La Nación, Costa Rica
18 de julio de 2026
La economía costarricense reciente la no clasificación a la mayor competición del fútbol; lo analizamos.
El Mundial 2026 —el más largo y con mayor participación de equipos en la historia del fútbol— está por terminar. Mientras Argentina y España jugarán la final de esta edición, muchos aficionados costarricenses siguen con la espinita de no haber clasificado en las llamadas eliminatorias más sencillas de la historia.
El fútbol no solo se juega en la cancha. También se juega en las cajas registradoras, en las pautas publicitarias y en los inventarios de las tiendas y, por eso, cuando la Selección Nacional no clasifica al principal torneo del fútbol mundial, en Costa Rica se cierra una ventana de oportunidad económica que muchas marcas y comercios daban casi por hecha.
En años de clasificación, el país vive una especie de "temporada alta" adelantada. El estudio "Más allá de la cancha: el evento donde el fútbol mueve al mundo", elaborado por la firma consultora EY, muestra que, cuando la "Sele" está presente, el impulso sobre la actividad económica es visible: el Índice Mensual de Actividad Económica (IMAE) puede subir temporalmente entre 1% y 2% por el efecto combinado de consumo, comercio y servicios vinculados al torneo.
Ese movimiento se traduce en cosas muy concretas. Más televisores vendidos para ver los partidos, más camisetas en las calles, más comida rápida y bebidas compartidas frente a la pantalla, más promociones en supermercados y tiendas de electrodomésticos, más campañas especiales en medios. Todo eso se suma y se refleja en las cifras.
El mismo estudio, basado en estimaciones de la Universidad Nacional de Costa Rica, pone un número a lo que se pierde cuando la Sele no llega a la cita: entre $14 millones y $25 millones de impacto directo menos, por premios, apoyo económico para la preparación, derechos de transmisión y patrocinios ligados a la participación en el torneo.
Lo que pudo haber sido
Pero el golpe más fuerte no está solo en los premios que no llegan. Está en el consumo que no se activa. El documento calcula un impacto indirecto de entre $50 millones y $70 millones, asociado a la caída en retail, alimentos, televisores, camisetas, reducción en inversión publicitaria y menor turismo y posicionamiento internacional. Es decir: la fiesta igual se hace, pero Costa Rica está invitada solo como espectadora, y eso se siente en la caja.
Para las marcas, la diferencia es clara. Cuando la Sele clasifica, el torneo se convierte en una plataforma para campañas emocionales, promociones cruzadas y lanzamientos pensados para aprovechar el ambiente. El fútbol ofrece un relato compartido: país unido, expectativa, ilusión.
El estudio lo resume como "actividad económica ampliada" alrededor del ecosistema del fútbol. No se trata solo de boletos y derechos de transmisión, sino de todo lo que pasa alrededor: publicidad, merchandising, consumo en bares y restaurantes, viajes, incluso decisiones de inversión de corto plazo ligadas al pico de demanda.
Cuando la clasificación no se da, ese ecosistema funciona a media máquina. Costa Rica sigue consumiendo fútbol, porque el torneo es global y la audiencia se conecta igual a través de medios y plataformas; pero la intensidad cambia: hay menos camisetas con la bandera nacional, menos compras impulsivas, menos campañas pensadas específicamente para la Sele.
Desde la óptica de negocios, eso se traduce en decisiones distintas. Algunas empresas que planifican inventarios o campañas con la expectativa de que Costa Rica esté en el torneo deben ajustar sus proyecciones: reducir pedidos, cambiar mensajes, reenfocar promociones. La ventana de oportunidad no desaparece del todo, pero se hace más estrecha y menos local.
El estudio advierte que, en economías de menor escala como la costarricense, este tipo de eventos internacionales tiene un peso proporcionalmente mayor sobre la actividad económica. Cuando la Sele está, el país captura una parte de la enorme ola global que mueve el torneo. Cuando no está, esa ola pasa más lejos, y el efecto sobre empleo, ventas y dinamismo local es menor, aunque la señal llegue igual a los televisores.
Hay también un impacto menos visible, pero importante, sobre la planificación futura. La Federación Costarricense de Fútbol recibe menos recursos, lo que limita su capacidad de invertir en desarrollo deportivo. Parte de lo que se pierde en patrocinios y exposición internacional es también una pérdida para el negocio del fútbol a largo plazo: menos atractivo para marcas, menos vitrinas para jugadores, menos proyectos que dependen de esa exposición.
Al usar el caso de Costa Rica como referencia ilustrativa, el estudio muestra un patrón que probablemente aplica a otros mercados similares de la región: una economía donde el fútbol actúa como motor transversal, pero donde la capacidad de capturar valor depende de estar en la conversación global, no solo de verla desde afuera.
En un entorno donde los grandes eventos deportivos se comportan cada vez más como plataformas de negocio, Costa Rica tiene ante sí un reto doble: entender mejor cuánto depende su mercado interno de estas olas de consumo, y pensar cómo diversificar y planificar para que el ánimo futbolero sume, pero no determine.