Miércoles, 22 de Julio de 2026

"Si cada persona en este país dedicara una hora de su tiempo al voluntariado, seríamos un país muy distinto"

ChileEl Mercurio, Chile 22 de julio de 2026

Desde hace cerca de una década, cada domingo acompaña a niños y guaguas que viven en residencias de protección infantil. "Los niños saben quién eres. Saben cuándo llegas y cuándo estás ahí para ellos. Por eso el compromiso es tan importante", dice.

A las 8:30 de la mañana y como cada domingo, Adriana Weber (42) llega a la residencia Hogar de Misión de María, en Ñuñoa, para compartir con los niños hasta el mediodía. "¿Dónde ayudo?", es lo primero que pregunta.
En la residencia viven 25 niños derivados del Servicio Nacional de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia. El más pequeño tiene apenas un mes de vida y la mayor, siete años. Algunos permanecen por períodos breves; otros pasan años esperando una resolución familiar.
Si necesitan que alguien juegue, converse o contenga a los menores, ahí está Weber. El domingo que la acompañamos, le tocó comenzar cantando "Una Cuncuna Amarilla" para hacer dormir bebés, pero otros días le toca leer cuentos y pintar con niños que la reconocen, la llaman por su nombre y la esperan ansiosos.
Para Weber todo partió casi una década atrás. Su trabajo como comunicadora audiovisual y su vida familiar junto a su marido y sus dos hijas la hacían feliz, pero sentía que podía hacer más con el tiempo que le quedaba libre. No recuerda exactamente dónde escuchó hablar por primera vez de Fundación Abrázame. Lo que sí recuerda es que la sencillez de la idea le hizo sentido de inmediato: personas que dedicaban parte de su tiempo a acompañar, contener y abrazar a niños que vivían sin el cuidado permanente de una familia.
Postuló en 2017. Hoy la organización reúne a 400 voluntarios y Weber es la más experimentada. "Me ha tocado dar y recibir consejos. Entre las voluntarias se forma una red muy especial".
Decir adiós
Durante este tiempo ella ha visto partir a muchos niños. Dice que esa es la parte más compleja del voluntariado, aunque se alegra por ellos. "Lo más difícil es equilibrar ese lazo que haces con los niños, porque sabes que en algún momento se van a ir. Aunque uno no quiera, es imposible no hacer vínculos emocionales".
Recuerda especialmente a una guagua con reflujo severo que no podía dormir acostada. Pasó horas sosteniéndola en brazos, cantándole y acompañándola: "Las tías me pedían que me enfocara en ella, porque su caso era más complicado".
También a un niño al que conoció recién nacido y con quien construyó una relación tan estrecha que al despedirse tuvo que buscar ayuda en la fundación. "Por suerte tienen un equipo de coordinadoras y psicólogas que nunca nos dejan solas como voluntarias", dice.
En este caso, el niño no se fue de la residencia, el motivo de la separación fue el cambio de casa de Weber, porque la asignación de centros a las voluntarias se debe a su geolocalización.
Pese a que en ocasiones le ha costado compatibilizar su vida familiar y la atención de sus hijas adolescentes con el voluntariado, asegura: "Los niños entregan más amor del que uno puede dar. Yo entrego 100 y ellos me entregan 300".
En ocasiones, Adriana Weber organiza salidas recreativas. Por ejemplo, en este encuentro se tomó más tiempo del que acostumbra para llevar a los niños más grandes al Parque Araucano.
Actualmente la organización desarrolla tres programas. El primero es Abrázame, una modalidad grupal donde los voluntarios participan en actividades recreativas con distintos niños y guaguas de una residencia. El segundo es Abrázame Más, enfocado en la primera infancia, especialmente en niños de entre cero y tres años que requieren acompañamiento individual y constante. Y el tercero es Abrázame Niñez, que busca generar vínculos más estables mediante visitas frecuentes a un niño en particular. Adriana Weber pertenece al primer programa, pero cuando ella llegó esas subdivisiones no existían y se hacía "de todo un poco".
Para convertirse en voluntario en esta fundación es necesario ser mayor de 25 años, no tener antecedentes penales ni inhabilidades para trabajar con menores, aprobar una evaluación psicológica, acreditar compatibilidad física y de salud con el rol y disponer de tiempo para asumir el compromiso. Porque, según explica Weber, el elemento más importante no es solo la buena voluntad, sino la constancia. "Los niños saben quién eres. Saben cuándo llegas y cuándo estás ahí para ellos. Por eso el compromiso es tan importante".
Después de casi una década como voluntaria, asegura que la experiencia la transformó profundamente. Y que aprendió a mirar a cada niño sin preguntarse por la historia que hay detrás.
"Nosotros vemos únicamente al niño que está ahí", dice, mientras por la ventana los pequeños la saludan y le piden que entre a jugar con ellos. Asegura que el amor que siente por estos niños es el mismo que por su propia familia: "Siempre hay más amor para entregar (...). Siempre hay tiempo".
Pese a tener que levantarse temprano para esta labor y ocupar su tiempo libre, entre sus planes no está abandonar el voluntariado. "Si cada persona en este país dedicara una hora de su tiempo al voluntariado, seríamos un país muy distinto".
La historia de la fundaciónFundación Abrázame tiene su origen en el Programa Abrázame, creado en 2015 por el empresario y comunicador Miguel Iglesias tras leer un reportaje en donde se mostraba el trabajo del psiquiatra Eduardo Jaar para acompañar a bebés abandonados en hospitales. La iniciativa surgió para entregar afecto y contención a las guaguas que permanecían hospitalizadas sin el cuidado permanente de una familia y que posteriormente eran derivadas a residencias de protección.
Con el tiempo se creó la fundación. Hoy la organización acompaña a niños y adolescentes en 17 residencias de protección y cuenta con más de 400 voluntarios que entregan apoyo afectivo a menores de distintas edades.
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