Un vino para este Wikén
Es usual que en la mente del consumidor se tienda a relacionar la idea de blends como vinos de mayor calidad
Es usual que en la mente del consumidor se tienda a relacionar la idea de blends como vinos de mayor calidad. Dejando a un lado que esta afirmación no tiene mucho desde donde afirmarse, sí es de cierta forma entendible, sobre todo porque es probable que esté conectada con los vinos de Burdeos, gran influencia en el mundo y también en Chile. En Burdeos todo es mezcla, todo es blend o, mejor, assemblage como le dicen por ahí a eso de juntar cabernet con merlot, con petit verdot y cabernet franc. Y como los tintos de Burdeos son paradigmas, entonces lo que le llega al consumidor es esa idea de que mezclar da mejores vinos. Y no, no es cierto. Ahí están los tintos de Barolo o de Borgoña para desmentirlo, regiones en donde se usa solo una variedad para sus vinos top y nadie pensaría en agregar ni una gota de nada más.
Sigamos con el lugar común, pero precisando que "algunos" de los grandes vinos del mundo son hechos con mezclas de uvas tintas. ¿Qué pasa entonces con los blancos? Nadie habla de mezclar variedades blancas, aunque se hace. Y bastante, pero no tanto en Chile donde tendemos a apreciar a las blancas cuando son puras: sauvignon blanc a secas, chardonnay a secas. Sin embargo, aunque no en número generoso, existen muy buenos assemblage blancos, como es el caso del bastante excéntrico ejemplo que tenemos hoy para esta columna: el Quatro Blanco de MontGras, que mezcla sin ningún pudor uvas de Italia, del sur de Francia, de Castilla y de Galicia, todas plantadas en Colchagua. El resultado es un vino que se esparce por el paladar como la crema, tiene aromas florales y a frutas blancas maduras y el cuerpo, aunque ligero, tiene el encanto de esos blancos que uno quisiera tener a mano cuando las emprende contra unas jaibas recién salidas del agua hirviendo.