Lunes, 27 de Julio de 2026

María Cataldo Jara: "No hay otra que salir adelante"

ChileEl Mercurio, Chile 27 de julio de 2026

La histórica dirigenta de Lomas Vista al Mar, campamento que un megaincendio estuvo a punto de destruir en diciembre de 2022, repasa una vida marcada por el esfuerzo, las pérdidas y el liderazgo comunitario. Dice que la experiencia le enseñó que siempre se puede volver a empezar.

L a primera imagen de María Cataldo (77) en la videollamada desde su casa en Viña del Mar es una sonrisa de oreja a oreja. "Yo soy rebuena para reírme", dice de entrada en una conversación que durará cerca de dos horas.
En ella, María contará sobre el "abandono de hogar", como ella misma describe su decisión de separarse de un marido al que ya no soportaba; luego relatará el incendio que, en diciembre de 2022, casi destruye por completo el campamento Lomas Vista al Mar, donde se fue a vivir cuando se independizó, y después revivirá la muerte de una de sus nietas. Todo esto, sin perder su sonrisa y actitud que despierta admiración, dadas las duras circunstancias que le ha tocado enfrentar. "Mis papás y mis tías decían que hasta con las moscas me reía, porque siempre andaba haciendo bromas. Pero es que no hay otra que salir adelante. Y prefiero hacerlo así", reflexiona.
María nació en Los Andes, un 18 de septiembre de 1948. Calcula que tenía alrededor de un año o un año y medio cuando su familia se trasladó a Viña del Mar, luego de que su padre entrara a trabajar a la Compañía Refinería de Azúcar de Viña del Mar (CRAV).
Sexta de 12 hermanos -siete mujeres y cuatro hombres-, cuenta que tenían que buscar casas grandes donde todos cupieran: "Hoy quedamos 10. Hace unos meses murió mi hermano mayor, tenía 89, y hace dos años, una de mis hermanas".
Sus papás, señala, eran muy estrictos. Las hermanas menores no podían discutir con las mayores y el respeto siempre debía primar entre ellas.
Dice que, dentro de todo, tuvo una buena infancia. Su mamá era dueña de casa y hacía tortas para vender, y ella y sus hermanos la ayudaban con los quehaceres del hogar. "A medida que los mayores fueron terminando sus estudios y empezaron a trabajar, mi mamá se dedicó a cuidar a los más chicos porque seguían naciendo guaguas", relata María.
Recuerda con alegría sus veranos en Los Andes, donde las hermanas de su papá tenían un criadero de gallinas. Se iban el 3 de enero y pasaban dos meses y medio allá. Eran sus vacaciones, aunque en realidad -dice- iban a ayudar a sus tías. "Lo pasábamos muy bien. Entre primos, hijos y nietos de mis tíos nos juntábamos como 30 niños. Había animales, potreros, frutas... de todo", rememora.
María reconoce que también hacían "maldades". Jugaban a la guerra con los huevos que no servían, escondían cosas y se arrancaban a los potreros. Aunque después los retaban, dice que valía la pena: "Esos son los recuerdos que quedan en la retina".
Cuenta que recorrió varios colegios de monjas, calcula unos tres. "Las monjas eran bien mal genio y castigaban mucho. Era otra mentalidad", justifica, aunque admite que ella tampoco ayudaba mucho: "Era desordenada".
Cuando terminó sexto básico y pasó a Humanidades, tuvo que elegir una especialidad entre las distintas alternativas que ofrecía el colegio. Optó por Tejido para Niños. No porque le gustara, sino porque el estudio no era lo suyo.
A medida que crecía, todo iba cambiando. Alrededor de los 13 años ya quería salir a dar una vuelta o ir al cine, pero no había plata y, además, sus papás le daban muy pocos permisos: "Los fines de semana nos ponían a zurcir y coser".
Más adelante, a los 14 o 15 años, "nos picó el bichito por salir a pinchar". Entonces se ofrecían para ir a comprar, la única forma que tenían de encontrarse con los pretendientes y después pololos. "Mis hermanas y yo nos casamos con hijos de refineros. Todos vivíamos en la CRAV, población que la refinería destinaba a las familias de sus trabajadores".
Empezar de nuevo
María llegó a Lomas Vista al Mar, una toma de 33 viviendas ubicada en la zona alta de Viña del Mar, en marzo de 2000. Un año después de dejar a su marido en la casa que compartían y que había heredado de sus padres.
No le dijo nada a sus cinco hijos -tres mujeres y dos hombres- porque no los quiso preocupar, aunque ellos ya sabían que las cosas no iban bien. Una mañana de marzo de 1999, se levantó, salió y nunca más volvió.
Lo primero que hizo fue ir donde su hija mayor, Gladys, quien le ofreció que se quedara con ella. Jessica, su segunda hija, también le abrió las puertas de su casa. "Gracias a Dios siempre me he llevado bien con mis yernos y los dos me apoyaron", comenta agradecida.
Sin embargo, como no se quería convertir en una carga para nadie, acortó lo más posible su estadía donde Gladys. Al mes y medio, con la ayuda de sus hijos, arrendó una pequeña casa, a la que se fue a vivir con una de sus nietas, entonces de tres años -tiene 10 nietos y 8 bisnietos-, que vivía con ella y que prácticamente se había transformado en su cuarta hija.
La posibilidad de vivir en el campamento Lomas Vista al Mar surgió en una conversación con la sobrina de uno de sus yernos. Ella le comentó que se estaba formando una toma en el mismo cerro donde ella arrendaba. Como no conocía a mucha gente por el sector, María le preguntó a una de sus hijas si conocía a la señora que organizaba el campamento. Junto con responderle que sí, le dijo que cómo se le ocurría irse a una toma. Pero la decisión ya estaba tomada: "Quería seguir haciendo mi vida y valerme por mí misma. Solo necesitaba un lugar donde empezar de nuevo".
Alcanzó a vivir tres meses en la casa que le arrendaron sus hijos, mientras esperaba que le respondieran sobre su inscripción en la toma. A espalda de ellos, ya que no les contó hasta cuando la aceptaron. "Al principio se enojaron un poco, pero después lo entendieron. Fueron ellos mismos quienes me ayudaron a limpiar el terreno y a levantar la casa. Eso nunca se me va a olvidar", destaca.
Instalada con su nieta en su nueva vivienda, no pasó mucho tiempo para que se ofreciera para trabajar en la organización del campamento. Había que formar una directiva, redactar estatutos y hacer trámites para que esa toma se transformara en un barrio. "Tuvimos que partir de cero. Ni siquiera sabíamos quién era el dueño del terreno", sitúa la, por ese entonces, dirigenta en formación.
Lo primero fue conseguir los servicios básicos. Gracias a unos cuñados que trabajaban en la Compañía Nacional de Fuerza Eléctrica (Conafe), logró llegar a la empresa y conseguir que, al poco tiempo, instalaran un tendido eléctrico y que cada casa tuviera su medidor. Con el agua potable, dice, el camino ha sido más largo y difícil. Aunque tienen acceso a ella, en los primeros tiempos gracias a un camión aljibe y después por una excompañera de colegio que trabajaba en Esval y que les ayudó a tener acceso a una matriz cercana, hoy sigue pendiente regularizar este acceso, con los correspondientes medidores de agua. "En un comienzo nos dijeron que no se podía, porque el terreno era privado, pero con el tiempo nos enteramos que pertenecía al Vicariato de La Araucanía y que había sido donado en el año 2008", relata.
-¿Cómo ha sido asumir ese liderazgo comunitario durante más de 25 años?
"Al principio hacía casi todo sola. Las vecinas tenían niños chicos o problemas en la casa, así que muchas veces me tocaba ir sola a las reuniones, recorrer oficinas y hacer todos los trámites. Como al comienzo una de mis hijas se fue a vivir conmigo, recibía a mi nieta cuando salía del colegio y así podía pasar el día entero haciendo gestiones. Era cansador, pero nunca me importó".
En la organización, María ha ocupado prácticamente todos los cargos. Por varios años fue presidenta -"siempre me volvían a elegir"-, después fue secretaria y hoy es tesorera. Hace unos 10 años, una vecina se incorporó como secretaria y desde entonces trabajan codo a codo.
"Se quemó todo"
El día en que el fuego llegó a Lomas Vista al Mar, producto del megaincendio del 22 de diciembre de 2022 -el campamento fue uno de los puntos más afectados-, María estaba en la casa de uno de sus hijos, que vivía un poco más abajo, planchándole unas camisas. Eran cerca de cuatro de la tarde y fue él quien sintió el olor a humo. "Desde mi casa a la de él no había visto nada, pero cuando salí vi a los bomberos y a la gente corriendo de un lado para otro", revive.
Antes la había llamado la nieta que crio, quien iba desde Santiago luego de ver por televisión que el incendio se propagaba por el campamento.
En el siniestro, María perdió todo -incluidas sus fotos y recuerdos, por lo que esta entrevista solo se ilustra con la imagen que se sacó cuando fue elegida entre los 100 Líderes Mayores por Conecta Mayor UC, "El Mercurio" y la U. Católica-, pero logró rescatar a su perro.
De las 33 viviendas, 29 se quemaron y las que quedaron en pie se transformaron en centros de acopio. "Empezamos a reunir la ayuda y a hacer ollas comunes para alimentar a las familias y a las personas que llegaban a colaborar. La municipalidad trajo carpas para que las familias pudieran quedarse en el campamento mientras limpiaban los terrenos", relata.
Gracias a la donación de una empresa de Santiago que mandó un camión lleno de juguetes, los niños recibieron sus regalos para Navidad. Los dos nietos de María que vivían en el campamento obtuvieron las bicicletas que habían pedido. No se enteraron de que los regalos originales se habían quemado.
-¿De dónde sacó fuerzas para levantarse después de perderlo todo?
"Cuando volví al día siguiente del incendio y vi que no había quedado casi nada, simplemente di media vuelta y seguí adelante. No lloré, soy dura para eso".
Además, cuenta que su cabeza estaba en otra parte. Lejos de ahí, con una de sus nietas que recién había salido de la UCI, luego de pasar gran parte de su embarazo hospitalizada. "Mi preocupación era ella. Una bacteria en la sangre le destruyó sus plaquetas. Pasaba unos días bien y volvía a decaer. Quería darle toda mi sangre, si era necesario, pero el doctor me dijo que por mi edad no podía donar. Eso me devastó. Logró tener a su hija y la alcanzó a amamantar durante una semana antes de morir", cuenta.
María se acuerda que permanecieron la última semana de diciembre, enero y parte de febrero de 2023 entre los escombros hasta que voluntarios de la fundación TECHO Chile llegaron para levantar viviendas de emergencia. Su casa la reconstruyó su familia sobre los pilares de acero que resistieron el incendio. En mayo de ese año la tuvo lista.
Hoy, casi cuatro años después de la catástrofe, el barrio está nuevamente en pie, tiene una sede comunitaria, murales que alegran el sector y una huella que están terminando de reconstruir y que incluso quedará mejor que la que tenían antes del incendio. Esto, en gran medida, gracias al empuje de María, que no bajó los brazos.
-¿Se proyecta en la directiva?
"Todavía me queda cuerda, pero la energía ya no es la misma de antes. Además, después de una operación que tuve que hacerme en los pies, creo que llegó el momento de que otros tomen la posta. Me gustaría que apareciera gente más joven".
-¿Qué ha sido lo más difícil de liderar esta comunidad durante tantos años?
"Mantener vivo todo el trabajo que hemos hecho. Con el incendio, perdimos gran parte de la documentación que habíamos reunido durante más de 20 años: papeles sobre la donación del terreno, contactos, direcciones, teléfonos y antecedentes legales que eran fundamentales para seguir avanzando con la regularización del campamento. Gracias a la ayuda de algunas personas ya recuperamos el 80%".
-¿Qué desafíos quedan pendientes?
"Las casas ya están reconstruidas y el barrio ha salido adelante, pero seguimos trabajando para regularizar definitivamente nuestra situación. Faltan los medidores de agua y para eso nos exigen la subdivisión de los terrenos".
-¿Qué la mantiene activa y motivada hoy?
"La labor comunitaria y la preocupación por los demás. También mi casa".
-¿Cree que en Chile se valora a las personas mayores?
"Creo que sí. Lo he visto, por ejemplo, con la premiación de los 100 Líderes Mayores. También cuando voy a reuniones en la municipalidad y siempre me encuentro con gente de la tercera edad. O cuando me piden que participe en alguna reunión de los campamentos para que los ayude. Ahí también son todos mayores".
-En el fondo, se valora la experiencia.
"Exacto".
-Después de todo lo que ha vivido, ¿qué cree que la ha sostenido para seguir siempre adelante?
"Creo que mi forma de ser. Porque, aunque uno se ría, también lleva penas por dentro. Me saqué la mugre trabajando para que a mis hijos no les faltara nada. Si, además, hubiera vivido amargada, habría sido mucho más difícil salir adelante".
"Cuando volví al día siguiente del incendio y vi que no había quedado casi nada, simplemente di media vuelta y seguí adelante. No lloré, soy dura para eso".
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