La paciencia del deseo
Hay fuerzas que nunca aceptan un nombre
Hay fuerzas que nunca aceptan un nombre. Apenas se las nombra, se retiran hacia un lugar más antiguo que el lenguaje. Permanecen allí, invisibles, trabajando con una paciencia mineral. Nada anuncian. Sin embargo, modifican el curso de una vida con mayor precisión que cualquier propósito.
No pertenecen al cuerpo, aunque encuentran en él su morada más fiel. Tampoco pertenecen al pensamiento, aunque lo inclinan hacia regiones que jamás habría elegido por sí solo. Habitan una zona donde la materia y el espíritu todavía no han aprendido a separarse. Desde allí ejercen una presión silenciosa, semejante al agua que atraviesa la piedra sin romperla y, sin embargo, termina cambiando su forma.
Toda existencia parece edificarse para contener esa presión. Los hábitos, las costumbres, las palabras e incluso las convicciones levantan un dique alrededor de aquello que insiste desde las profundidades. Pero ninguna forma permanece intacta para siempre. Hay un cansancio secreto en toda arquitectura. Basta una grieta.
No avanza como una conquista. Se parece, más bien, a un reconocimiento. Como si algo olvidado recorriera de nuevo los caminos por donde había transitado antes del nacimiento de la memoria. Las cosas dejan de limitarse a lo que muestran. Irradian una presencia que siempre estuvo en ellas y que solo entonces encuentra la ocasión de manifestarse.