Domingo, 05 de Julio de 2026

Renacido

ChileEl Mercurio, Chile 4 de julio de 2026

El escritor, autor de Natalia , novela que en los años noventa fue considerada de culto y hace poco volvió a ser reeditada, ha pasado dos años muy intensos, luego de conocer que tenía un cáncer avanzado, que lo tuvo entrando y saliendo de hospitales y lo hizo perder 20 kilos. Hace poco supo que está sano. "Me di cuenta de las humillantes ganas que tenía de vivir", afirma.

-Solo ahora , recién saliendo de dos años y medio de un cáncer linfático grado 4, entendí algo que dicen los budistas: es en el sufrimiento donde uno aprende de verdad. Es terrible, pero solo en la mayor angustia y el miedo a la muerte uno comprende ciertas cosas. Puedo decir, sin dramatismo, que ni en los momentos más terribles de la enfermedad perdí un cierto temple, un cierto buen humor.
Pablo Azócar, 67 años, escritor y periodista, es autor de varios libros, entre ellos, Vivir no es nada nuevo , La nostalgia es un oficio solitario y Natalia -que lo lanzó en 1990 y acaba de ser relanzada por Ediciones UDP-. Esa novela cuenta la historia de amor entre el protagonistas y dos amigas, está llena de desenfreno y poliamor y fue la que lo lanzó a la fama. Hoy, con ese mismo estilo que lo hizo no ir al lanzamiento de ese libro, habla de una enfermedad que en algún momento lo tuvo agonizando, entrando y saliendo de hospitales, clínicas y salas de espera. Una enfermedad de la que ya está recuperado.
-No hay manera de evitar los lugares comunes cuando uno habla de estas cosas, pero hoy siento como si estuviera instalado en el kilómetro cero de un camino que no sé adónde me va a llevar.
Se queda en silencio y luego dice:
-Antes de esto yo creía no tenerle miedo a la muerte, había conocido el sufrimiento de ver morir personas que quería mucho, pero la muerte no era algo que hubiera metabolizado. Ahora tengo más conciencia de la fragilidad, lo efímero de todo. Lo esencial es el día de hoy. No sabemos si hay mañana.
-A inicios de este año se reeditó Natalia , cuando aún estaba en quimioterapia. Antes, no había querido hacerlo. ¿Por qué aceptó ahora?
-Andrés Braithwaite, amigo y probablemente el mejor editor literario chileno, me convenció con varios argumentos. Primero, que yo parecía estar a punto de morir. Segundo, que la iba a curar él mismo. Y con su intervención sutil, la novela no cambió, pero quedó mejor. Gracias a él, es la primera novela mía que me gusta.
Se detiene, toma su café, se queja de cuánto echa de menos encender un cigarrillo y luego dice:
-Antes de Natalia yo había viajado casi sin parar durante diez años. Y justo cuando se iba a publicar Natalia salí huyendo aterrorizado y me fui a Lisboa. Volví a Chile seis o siete años después, y descubrí que había desaparecido de las librerías, pero se la pasaban de mano en mano. Se había convertido en una novela "de culto", término que la persigue hasta hoy. Muchos me hablan de ella como si fuera lo único que he escrito, y a lo mejor tienen razón. Quizá soy como el Gitano Rodríguez, que escribió decenas de canciones, pero lo recuerdan por una sobre Valparaíso que tiene ese verso genial: "Porque no nací pobre y siempre tuve / un miedo inconcebible a la pobreza".
-¿Por qué no le gustan los libros que escribe?
-Creo que los escritores conviven con una cierta percepción de fracaso porque en algún momento se dan cuenta de que nunca van a escribir como los autores que aman. Desconfío de quienes hablan con entusiasmo de sus propios libros. Ni Borges ni Onetti ni Kafka se expresaron así sobre sus propias obras.
Cuenta que las correcciones con el editor de la UDP las hicieron contra reloj porque tenían que internarlo: había tenido un episodio complejo, porque le habían dicho que con ese cáncer si tenía fiebre debía ir de inmediato a la clínica, pero él esperó dos días "porque era fin de semana", dice. Cuando llegó a la urgencia, le dijeron que, si hubiera llegado una o dos horas más tarde, estaría muerto. El diagnóstico fue neutropenia febril.
Durante ese período, en medio de las quimios, no solo participó en la edición de su libro y de otro de crónicas literarias, La nostalgia es un oficio solitario (Ediciones Carbón), sino que continuó haciendo talleres literarios online , incluso cuando estaba en la UTI.
-¿Los doctores no opinaban que era contraproducente seguir trabajando así?
-La doctora tratante me decía que estaba bien que siguiera trabajando si podía hacerlo. Llegué a bajar más de veinte kilos, pero en el hospital seguí rodeado de libros y hacía mis talleres y clases.
Pero cuando se agravó no pudo continuar con sus clases de Literatura en la Universidad Adolfo Ibáñez. "Lo lamenté, porque después de los 50 años descubrí que tenía vocación pedagógica. Disfruto conversar con los alumnos, aprendo de ellos. Salgo vitalizado de las clases".
Pablo Azócar nació arriba de un tren: sus padres vivían en Chillán y viajaron con antelación a Santiago para el parto, pero nació sietemesino, cuando el tren iba por San Fernando. Muchas veces se preguntó si aquello tuvo relación con que, un par de décadas más tarde, se dedicara a recorrer "con obsesión" Europa en tren.
Hijo de un papá vendedor de electrodomésticos y una mamá secretaria bilingüe, tercero de cinco hermanos, cuenta que su niñez y adolescencia no fueron felices.
-De aquellas depresiones profundas pude salir, en parte, cuando descubrí la literatura en la universidad, !había muchas otras vidas aparte de mi pequeña existencia¡, y más tarde a través de una terapeuta. Tuve un padre melómano y divertido, pero autoritario y que yo viví un poco como el padre de Kafka. Nos exigía cosas imposibles de alcanzar.
Él y sus hermanos fueron la primera generación de profesionales en la familia, todos con profesiones tradicionales como médicos, ingenieros, menos él que quería estudiar Literatura. Su padre no lo dejó. Finalmente negoció Periodismo.
-Cuando niño yo podía estar en mi cama leyendo una historieta o una revista de fútbol y entraba mi papá a la pieza y decía "ya está el ocioso". Para él eso era pérdida de tiempo. Mis hermanos hasta hoy hacen el chiste diciendo "Pablo no trabaja".
Lo que sí aprobó su padre fueron sus estudios de música. "Yo tocaba la flauta traversa y componía música, parece que era bueno", dice.
-El problema es que mi padre me podía obligar a practicar escalas musicales un domingo entero, mientras él leía el diario, y si yo me detenía pegaba un grito desde el living . Por la ventana veía a mis amigos yendo a jugar a la pelota y me parecía injusto no poder ir con ellos. Lo que más amaba era el fútbol. A los 13 años me rebelé: Le dije que odiaba la música. Pasó mucho tiempo sin hablarme.
Estudiando Periodismo en su último año pidió terminar la carrera anticipadamente. Quería irse de Chile. Entonces escribía en la revista Hoy y su padre quería que hiciera carrera acá o un posgrado. "Yo solo quería viajar como poeta, tenía una visión romanticona de la figura del poeta. Mi padre, claro, no me habló todo el último año. Después nos empezamos a reconciliar por carta, ahí nos abrimos de otra manera y empezamos a perdonarnos mutuamente.
Justo cuando se estaban reencontrando, en Bruselas recibió por telegrama la noticia de que su padre había muerto en un accidente de avión. En IRT lo habían premiado como el mejor vendedor del año y el premio era un viaje a La Serena. Nunca antes había volado.
-Mi terapeuta dice que ese es un hecho capital de mi vida, no haber podido hablar de grande con él.
Pablo Azócar se pasó alrededor de 15 años viajando.
-Yo era muy ingenuo. Pensaba que París iba a ser como la Belle Époque de fines del XIX. Quise aprender francés, el idioma de la poesía. No fue fácil: yo era muy tartamudo.
Cuenta que nunca leyó tanto como en esos años y creía que el mundo era tal como lo describían los libros que leía.
-De hecho, el personaje reventado de Natalia yo nunca lo había vivido. A causa de ese libro algunos creían que yo había vivido con dos mujeres. Pero era pura fantasía.
Durante esos años trabajó en cualquier cosa: ayudante en una librería, lavador de platos, limpiador de pollo.
-Era un trabajo en negro. Los pollos estaban medio congelados y uno tenía que sacarles los interiores. Terminaba con los dedos rotos.
A los tres o cuatro años de deambular sin rumbo definido, entre trenes y trabajos fugaces, se cansó de la pobreza. Y se puso a trabajar como periodista para la agencia Inter Press Service, en Roma, en París, en Lisboa, en Madrid. Cuando volvía a Chile trabajaba, en sus visitas, en la revista Apsi. Volvió finalmente a mediados de los noventa porque, dice, quería ver cómo era Chile en democracia.
Había vuelto emparejado con una italiana, y cuando esa relación se acabó entró en un período autodestructivo que duró varios años.
-Quedé deshecho de tristeza con el desamor, no salí de la cama durante un buen tiempo e intenté vivir más o menos patéticamente el personaje de Natalia . Me puse adolescente como a los 40. Tenía un taller literario a las siete de la tarde y me levantaba media hora antes. Cambiaba de pareja permanentemente. Fue el peor período de mi vida. Andaba lleno de pensamientos suicidas. Las relaciones "abiertas" siempre acaban siendo un desastre.
Vuelve a quedarse en silencio y a lamentar que, si no fuera por el cáncer, estaría fumando, porque aprendió a conversar fumando.
-Fue una época decadente, terrible. Bebía mucho y andaba perdido.
Pablo Azócar mira ese momento con "la crudeza que da la distancia".
-He cometido un montón de errores, pero en esa época se concentró la mayoría. Todo lo hacía mal.
El punto de quiebre vino cuando ya tenía 50 años, fue padre y comenzó una terapia que lo acompaña hasta hoy.
-Yo había tomado la decisión definitiva de no ser padre, pero mi hija Isidora apareció de pronto y todo cambió brutalmente. Tuve por fin un eje y por primera vez algunas cosas empezaban a tener sentido.
Con su hija, cuenta, tuvo una razón para quedarse definitivamente en Chile, algo que no había sentido antes, cuando iba de país en país.
-¿Por qué tenía necesidad de partir?
-Era, supongo, la insuficiencia propia de la vida. Estaba todo el tiempo en una búsqueda de algo. Como diría Milan Kundera: la vida estaba siempre en otra parte. Me desplazaba buscando intensidades.
-¿Qué descubrió de usted siendo padre?
-No se puede hablar de estas cosas sin que suene a revista de peluquería, pero descubrí aspectos míos que desconocía. Que tu vida no se reduzca a ti, sino que está ahí, fuera de ti, en otro ser. Descubrir eso es impresionante. Isidora tenía 20 años cuando empezó mi cáncer y ahora tiene 23, y fue la primera razón por la que no tenía derecho a morirme.
Se para y abre los ventanales de su departamento para que entre el aire, luego vuelve al bergère y dice:
-Con la aparición de mi hija descubrí partes de mí muy profundas. Un tipo de amor de un espesor, no digo que mejor ni peor, pero radicalmente diferente a los amores de otra naturaleza.
Se quedó definitivamente en Chile, dice, porque con su hija no quería perder la cotidianidad. Y con ella descubrió la estructura de la vida: isapre, seguro de salud, colegio, esas cosas.
Pablo Azócar tose. Tiene una gripe que no se va desde hace un par de meses. Cuenta que una doctora le anticipó que eso podría suceder: después de tantas sesiones de quimio y de inmunoterapia, las defensas quedan resentidas.
-Siempre fui una persona sana, pero sucedió esto y qué se puede hacer. Las cosas suceden. Punto.
Cuando por primera vez se dio cuenta de que algo le pasaba, habló con su hermano Gonzalo, quien es médico. Él no le dijo nada, pero lo derivó a un oncólogo, quien le pidió muchos exámenes. Nadie le daba un diagnóstico, pero él sospechaba. Hasta que llegó donde una radióloga.
-Era una doctora muy seria. Le pregunté si tenía más probabilidades de morirme o de seguir viviendo. Para mi sorpresa, respondió: "Tiene más probabilidades de morir que de vivir".
Al salir, se apoyó en la pared, cayó al suelo y lloró.
-Entonces me di cuenta de las humillantes ganas que tenía de vivir. !Quería vivir, cómo quería vivir¡
Lo que vino después fue diferente. "Durante la enfermedad, me convertí en un tipo impasible, sin ansiedad. Los griegos tienen una expresión, ataraxia , que es la imperturbabilidad frente a los acontecimientos que a todos nos esperan en algún momento de la vida", explica.
Hace unas semanas le dijeron que el cáncer había desaparecido.
-¿Qué le dejó todo este episodio?
-Los asombrosos reencuentros con amigos que no veía hacía años y aparecieron para llevarme al centro médico, en silla de ruedas si era necesario, o hacían cosas tan maravillosas y cotidianas como cocinar para mí. !Nunca comí tan bien en mi vida¡
Para él fue una de las cosas más impactantes porque dice que "es una especie de energía amorosa que aparece de pronto".
-Sucedió también un reencuentro impresionante con mis hermanos, que se portaron como unos ángeles. Nuestra relación hoy es radicalmente distinta a lo que fue antes de mi enfermedad.
-¿Cómo se siente ahora?
-Estoy en esta especie de extraña comparecencia, me siento sano, estoy en el mundo de los vivos y no de los muertos.
-¿Se terminaron ya las restricciones?
-No, porque me encanta fumar y no puedo hacerlo. Y debo evitar las azúcares. Pero de tanto en tanto me permito como un lujo un cigarrillo, un whisky o una copa de vino al final del día. Lo hago con plena conciencia, porque no sé cuánto me queda. Dicen que este cáncer tiene una sobrevida como de cinco años.
Pablo Azócar se para, cierra el ventanal y dice:
-Sé que puede volver y debo vivir con eso.
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