya nos lo habían mostrado, y Colombia lo confirma: para buena parte de la izquierda, la democracia es descartable cuando estorba. Lo insólito es la dificultad de la izquierda uruguaya para pararse, con claridad, bien lejos de todos estos autócratas y aspirantes a autócratas.
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