¿Hay para festejar?
EEUU es un país descollante en muchos sentidos, pero eso no puede tapar algunos problemas muy serios.
El pasado 4 de Julio los EEUU celebraron sus 250 años de historia. No es poca cosa y, como era de esperarse, hubo terribles festejos.
Cumplida la fecha, cabe preguntarse qué hay realmente para festejar.
Trump hizo una enumeración con su característica humildad y objetividad:
"La república más antigua. el pueblo más libre de la tierra. el país más fuerte y más poderoso del planeta. el más exitoso y más logrado. la nación más excepcional que jamás haya existido. prosperidad nunca antes alcanzada. etc., etc.". Y remató: . "ningún otro país ha hecho tanto bien al mundo como los EEUU". "La más extraordinaria república que haya existido".
En fin.
Más allá de la soberbia de Trump, es evidente que los EEUU es un país descollante en muchos sentidos, pero eso no puede tapar algunos problemas muy serios que se están dando en esa nación, afectando a sus ciudadanos, pero también al resto del mundo. Problemas que, en su mayoría son atribuibles al Sr. Trump, quien ha fogoneado viejos defectos de la sociedad americana e introducido otros nuevos, deteriorando la calidad de vida dentro y fuera del país.
Comenzando por la severa erosión al estado de derecho.
Desde hace algunas décadas, hay en los EEUU una cultura autoritaria que se experimenta no más topar alguna autoridad: migratoria, aduanas, policía, etc. Y también es cierto que el esquema constitucional americano, más allá de los famosos checks and balances entre poderes, es de contornos no muy preciso, permitiendo el avance de un poder sobre los otros.
En una época se hablaba de la dictadura de los jueces, más cercano en el tiempo lo característico eran los intentos del Ejecutivo por ocupar espacios de poder.
Esto, con Trump, ha llegado a niveles alarmantes. Desconoce al Congreso, critica y presiona a los jueces (aparte de nombrar a sus abogados para cargos en la judicatura), acusa descabelladamente al presidente de la Reserva Federal, amenaza a estudios jurídicos que actuaron contra sus intereses, envía tropas a ciudades pasando por encima de alcaldes y gobernadores, detiene a personas por presuntas irregularidades documentales, interviene en decisiones internas de universidades, pretende obligar al director del museo Smithsonian a cambiar su visión de la historia.. etc. Todo eso, al tiempo en que hace enormes ganancias, para sí y para su entorno, con negocios facilitados por su situación de poder.
Esa realidad interna se complementa con un cuadro externo alarmante: amenaza a Panamá por el canal, aspiraciones predatorias sobre Groenlandia, menosprecio por sus aliados (Europa, pero también Canadá), abandono de la Otan, muerte violenta a presuntos traficantes, invasión a Venezuela y secuestro de Maduro y Sra., guerra contra Irán, apoyo a Israel en sus guerras, apriete y amenazas a Cuba, insultos a presidentes y primeros ministros, de todos los pelos. todo regado por una política exterior comercial que viola todas las normas y tratados, desde la OMC para adelante, sin otro criterio que el humor del presidente.
No puede extrañar que, si falta convicción y respeto por el estado de derecho interno, se desprecie el orden jurídico internacional (y sus instituciones de gobernanza). En palabras del Secretario de Estado, Marco Rubio: "El orden global creado en la post guerra, está obsoleto."
¿Cuá será entonces el nuevo orden jurídico internacional? Lo que equivale a preguntarse, ¿a qué estamos expuestos?
Está claro que la Pax Americana, fue.
Si bien con renuncias de tanto en tanto y no exento de un cierto grado de hipocresía (se llama "diplomacia"), los Estados Unidos tenían una política exterior positiva. Lo que llamaban "soft power" y "making the world safe for Democracy". Eso no tiene adeptos en la administración Trump. Estados Unidos ha pasado de invertir (recursos y también prestigio) en un mundo pacífico, a buscar, descarnadamente, el poder y no sólo político, también económico. Sin miramientos, ni para con las reglas del fútbol.
Qué lejos estamos de aquel memorable discurso de John Kennedy: ".we will pay any price, bear any burden, meet any hardship. in order to assure the survival and the success of liberty."
Aún con sus renuncias y sus hipocresías, aquel régimen reconocía la vigencia de valores y principios y daba un grado de certeza.
La visión trumpista no sólo vuelca enormes incertezas a las relaciones internacionales, sino que ni siquiera alcanza la seguridad al pretendido hegemon. Como se esta viendo en Irán (y las películas de Venezuela y Gaza, todavía no terminaron).
No hay tanto para festejar.