"Yo domé a Julio Jung y él me domó a mí"
A los 86 años, el pasado 6 de junio murió el popular actor Julio Jung. Su viuda relata aquí los entretelones de las más de tres décadas que vivieron juntos, convirtiéndose en una pareja muy reconocida en el mundo cultural. Sin embargo, fue una relación difícil y con muchos altibajos. "Si yo no hubiera tenido un carácter fuerte, Julio me hubiera hecho pedacitos", confiesa.
"Has comprado tanto que tienes que invitarme a tu departamento para ver cómo quedó todo", le lanzó con una sonrisa Tessa Aguadé a ese cliente que desde hacía varios días volvía a la tienda Terra a elegir algo nuevo para su departamento de soltero. Inaugurada a fines de los años sesenta por esta diseñadora de muebles, Terra -ubicada en el popular Drugstore, en Providencia-, era famosa por sus objetos de diseño vanguardistas y originales, entre ellos, las lámparas volantín. El entusiasta comprador era Julio Jung, a quien ella solo conocía por su fama de actor irreverente. Corría 1990 y Tessa ya tenía su vida armada: era viuda, había logrado el éxito económico y sus hijos estaban grandes. Jamás se imaginó que este hombre, célebre por sus personajes humorísticos, sería su pareja durante 36 años. "Todo era muy cómico, Julio seguía viniendo, me preguntaba cualquier cosa y ya no sabía qué más comprar", cuenta con mucha vitalidad, a sus 83 años, siempre muy delgada y vestida con elegancia juvenil.
Jung reaccionó de inmediato ante el osado comentario de Tessa y la invitó a comer esa misma noche. Como ella se había comprometido con su mamá para ir al cine, le avisó que tenía que suspender el panorama. "A mi madre le cargó que saliera con él, decía que tenía fama de mujeriego porque había dejado a su mujer por otra", comenta riendo. Pese a la oposición materna, en la primera cita Jung la conquistó. "No era buenmozo, yo más bien lo encontraba feo, pero sí era muy coqueto y conquistador", reconoce sentada en el living de su departamento en Providencia, con una espectacular vista a la cordillera.
Tal como lo ha hecho durante toda su vida, Tessa Aguadé vive rodeada de arte contemporáneo y de muebles estilosos. Sus padres nacieron en España y llegaron en 1939 a Chile escapando del franquismo. Roser Bru, su mamá, arribó en el barco Winnipeg y se transformó en una importante pintora. Su padre, Cristián Aguadé, llegó pocos meses después siguiendo a esta joven de 16 años a quien había conocido en el colegio en Barcelona. Él tenía 18 años y viajó solo. Ambos eran hijos de reconocidos líderes de la República: el abuelo paterno de Tessa había sido alcalde de Barcelona y ministro del gobierno republicano, mientras que el materno fue un destacado parlamentario. Al perder la Guerra Civil, ambas familias escaparon de España y estuvieron en un campo de refugiados en Francia. A los pocos años de llegar a Chile, Cristián Aguadé ya era un próspero hombre de negocios gracias a Muebles Sur, empresa que él creó y desarrolló.
Tessa creció rodeada de artistas, entre ellos Pablo Neruda, amigo de sus padres. "Lo recuerdo como un señor grande y gordo, muy divertido, que llegaba a mi casa y le decía a mi mamá: 'Roser, hazme una tortilla de papas'. A Neruda le encantaba comer bien y mi mamá, aparte de ser una gran pintora, cocinaba muy, muy rico, especialmente la comida catalana", recuerda. Para seguir involucrada en el negocio familiar, Tessa estudió diseño de muebles. Luego, se casó con el artista Carlos Ortúzar con quien tuvo dos hijos. Sorpresivamente, en 1985 su marido murió de un aneurisma. A los 41 años, quedó viuda. "Fue terrible porque murió en mis brazos. Fue muy duro. Pensé que yo no sobreviviría, pero al final uno siempre sobrevive", dice.
En los noventa, Julio y Tessa se transformaron en una pareja icónica de la escena artística santiaguina. Juntos iban a estrenos de películas, a obras de teatro y a exposiciones. Además, habitualmente ella lo acompañaba a grabaciones y premiaciones. Recuerda hoy la vez que, en una visita a La Habana, pudo conversar diez minutos con Fidel Castro durante una ceremonia en la que Jung recibió un premio. "Julio me llevaba como una especie de trofeo y decía: 'Ella es muy rica, es dueña de Muebles Sur así que pueden pedir descuento'. Yo me sentía pésimo porque era una empresa familiar, no mía". La vida social y el codearse con figuras de las artes y políticos fueron aún más intensos durante los cinco años en los que el actor fue agregado cultural en Barcelona, en 1992. Ese mismo año, se casaron. "Yo no tenía muchas ganas y lo hice un poco obligada, pero amaba a Julio y no podía ser tan egoísta si era lo que él quería. A mis padres y a todo mi entorno este matrimonio no les gustó nada, me decían que no era necesario casarse si conviviendo estábamos bien. Finalmente acepté".
- ¿Cómo se llevaba su mamá con Julio?
-Al principio, le caía pésimo, no le gustaba nada que estuviéramos juntos. Después la relación fue muy buena. Es más, cuando nos casamos Roser le regaló un grabado. En él salgo yo con tubos en la cabeza para alisarme el pelo, y le puso "una Tessa para Julio". Una vez, mi madre me dijo que yo era la "fierecilla domada", porque Julio me había "domado". No sé si me dominó tanto... Más bien yo domé a Julio y él me domó a mí. Si yo no hubiera tenido un carácter fuerte, me hubiera hecho pedacitos. Nuestra relación no fue fácil, se fue dando con dificultad.
-¿Por qué fue tan difícil?
-Siempre tuvimos conflictos porque Julio era muy celoso y obsesivo, mientras que yo siempre he sido muy libre. Fui educada así, entonces esto de andar llamándome todo el día para saber dónde estaba, me cargaba. Yo tenía mi trabajo, entonces me podía evadir, de lo contrario, me hubiera tenido bajo su yugo.
-¿Alguna vez se separaron?
-Nunca, pero tuvimos peleas muy fuertes. Incluso fuimos a terapia de pareja porque, si bien nos amábamos, él era muy posesivo. Como vivíamos en mi casa, yo tenía el "sartén por el mango": lo echaba no más y él se iba a vivir con su exmujer -la actriz María Elena Duvauchelle-. Pero, al par de días, volvía.
-Usted tiene una buena relación con ella.
-Sí, muy buena. Una vez la invité a veranear con nosotros porque el hijo de ambos -el también actor Julio Jung Duvauchelle- era chico y estaba pasando por un mal momento. Julio papá tenía mucha culpa porque sentía que, al separarse, lo había abandonado. Con él también la relación era extremadamente posesiva. Al "Chamo", como le decimos en la familia, le costó mucho aceptar que su padre tenía alzhéimer. Ese verano decidí que lo mejor era que el "Chamo" pasara las vacaciones con sus dos papás. Con María Elena nos reímos mucho. Yo le decía: "si quieres, te devuelvo el marido", y ella me respondía: "No gracias, ni envuelto en papel de regalo". Ahí empezamos a ser más amigas y nos poníamos en contra de Julio. (Risas).
-¿Qué la enamoró de él?
-Vivir con un artista tan brillante y entretenido fue maravilloso. Los años que pasamos en Barcelona fueron muy especiales. Julio era muy ingenioso, inteligente y disparatado, además de cultísimo. Sabía de música, historia, arte y literatura, lo que no es tan común entre los actores, los que, en general, saben solo de teatro. Si no hubiera sido así, habría sido imposible aguantarlo, porque tenía un carácter de los mil demonios y era muy mal genio. Yo soy igual, entonces él me daba un grito y yo le respondía con otro.
-¿Quienes eran sus más amigos?
-Sus íntimos amigos eran Jaime Celedón y Andrés Rillón. Con Celedón estuvo en La Manivela y con Rillón, en Medio Mundo (ambos programas célebres por su humor absurdo y de sutil sátira política). Escucharlos era como estar en la televisión: un pin pon de frases divertidas y absurdas, agudas e inteligentes. Yo me mataba de la risa con ellos. Lo que no hacían era hablar de política: Julio había vivido exiliado en Venezuela, Jaime Celedón era DC y Andrés Rillón, de derecha.
Los tiempos del alzhéimer
"Cuando íbamos por la calle podíamos avanzar muy poco porque la gente lo paraba para saludarlo o para tomarse una foto con él. Lo recordaban y querían mucho. Eso se vio en su funeral que fue muy emocionante", cuenta Tessa Aguadé.
Los problemas de salud del actor comenzaron en 2020, en plena pandemia, cuando lo tuvieron que operar de urgencia de la próstata. "Quedó muy mal debido a la anestesia. Se demoró tres meses en recuperarse completamente. Ahí empezó su deterioro. Llegó un momento en que no dormía y se levantaba en la noche a comer. Yo me encerraba en una pieza con llave para poder dormir y pero él me iba a buscar y golpeaba la puerta con su bastón. Además, se caía y se pegaba. Estaba consciente, pero no recordaba lo que había hecho ni se daba cuenta de que algo le pasaba.
-¿Él había ahorrado plata para la vejez?
-Ni un peso y tampoco jubilación, y ya no podía actuar. Julio tuvo buenos trabajos con buenos sueldos, pero lo despilfarraba todo. Cuando ganaba plata, la gastaba porque sabía que yo tenía dinero. A diferencia suya, aunque yo era la de los recursos, siempre viví con esa "cultura de guerra" que me habían transmitido mis padres que habían pasado por la Guerra Civil Española. Yo sabía cuándo y cuánto gastar.
-¿Cómo fueron sus últimos años?
-Debido a su estado, con el médico decidimos que había que internarlo en una casa de reposo. Yo escogí una muy buena en Chicureo, especializada en pacientes con alzhéimer, con un gran patio y cerca de la casa de mi hija.
-¿Él aceptó?
-No lo tomó bien. Se demoró como cuatro meses en estabilizarse y que me permitieran sacarlo los fines de semanas. Cuando finalmente pude, me costaba mucho llevarlo de vuelta a la casa de reposo. Julio no entendía por qué tenía que estar ahí, si él se sentía sano. Lo más triste y difícil es que los enfermos de alzhéimer nunca se dan cuenta de que están mal.
-¿Qué le pasaba cuando tenía que regresar?
-Reaccionaba violentamente. Era como un niño que no quería ir al colegio el lunes. Antes de volver, yo lo "engatusaba" llevándolo a un café que quedaba cerca para que se tomara un chocolate caliente con marshmallow . Julio nunca había tomado alcohol, pero le dio por pedir whisky . Jamás lo traje a nuestro departamento, sino que pasábamos el fin de semana en una casa que yo me había hecho en Chicureo en el terreno donde vive mi hija. Así no se angustiaba volviendo al lugar donde había vivido conmigo. Ese lugar lo construí pensando en mi vejez, quiero estar cerca de mi familia para que después no digan que no me pueden ir a ver porque estoy muy lejos. No quiero que me pongan en una casa de reposo.
-¿Sintió culpa por haber internado a Julio?
-Al principio sí, pero trabajé el tema con un psiquiatra, quien me dijo que lo estaba haciendo lo mejor que podía. Si no, me hubiera enfermado y yo tenía que estar bien para que Julio estuviera bien.
-¿Cómo fue su muerte?
- En la casa de reposo él siempre estuvo en el primer piso, donde estaban los pacientes autovalentes. A finales del año pasado, tuvo un fuerte deterioro y lo pasaron al segundo piso, donde vivían los que no tenían autonomía. Ya estaba completamente ido...
-¿Cómo era su rutina con él?
-Los sábados y los domingos yo iba a darle de comer. Cuando me veía, se alegraba y sonreía. Yo le tomaba la mano y él me daba besos, pero ya no hablaba. Muchas veces me fui llorando por la tristeza de no poder comunicarme con él. Lo acompañé hasta el final.
-¿Se alcanzó a despedir?
-Me llamaron diez minutos después de que muriera, mientras iba camino a verlo. Cuando llegué, pude abrazarlo y estar sola con él. Su cuerpo todavía estaba caliente. Ese momento fue muy importante porque lloré tranquila y me despedí. Si bien hace mucho tiempo que Julio ya no era él, ahora siento un vacío que no sé cómo llenaré.
"Julio era muy ingenioso, inteligente y disparatado, además de cultísimo. Si no hubiera sido así, habría sido imposible aguantarlo, porque tenía un carácter de los mil demonios y era muy mal genio".