Lunes, 20 de Julio de 2026

No se puede volver a casa

ChileEl Mercurio, Chile 19 de julio de 2026

Cuando hace un par de años el director Christopher Nolan anunció que filmaría nada menos que La Odisea de Homero no podía saber el embrollo en el que se estaba metiendo. El proyecto no solo requirió una compleja logística técnica y profesional sino que, además, se topó en el camino con toda clase de dificultades, polémicas, denuncias y acusaciones, partiendo por supuestas inexactitudes históricas y terminando en imputaciones de wokismo. Todo eso se disuelve, sin embargo, al ver la película en pantalla grande: un espectáculo tan gigantesco como íntimo. Masivo y sutil a partes iguales. Intensamente humano.

-Albert, cuando fui a verte con esos cálculos pensaba que podríamos iniciar una reacción en cadena que podría destruir el mundo...
-Lo recuerdo bien. ¿Por qué me lo preguntas?
-Porque creo que lo hicimos.
Mientras habla con Einstein, en la última escena de la película que lleva su nombre, Oppenheimer no ha dejado de mirar las ondas que una súbita llovizna provoca en la laguna que tiene al frente. Vista de lejos, la llovizna apenas provoca un cambio en el agua. De cerca, la conmoción sobre la superficie es evidente: las gotas de agua van cayendo, en un proceso que semeja los destructivos descubrimientos del científico, ya que se encuentra totalmente fuera del control de quienes lo presencian. Desatado, imparable.
Por extraño que parezca, ese instante final encaja perfecto con el punto de partida de "La odisea", la nueva película de Christopher Nolan, la que sigue a ese inmenso éxito de 2023, que recaudó casi mil millones de dólares en taquilla, adjudicándose en el camino siete premios Oscar, todo ello sin ser un filme de superhéroes, ni tampoco una precuela, una secuela o una cinta asociada a un producto comercial preexistente. "Oppenheimer" es una de las pocas películas de la década que, efectivamente, consiguió convertirse en objeto de conversación y debate. Un genuino fenómeno cultural. ¿Cómo se puede superar algo así? ¿Qué se hace a continuación?
Cuando en diciembre de 2024 Universal Pictures anunció que el próximo proyecto de Nolan sería "La Odisea", a partir del poema épico atribuido a Homero, la expectación fue instantánea. Primero porque, conociendo la escala en que suele trabajar el cineasta, solo cabía esperar algo inmenso, algo parecido a una aventura cinematográfica definitiva. Pero lo otro era la audacia de tamaña declaración. ¿En serio este tipo se creía capaz de poner en escena el regreso de Odiseo a Ítaca, con cíclope, sirenas y trombas marinas incluidas; con un viaje nada menos que al corazón del Hades, el trasmundo de los mitos griegos? ¿Qué clase de delirio era este?
Con la producción estrenada, por fin, en las salas -después de un sinfín de desafíos técnicos y una persistente serie de trifulcas orquestadas por gente que sin haber visto un minuto del filme se sentía con todo el derecho a descalificarlo-, la respuesta está a la vista: un genuino filme épico, pero cuyo sentido último no depende de su tamaño, su ambición o sus ínfulas, sino del eco, del remezón privado que su relato provoque en cada espectador. Gotas de lluvia que se acumulan sin descanso hasta volverse un torrente.
Ambición y denuncia
Nolan había comenzado a escribir su Odisea en marzo de 2024, meses antes del estreno de "Oppenheimer", con una idea muy clara en su cabeza: en orden a convertirla en un genuino espectáculo para las audiencias del siglo XXI, en algo que no se ve todos los días, esta sería una producción rodada totalmente en película IMAX 70mm y cuyos efectos especiales debían ser ópticos y prácticos. Difícil tarea. Si bien el formato IMAX aporta una calidad inmejorable a la imagen -hasta ahora la más bella y precisa de la historia del cine-, las cámaras emitían tanto ruido al funcionar que era imposible filmar escenas con diálogos en espacios abiertos. Nolan había utilizado esta tecnología en secuencias específicas de todos sus trabajos a partir de "The Dark Knight" (2008), pero rodar una cinta completa en ese formato era, hasta hace un par de años, imposible. De modo que, antes de pensar siquiera en filmar un segundo de película, el director y la empresa diseñaron desde cero una nueva cámara con la cual lograrlo. El tema con los efectos especiales era el inverso: aquí no se trataba de abrir paso al futuro sino de retroceder a los orígenes. En un ambiente donde las herramientas digitales se habían convertido en un elemento indispensable en las secuencias de acción y fantasía (con sagas como "Avengers" y "Avatar" dependientes al cien por ciento de estas), lo que Nolan buscaba era volver a los inicios de la cinematografía: narrar la historia utilizando objetos de tamaño real, maquetas a escala y trucos realizados ante el lente de la cámara. Eso implicaba navegar a vela y remo en mar abierto, construir el caballo, quemar Troya. Durante todo el proceso de escritura y pre-producción el realizador estuvo atento a ir resolviendo paso a paso estos desafíos, sin darse cuenta de que el verdadero obstáculo, el más riesgoso, estaba en otra parte: en las reacciones del público ante el modo en que la película abordaría el poema.
La polémica comenzó con las primeras fotos liberadas del rodaje. En ellas, Matt Damon, el actor que encarnaba a Odiseo, no parecía llevar un uniforme o un casco aqueo, sino un traje de soldado griego genérico con penacho y capa sacados de una película cualquiera. Y eso fue solo el principio: cuando llegó el turno de anunciar el elenco, los opinólogos de las redes condenaron el uso de una Helena de Troya afro (Lupita Nyon'go), la presencia del actor trans Elliot Page como un soldado y la selección de intérpretes de ascendencia latina (John Leguizamo) e india (Himesh Patel). El asedio se redobló cuando aparecieron los tráilers y se hizo claro que la película no estaba hablada en inglés británico y literario -como suele hacerse con la mayoría de las cintas ambientadas en la antigüedad- sino en un inglés moderno, ordinario y coloquial. Sacrilegio.
Descontando el manifiesto sesgo racista de algunas de esas intervenciones y el intento de perfilar al filme como una producción ideológicamente woke, el pecado más serio de Nolan para sus detractores era no ser lo bastante fiel a la obra original. Pero, ¿qué sentido tendría el serlo y cómo se consigue algo así? ¿Había que rodar la obra en griego antiguo, tal como intentó Mel Gibson cuando inventó una hipotética lengua aramea en "La pasión de Cristo"?
Pesadillas encarnadas
Es cosa de ver unos cuantos minutos de la película misma para reducir todas esas objeciones a lo que realmente son: prejuicios.
En pantalla, el relato central aún es el denodado intento de volver a casa, por parte de Odiseo y sus soldados, y de cómo ese anhelo es coartado una y otra vez por un sin número de dificultades, desventuras, encuentros insólitos y criaturas fatídicas puestas en su camino. A manera de contra-trama cumplen su función las intrigas palaciegas de Ítaca, con Penélope (una notable Anne Hathaway) y su hijo Telémaco (Tom Holland) haciendo frente a un centenar de pretendientes al trono vacante, y que no se detendrán ante una mujer frágil y su hijo imberbe.
Al contrario del libro, que concentra la historia de Penélope y Telémaco en los primeros cuatro cantos, las aventuras de Odiseo en los cantos 9 al 12, y la venganza del rey retornado contra sus enemigos (cantos 13 al 24), Nolan recurre a una herramienta ya habitual en su cine, el montaje paralelo de narrativas, para ir trenzando las líneas dramáticas, para contar el "aquí" (Ítaca) sin descuidar el "allá" (las tierras ignotas en que se pierden los aventureros), resolviendo de forma inteligente el eterno conflicto entre las dos nociones de tiempo griegas: chronos , el tiempo medido en clave cronológica e histórica (los veinte años que Odiseo tarda en ir y en volver), y kairos , el tiempo entendido como sensación, cualidad y momento oportuno. Nolan se sirve de esta última noción como punto de apoyo para expresar algo que le ha fascinado desde los días en que filmó "Memento" (2000): el paulatino proceso donde el héroe -cobijado durante años en la isla de Ogigia por la ninfa Calipso- comienza a recordar, a hacer sentido del tiempo perdido, memorias largamente sepultadas que en el filme emergen primero como fragmentos, luego como episodios y después como dolorosas, atroces decisiones, imposibles de remediar.
Así como el Oppenheimer del filme vive atormentado por haber otorgado un poder inmenso a sus contemporáneos, la semilla de la autodestrucción, el Odiseo de Nolan emprende su larga deriva dando la espalda a furias que él mismo desató con la invasión y eventual destrucción de Troya (de él fue la idea del caballo); fantasmas que regresarán a acosarlo en cada estación de su regreso, encarnados en toda clase de criaturas fantásticas que devienen espantosamente reales.
Es en este punto donde se entiende la necesidad de usar efectos ópticos en la cinta. El genuino horror que nos transmiten Polifemo, el cíclope; el tormentoso Océano, los soldados transfigurados en animales por Circe y la espectral aparición de Agamenón junto a su ejército de muertos, todo ello se habría diluido de ser recreado con técnicas de animación digital, se habría convertido en parte de un paisaje ya conocido y domesticado por espectadores que crecieron junto a "Harry Potter", "El señor de los anillos", Marvel y sus derivados. Magníficamente captadas por la cámara, estas secuencias le otorgan credibilidad a lo inconcebible, algo a lo que el cine ha coqueteado desde sus inicios: la súbita encarnación de nuestro yo interior, la corporeización, la expresión física de nuestras pesadillas más íntimas. Sintiéndose "maldecidos por los dioses", nuestros marineros observan impotentes la forma en que estas abominaciones van apoderándose de eso que poco antes solíamos entender como nuestro mundo, nuestro lugar. Así, no extraña que Odiseo acabe huyendo de estas criaturas de su imaginación, escapando hacia el confín.
Efectiva como cinta de aventuras, brillante como espectáculo, sintética y pragmática como adaptación, acaso el mejor rasgo de esta "Odisea" es su voluntad para escapar del gigantismo que ha venido afectando y seguramente seguirá afectando a la mayor parte de las superproducciones de esta década (otra excepción es la aún inconclusa trilogía de "Dune"). Aplicando las lecciones aprendidas en "Dunkirk" (2017), donde Nolan y su equipo desplegaron una respetable aptitud para la contención -incluso en las escenas que reclamaban para sí aliento épico- secuencias como el ingreso del caballo a la ciudadela o el duelo final contra los pretendientes se quedan en la memoria por su indudable espectacularidad pero también por un asunto de franca vulnerabilidad humana.
Raro de ver en estos días: cine masivo que, ante la comodidad de distinguir entre buenos y malos, atiende a las fisuras y fracturas de sus protagonistas, celebrando su fundamental imperfección.
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