Diario de un rescatista en Venezuela
Una semana estuvo en La Guaira, la zona más afectada tras el doble terremoto que azotó Venezuela. Pedro Krauss, médico veterinario y bombero desde hace 21 años, viajó como rescatista junto al Grupo de Rescate Animal de Belo Horizonte. En su estadía rescataron 7 cuerpos humanos, 34 animales y colaboró en el rescate de una persona viva. "Cuando llegas allá y ves todo en el piso, la gente, el olor, el grado a descomposición, no hay palabras que te permitan describir".
Viernes 26 de junio
Casi 48 horas habían pasado desde que un doble terremoto había azotado Caracas. En Santiago, Pedro Krauss, 39 años, veterinario, bombero hace más de 21, con magíster en Gestión de Riesgos y Desastres en la Academia de Guerra del Ejército, seguía de cerca las noticias de lo que había ocurrido, mientras terminaba de subir las notas de sus alumnos de Veterinaria en la Universidad Mayor.
Una de sus fuentes de información era la Asociación Latinoamericana de Emergencias y Desastres para Animales (Aleyda), a la cual pertenece, y con quienes había participado el jueves de un conversatorio con veterinarios venezolanos.
En Chile, Pedro ya había colaborado como rescatista en varias emergencias. En 2010 fue voluntario en el terremoto. En 2014, en el megaincendio de Valparaíso estuvo días combatiendo el fuego y luego en el Hospital Veterinario de Campaña. En 2017, asistió en los megaincendios forestales de la zona centro-sur. En Santiago, en 2019, le tocó apagar barricadas y enfrentamientos en el estallido, como oficial de mando de una bomba cerca de Plaza Italia.
Pero nunca le había tocado ir a una emergencia internacional.
-Obviamente, ya algo se olfateaba, por decirlo, de que podía partir, me habían preguntado un par de cosas, si tenía mi pasaporte, si estaba vacunado... -cuenta Pedro, quien empezó a armar una lista de remedios para llevar y ordenó su ropa en caso de que lo llamaran.
A las cuatro de la tarde de ese viernes le llegó el pasaje en avión, que salía la madrugada del día siguiente hacia Venezuela. Partiría en representación de Aleyda para trabajar como rescatista en el Grupo de Rescate Animal de Belo Horizonte (GRABH), en La Guaira, la zona más afectada por el terremoto.
-"Uf, esto va", pensé... Hay una sensación de satisfacción, porque te seleccionan para ir, pero viene también el sentido de responsabilidad y el querer estar a la altura.
Sábado 27 de junio
En Venezuela aterrizó el sábado por la tarde. Antes hizo escala en Bogotá, donde se reunió con el resto del equipo del GRABH, la mayoría brasileños, para tomar luego un avión a la ciudad de Valencia.
-Aterrizamos, nos firmaron el pasaporte y nos sacaron fotos por adelante, por atrás, de arriba, de abajo, fotos del equipaje, de todo. Si bien se entiende que son políticas, pero estábamos entrando en un país que no es el usual -cuenta Pedro.
Un furgón los trasladó a Caracas, donde pararon en una bomba de bencina, cuando anochecía.
-En Caracas, de lo que pude ver, si es que tú no me dices que hubo un terremoto, no tendría ni idea. La bomba estaba llena de gente, todos comiendo. Entraban y salían. Mucha gente en moto, se estacionaban...
A La Guaira llegaron a las 09:00 de la noche. No había luz en toda la ciudad. Podían ver solo gracias a las luces de su auto y unos focos que llevaban. Tampoco funcionaba el roaming que había contratado antes de viajar y la antena de Starlink que llevaban en el auto tenía señal intermitente.
-Pero nos fuimos a trabajar, hasta las siete de la mañana.
Con la oscuridad, dice Pedro, no era fácil dimensionar los derrumbes y la destrucción.
-Teníamos información de que en equis lado había personas o perros vivos, pero era información tardía, y cuando llegábamos, ya los habían sacado.
En esa búsqueda de querer aportar, dieron con un edificio de 18 pisos al que había llegado poca ayuda. Eran cerca de las once de la noche, la mitad del edificio se había caído hacia un barranco y lo que había quedado estaba un piso sobre otro: el piso 10 sobre el 9, el 9 sobre el 8, el 8 sobre el 7. Por temas de seguridad, explica, no entraron, pero trabajaron en la ruma de escombros que lo rodeaba, donde se encontraron con un hombre que buscaba a su papá, a su mamá y a su sobrina.
-Aparecen escombros que de alguna manera te permiten identificar lo que eran. Como el color de una baldosa, los familiares decían "esa es la baldosa del baño", "esa es la lámpara que estaba colgada", "esta era la sábana que estaba puesta". Y así empiezan a aparecer indicadores. Encontramos una billetera o los típicos papeles que uno guarda en el cajón.
Sin embargo, había un indicador mayor que los guiaba por dónde buscar: el olor a descomposición.
-Cuando encontramos el cuerpo del papá estaba con un grado de descomposición un poquitito avanzado, considerando la cantidad de días que habían pasado y el clima, la humedad -explica Pedro y luego agrega: -Lo que sí fue heavy es que nos dicen "este es el 61". Preguntamos, ¿61 qué? Era el cadáver 61 del edificio y aún quedaban 200 desaparecidos.
Poco después de sacar el cuerpo, se acercó el hijo que buscaba a su padre, agradeció a Pedro, y lo abrazó llorando.
-Las personas que estaban buscando a sus familiares estaban absolutamente sobrepasadas, llevaban días sin dormir, con miedo a las réplicas. Estaban durmiendo afuera de los edificios, durmiendo bajo un árbol o un colchón, algunos en la vereda. La gente no tenía nada, y comían de donaciones o de grupos que venían de Caracas a entregar comida y agua.
Cuando terminaron el rescate, Pedro se sentó en una vereda a descansar un momento, fumarse un cigarro y conversar un poco con las personas que estaban ahí. En eso estaba cuando empezó a amanecer.
-Empiezo a ver y... Yo tenía una breve noción de a qué iba, una idea. Uno investiga y te llegan los reportes, he trabajado en terremotos, cacho más menos cómo puede ser. Pero cuando llegas allá y ves todo en el piso, la gente, el olor, el grado de descomposición, no hay palabras que te permitan describir lo que la gente estaba viviendo allá. Tú puedes ver videos, TikTok, el enviado en la prensa, todo lo que tú quieras, pero no hay forma de dimensionar el nivel.
Lunes 29 de junio
Después, instalarse el domingo en una especie de campamento que se habilitó dentro de un club particular, Pedro y el GRABH recorrieron con la luz del día el lugar. Hicieron un catastro e identificaron los edificios más afectados. Al caminar por las calles, le llamó la atención la cantidad de civiles en las calles retirando escombros y buscando gente.
-Tú mirabas, por ejemplo, un edificio y no había que ser arquitecto, calculista o ingeniero para decir "se va a caer". Pero mirabas el edificio y había 100 personas adentro buscando. No medían o no dimensionaban el riesgo. Pero, en el fondo, fue de tal magnitud que si tú delegabas el 100% de esto a los equipos de búsqueda, no logras ni siquiera barrer el 10% o el 15% -dice Pedro.
La tarde de ese lunes, cuenta que llegaron por un llamado en redes sociales a un edificio en el que una señora llevaba días intentando rescatar a su perro que había quedado encerrado en el piso 7.
-El edificio estaba claramente desplazado, entonces fue como "muchachos, nadie sube, es un riesgo". Tomamos la decisión de no subir. En cualquier minuto se iba a caer; además, esa noche corría mucho viento y tú veías cómo el edificio se pandeaba.
En el lugar había otros rescatista de Colombia, que coincidieron en que no se podía ingresar. Pero, unas horas después, Pedro supo que otro equipo de rescate, a pesar de que se les avisó que no se podría ingresar, entraron y sacaron al perro, que aún estaba vivo.
-Es no respetar nada. Uno arriesga mucho, pero también existe detrás mío una familia, y de cada uno de los que estamos acá (...). Ninguno del equipo es un temerario, si no, no sirves para esto.
Esa noche, mientras se trasladaban por la ciudad, un hombre los paró haciendo señas. Les contó que estaba caminando por el sector y que había escuchado a alguien pidiendo ayuda. Se bajaron del auto, y el hombre les indicó un espacio entre los escombros. Pedro entró solo, con una linterna en la mano.
-Sentí ruidos. "Golpee tres veces". Silencio total. Grito: "¿Hay alguien con vida?" (...). Y escuché como si alguien gritara bajo el agua, muy lejos, "ayuda, ayuda". Se me apretó el pecho.
Al salir del espacio que había entre los escombros, Pedro dice que el lugar se había llenado gente. No había ningún familiar o cercano esperando afuera, pero se había corrido la voz de que había alguien con vida y habían llegado rescatistas de Colombia, Alemania y Estados Unidos. Pedro indicó el lugar exacto de donde provenían los gritos, pidiendo ayuda para que los otros rescatistas lo sacaran y ellos, seguir su camino.
Martes 30 de junio
Después de trabajar toda la noche, la madrugada del martes, mientras el equipo de la GRABH regresaba al campamento, comenzó a llover. Pedro venía en el pickup de una camioneta y viajó bajo la lluvia durante 40 minutos, encorvándose para proteger su celular adentro de su ropa. Llegaron a las cinco de la mañana. Durmió dos horas y se levantó. La lluvia ya había parado, comenzó a vestirse nuevamente y, mientras se abrochaba las zapatillas, comenzó una réplica. Calcula que fue magnitud 4 o 5.
-Yo estaba debajo de una como choza, de madera y paja, que protegía las carpas y se empieza a mover. Todos corrían y gritaban. Yo mire la choza y dije: esto no se cae.
Poco después, mientras colgaba su ropa para que se secara, vio a un hombre sentado unos metros más allá que se veía abrumado. Su nombre era Harold. Pedro se le acercó, le preguntó cómo estaba y comenzó a contarle su historia. El día del terremoto él estaba con su señora, su hija y su sobrina en La Guaira. Su sobrina viajaba ese día a España y él la fue a dejar al aeropuerto a Caracas. En el viaje de regreso ocurrieron los dos terremotos. Por el desastre, no pudo llegar manejando hasta su casa. Se bajó del auto y caminó kilómetros hasta llegar a su edificio, donde se encontró con que su hija y su señora no estaban. Tampoco estaba el auto de ellas.
-Era un señor con una voz muy grave, que podría ser locutor de radio. Me contó que empezó como a armar un rompecabezas pensando dónde podría estar el auto según la hora y tráfico. Por su investigación, estimaba que el vehículo debía estar cerca del edificio, donde había una pila de escombros de 25 metros.
Sentado en el campamento, Harold le mostró fotos de su señora y de su hija.
Ese día les avisaron que el transporte que los llevaba a la ciudad llegaría un poco más tarde. Pedro aprovechó que aún era temprano y fue a una playa que quedaba cerca.
-Dije, "voy a ir a caminar". Agarré mis audífonos, música, caminé, me instalé debajo de una cuestión, miré a ver si estaba solo y lloré, lloré, lloré. De repente vi que más allá había muchos metiéndose al agua, y me metí. Me quedé flotando un rato, meditando, conversando conmigo mismo, y eso.
Ese día martes rescataron el cuerpo de una persona y siete animales. En terreno, Pedro se encontró también con Harold, buscando el auto con su familia entre medio de los escombros.
Miércoles 1 de julio
La mañana del miércoles vino a recogerlos un transportista distinto. Se llamaba Surita, un venezolano que se dedicaba a transportar todo tipo de cosas. Su llegada, dice Pedro, le cambió la cara a los días de trabajo, hicieron vínculo y se quedó con ellos hasta el último día.
-Él se transformó en un golpe anímico. Tenía un humor tan divertido, nos reíamos y nos hizo muy bien, siempre viene bien ese impulso anímico. Además, conocía bien la zona y fue una fuente de información confiable.
Con Surita ese día recorrieron muchos lugares y terminaron el día en una de las zonas más afectadas y complejas dentro de La Guaira, identificada como el sector de los edificios públicos 25, 26 y 27, los OPP. Llegaron ahí de noche y la imagen que vieron los golpeó.
-Nos topamos justo con muchas bolsas mortuorias, una sobre otra, cargándose en una camioneta -dice y luego describe lo que vieron en ese sector: -El nivel de daño, la gente destruida en todo sentido, porque la cantidad de muertos en esa zona es muy alta. Eran 4 o 5 edificios de 12 pisos, con unos 180 departamentos por edificio. Todo en el piso. Lo único que veías era una losa sobre otra. Mucha gente buscando, mucha basura, la gente recogiendo cualquier cosa para comer, eran puros zombis. El olor a muerte, a droga, la gente estaba modo piloto automático, buscando.
Conversaron con otros rescatistas venezolanos, para ver dónde comenzar a trabajar.
-Nos dijeron: "Todo lo que está acá está muerto. No pierda el tiempo".
Jueves 2 de julio
Ese día recorrieron los edificios instalando jaulas trampa con algo de alimento adentro para poder capturar y rescatar a los animales que no habían alcanzado. También rescataron a un chihuahua y un gato que estaban encerrados en un subterráneo. El gato había sido impactado con un escombro en una de sus manos, que más tarde tuvieron que amputar.
Al poco rato de estar trabajando comenzó a llover de manera muy intensa y tuvieron que parar por unas horas.
De regreso al campamento, les dieron un código de acceso. No les explicaron por qué, solamente les dijeron que era por seguridad. Paralelamente, a través de un chat, se enteraron también de que un rescatista había desaparecido, pero unos días después supieron que había aparecido y sin daños.
También supo por redes sociales de los rescatistas chilenos a los que les habían pedido sus papeles.
-A mí nunca me pidieron los papeles -dice Pedro. -A nosotros nunca nos dijeron no pueden ir a tal lado o no pueden hacer tal cosa. Al contrario.
Viernes 3 de julio
Una semana era el tiempo que se contempló para la misión de Pedro, que fue coordinada por Aleyda y apoyada por personas a las que él no conoce.
Después de salir de La Guaira y llegar al aeropuerto de Valencia, cuenta Pedro que un grupo de personas los aplaudió, otros les regalaron comida, otros les agradecieron.
-En el fondo, uno va y hace lo que puede. La ayuda no es solamente estar metido en escombros, sino que también puede ser poner un hombro, conversar con alguien del mundial, que eran como los temas que había, conversar de Chile, intentar ser un soporte por unos minutos, fumémonos un cigarro, conversémos un café.