Lunes, 29 de Junio de 2026

"Los mayores hemos evolucionado, somos dueños de nuestro destino"

ChileEl Mercurio, Chile 29 de junio de 2026

La dirigenta ariqueña repasa su historia marcada por el exilio, la defensa de los DD.HH. y el reconocimiento del pueblo tribal afrodescendiente chileno al cual pertenece. Una causa que impulsará hasta que las fuerzas la acompañen.

A través de la pantalla no aparenta sus 85 años y medio. Nació en 1940 en Arica y allá continúa viviendo. Comparte su hogar con su marido, aquejado hace tres años con alzhéimer; su hija del medio, Silvana, y su nieto Camilo, hijo de Silvana. Regularmente aparece también su bisnieto, Francisco Aracena, el "Panchito".
Sentada en el comedor de su casa, a su espalda se ve la bandera del movimiento afrodescendiente, una causa que -como integrante de esa comunidad- impulsa desde hace más de 20 años y que mantiene viva a través de distintas organizaciones e iniciativas. Entre ellas, Oro Negro, entidad que fomenta el reconocimiento legal de su pueblo tribal y el Colectivo de Mujeres Afrodescendientes Luanda, que busca defender los derechos de las mujeres negras contra el racismo, el sexismo y la "herencia colonial".
Su infancia transcurrió entre Arica y el fértil Valle de Azapa. Sus abuelos maternos vivían allí y junto a sus dos hermanos -uno mayor y otro menor que ella, ambos ya fallecidos- los visitaban los fines de semana y durante las vacaciones de verano.
Su abuela tenía un restaurante-almacén y, cuando iba a Azapa, Dolly la acompañaba en el negocio. A los 13 años se haría cargo del almacén: "Se los dejé caminando". Se le daba la contabilidad.
En Arica, vivía al frente de una plaza donde se juntaba a jugar y a conversar con sus amigos del barrio, con los que también iba a la playa. "Tuve una infancia feliz", recuerda.
Frente al parque había una capilla donde iban a limpiar los candelabros, a poner las flores y a hacer catecismo, lo que hizo que fuera allegada a la Iglesia Católica.
Su madre era muy trabajadora: cosía en la casa e iba a Tacna a hacer negocios. Fueron ella y su cercanía con la Iglesia las claves que marcaron su carácter y sus valores.
Su padre, de quien su mamá se separó cuando ella tenía 5 años, murió a los 38 como consecuencia de una tuberculosis.
Terminó la enseñanza básica, pero no la media porque su mamá no le dejó seguir sus estudios en un colegio comercial, como ella quería. En cambio, la mandó a un liceo coeducacional, que creía "más adecuado para señoritas". Pero Dolly se sintió terriblemente mal y lo abandonó porque pasaba enferma. Con sus estudios incompletos, apenas tuvo una oportunidad, se fue a Antofagasta para hacer un curso de comercio y contabilidad que terminó rápido, en solo 10 meses.
"Me gustan las matemáticas. Cuando egresé como contadora conversé con el director del instituto para proponerle enseñar. Confirmó que me encontraba capaz, me dio un fondo y materiales, mandé a hacer mesas y bancas, acondicioné una sala y partimos".
No sopesó entonces la carga de la tarea. Con 20 años cumplidos, había tomado alumnos de mañana, tarde y noche, a quienes debía guiar en sus proyectos de contabilidad, "de acuerdo a una pauta de antecedentes del negocio hasta llegar al inventario". Al año ya no daba más: "Me reventé". Volvió a Arica dejando su proyecto en manos de otros.
En su ciudad natal, conoció a un sacerdote que le ofreció trabajar en el Instituto Popular Santa Cruz, un establecimiento para adultos. Enseñó contabilidad, caligrafía, redacción comercial y aritmética. Así conoció a su marido, Pedro Durán, estudiante del instituto. Con él se casó a los 23 años y formó una familia de tres hijos, dos hombres y una mujer -un cuarto hijo murió al nacer y tuvo una pérdida-, seis nietos y su bisnieto de 18 años.
Familia separada y reunida
Dolly tenía 62 años cuando se interesó por sus raíces afrodescendientes: "Sí, un poco tarde. Aunque en un comienzo tenía harta participación social: en 1970 fundé el Centro de Madres 21 de mayo, pero después del golpe de Estado lo tuvimos que cerrar. Allí ocupaba un cargo directivo y mi marido era dirigente deportivo y militante del PC. Optamos por irnos con nuestra familia al exilio, porque estaban persiguiendo a todos y era mucho el riesgo. Ya lo habían amenazado y con tres niños chicos quedarse en el país no era opción".
Se exiliaron por tres años en Lima, Perú, y luego por siete en París, Francia. Su marido, sin embargo, nunca aceptó el exilio ni el tener que adaptarse a un nuevo país.
En París, sus hijos aprendieron francés y terminaron el colegio. Dolly hizo un curso de contabilidad, mientras limpiaba casas para subsistir. No lo pudo completar porque le ganó el idioma: "Leí algunas novelas, pero me costaba hablarlo y escribirlo".
A Chile volvieron porque sus hijos -entonces de 16, 17 y 18 años- se lo pidieron. "Siempre les hablábamos de Chile y en la casa teníamos la bandera ", recuerda.
Richard, Pedro y Silvana regresaron a Chile en 1983, solos, ya que ella y su marido tenían prohibición de entrar al país. "Nos arriesgamos porque nuestra familia estaba en Chile y teníamos la casa en Arica, a la que llegaron a vivir con unos tíos. Crecieron mucho".
-¿Fue muy duro separarse de ellos?
"Mucho. Yo iba seguido a la embajada para que me dejaran volver, mi marido igual. Esto, pese a que en ese tiempo yo de política no tenía nada. Gracias a gestiones del cónsul de la época regresamos el 13 de enero de 1984".
A su llegada, se hizo cargo de su casa y se integró al Movimiento por los Derechos de la Mujer (Modemu), creado en 1983 en Arica. La agrupación se preocupaba por el bienestar de los presos políticos de la época y abogaba por su liberación. En paralelo, preparaba dulces y tortas con su marido para tener ingresos.
En 1986, ella, su esposo y sus hijos Richardy Silvana fueron detenidos. "A mi marido lo apresaron el 1° de mayo, tratando de contener a un grupo de mujeres que estaban en una protesta. Al mes llegó Carabineros a nuestra casa en un control de rutina encontrando los pasaportes de nuestros hijos con el registro de estadías en países como Francia, Suecia y Dinamarca, lo que les llamó la atención. Mi marido estuvo preso casi dos meses y mi hijo, casi tres. Mi otro hijo se salvó porque estaba haciendo el Servicio Militar", relata.
Aunque terminaron siendo liberados, la situación traumó a su hijo, que decidió irse a vivir a Francia con su polola. Allá formó una familia con tres hijos, hoy profesionales. Su hijo menor Pedro se fue junto con él y también armó familia allá. Regresó en los 90 con su señora y dos hijos. Silvana, que se había ido a Lima, no quiso un segundo exilio y volvió a Arica para vivir con sus padres.
En 1988, para el Plebiscito, fue abuela. Silvana tuvo a su hijo Camilo, quien hoy es padre de su bisnieto "Panchito": "Esto nos dio la posibilidad de sufrir menos por la ausencia de nuestros otros dos hijos".
En 1990, echó a andar nuevamente el Centro de Madres, el cual el pasado 21 de mayo cumplió 56 años de existencia. "Soy la única de las fundadoras que queda viva", señala.
Raíces, reconocimiento y futuro
A los 65 años, Dolly decidió terminar el colegio que había dejado inconcluso y a los 68 -gracias a una Beca Valech- estudió Gastronomía Internacional en Inacap. No se tituló porque, dice, no le gusta que la manden. Tampoco ayudó que no tuviera oído para el inglés, prerrequisito del ramo de Hotelería que formaba parte de la malla.
Sin título, pero con los conocimientos, siguió cultivando su gusto por la cocina. Prepara varios platos típicos afro, afición que hoy combina con su participación junto al pueblo tribal afrodescendiente: "Cuando escuché los tambores en la página web de Oro Negro me sentí afro, busqué a la organización y nunca más me fui". Cuenta que bailó en desfiles, se vistió con la ropa típica para los carnavales, cargó pancartas y expuso "manualidades con mis muñecas negras".
En Luanda, en tanto, se preocupa de investigar sobre las raíces afro y ha participado en libros como "Tenencia de tierras y despojo: el territorio afrodescendiente en el extremo norte de Chile". Una materia en la que tiene experiencia, ya que hace algunos años su familia se enteró por la Tesorería de la existencia de 10 hectáreas de terrenos comprados en tiempos de su bisabuelo paterno, Cipriano Ciña, y de su abuelo, Jesús Ciña. El problema, dice, es que estos fueron vendidos a exmilitares, pese a existir un testamento y títulos de dominio de por medio. "El Estado confiscó esos terrenos que son nuestros. Las injusticias son ancestrales", reclama.
El 16 de abril de 2019, la cruzada de Luanda dio sus frutos. Ese día, "gracias al trabajo de su precursora, Sonia Salgado, de su hermana, Marta, de Milene Molina y otros dirigentes", se aprobó la ley 21.151 que los reconoce como pueblo tribal afrodescendiente chileno. La OIT, por su parte, los incorporó junto con los pueblos indígenas. "En los discursos se reconoció lo que Chile le debe al pueblo afrodescendiente. En Arica hemos sido la fuerza de trabajo. Incluso, en los años de la guerra de la independencia, combatió un batallón de negros", apunta la dirigente, reconocida por Conecta Mayor UC, "El Mercurio" y la UC entre los 100 Líderes Mayores 2025.
Ahora su lucha es por la participación política social de los afrodescendientes: "Entre 1963 y 1969 tuvimos un regidor negro, Humberto Palza Corvacho, que luego fue senador de 1990 a 1994. A ellos se suman seremis y una delegada presidencial, Camila Rivera. Esto es lo que tenemos que promover para que tengamos alcaldes, concejales y gobernadores afrodescendientes".
También aspira a tener este año el reglamento de la ley para las 174.900 personas que se identifican como afrodescendientes en Chile, según el Censo, el 0,94% de la población nacional. "Sin este reglamento no podemos reivindicar o exigir nada y lo necesitamos para levantar políticas públicas", dice.
Por eso, como el Estado no lo ha presentado, aunque le correspondía hacerlo, tomaron la iniciativa y en estos meses quieren aplicar una encuesta de caracterización del pueblo afrodescendiente: "Para fundamentar el reglamento hay que presentar datos duros".
-¿Qué la sigue motivando?
"Atender la casa, salir a comprar, ir al banco. Me gusta mantenerme activa. Me siento bien sabiendo que puedo hacer las cosas en mi casa, que puedo salir y que todavía razono, pienso y leo".
-¿Cómo se lleva con internet?
"Bien, lo primero que hice fue un blog. Cuando nació mi bisnieto me entusiasmé y empecé a escribir. Lo alimenté hasta hace unos 15 años".
-¿Cree que en Chile se valora lo suficiente a la tercera edad?
"Creo que ha empezado a valorarse y los mayores también hemos evolucionado. Somos dueños de nuestro destino".
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