Viernes, 10 de Julio de 2026

Comparaciones odiosas

UruguayEl País, Uruguay 10 de julio de 2026

De un lado está la ilusión de un dirigismo estatal, promotor de burocracia y clientelismo. Del otro, una cultura que coloque al Estado como promotor de la actividad privada, en lugar de obstaculizarla.

La cadena de desaciertos del actual mandatario Yamandú Orsi-algunos tan insólitos que dan vergüenza ajena- sumada al rumbo errático de un gobierno que no contenta ni a amigos ni a adversarios, realzan por contraste la figura del gobierno anterior de la Coalición Republicana.

No hace falta recordar que en su gestión, el entonces presidente Luis Lacalle Pou capeó la tormenta de la pandemia con mano firme, innovando en el contexto global a través de un concepto que ya debería estar unido a su marca personal, el de la libertad responsable.

También es sabido que, a pesar del grave impacto económico y social provocado por el covid -del que a algunos países aún les cuesta salir- la gestión de Lacalle y la Coalición Republicana culminó con indicadores mejores a los recibidos en marzo de 2020.

Por eso no dudamos en afirmar que, para muchos uruguayos, la noticia más importante de los últimos días no fue la de las insignificantes deudas del actual presidente, sino el anuncio de que Lacalle Pou cerrará el acto celebratorio del 190° aniversario del Partido Nacional, a realizarse el próximo 9 de agosto.

Es importante porque modifica una actitud autoimpuesta por el expresidente, la de no realizar apariciones públicas para emitir opiniones de coyuntura.

Estratégicamente, esa ha sido una decisión correcta: la aparición en los medios con mensajes confrontativos genera un inevitable desgaste y aún falta un buen trecho para zambullirse en la contienda electoral.

Incluso puede advertirse que el alejamiento de la agenda cotidiana ayuda a Lacalle a tomar distancia de lo urgente para concentrarse en lo importante.

Sin embargo, el rocambolesco comportamiento del oficialismo genera una desazón creciente en la ciudadanía, que entre otros efectos se traduce en un menoscabo del clima de inversión y de la confianza generalizada en las instituciones.

Se empeñan en aclarar que la situación es de prosperidad, pero la agenda se les va de la mano todos los días por imprevisiones propias casi ridículas.

Es debido a ese riesgo creciente que se hace cada vez más necesaria la comparecencia del expresidente, para emitir mensajes de certidumbre que recuperen la credibilidad, si no en el presente, al menos en un futuro mediato.

Obviamente, el contenido del discurso de Lacalle Pou el próximo 9 de agosto no será el de un comentario de coyuntura: debe hablar por todo lo alto de los grandes desafíos que aguardan al país, promover una meta de prosperidad y justicia social que la gente no percibe en el presente, pero que el expresidente puede garantizar con los resultados de su anterior gestión.

Con su ironía habitual, así lo ha expresado el senador Sebastián Da Silva al semanario Búsqueda: "Espero el discurso de un protagonista de la historia y no el de un coyunturista. Para la coyuntura está la perrada, que somos nosotros".

El liderazgo consolidado de Lacalle Pou es también una oportunidad única de avanzar en la acumulación política para lograr los cambios que el país pide a gritos: más libertad para emprender, cierre de empresas estatales deficitarias, volver a desgravar progresivamente los ingresos, mejorar el Fonasa, erradicar el proselitismo de los medios públicos, retomar el rumbo en materia de seguridad pública, solucionar de una vez el drama de la gente en situación de calle, y un etcétera tan largo como la lista de debilidades del actual gobierno.

Ya no se trata de un mero debate de tácticas políticas. Es un enfrentamiento ideológico y cultural.

De un lado está la ilusión de un dirigismo estatal, promotor de burocracia pública y clientelismo, que presta más atención a las demandas particulares del sindicalismo que a las verdaderas necesidades del ciudadano de a pie. Y del otro lado, una nueva cultura de austeridad republicana, que coloque al Estado en el rol de promotor de la actividad privada, en lugar de obstaculizarla. Que confíe en la inteligencia de la gente en vez de pretender llevarla de la nariz con regulaciones innecesarias. Que haga más y se excuse menos, en suma.

Por eso lo del 9 de agosto será tan importante. Deberá trascender el mero posicionamiento electoral de Lacalle Pou y de la Coalición Republicana. Tendrá la oportunidad de conectar directamente con el desasosiego de una ciudadanía harta de la improvisación, que espera certezas del sistema político con las que recuperar su confianza en las instituciones.

Nada más y nada menos.
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