Mi lucha
Ese deseo de absoluto no desapareció: quedó huérfano de forma. Y cuando nadie le ofrece una, fabrica las suyas, entre ellas el "tour delictual".
Cuando empezaron a aparecer los sucesivos tomos de la obra en que el noruego Karl Ove Knausgård cuenta su vida sin pudor, nadie entendía el título. ¿Por qué llamar "Mi lucha" a la crónica de un padre que lava platos y cambia pañales? La respuesta llegó en el sexto y último volumen, "Fin". Allí Knausgård se sumerge durante cientos de páginas en el "Mi lucha" original: el de Hitler. Se niega a la comodidad de explicar el nazismo como un accidente o de convertir a Hitler en el mal absoluto. Es la misma coartada: dejar lo abyecto fuera de nosotros. Así nadie carga con el pequeño Hitler que cada uno lleva adentro.
A Knausgård le interesan esos millones de alemanes corrientes -y no solo alemanes- que, tras perder la guerra, el trabajo, el lugar en la sociedad o los ahorros, hallaron en el Führer un motivo para dar un sentido grandioso a sus vidas. O para vengarse contra una disciplina piadosa y humillante, como insinúa "La cinta blanca", el filme de Michael Haneke. Las tragedias se incuban despacio, y no siempre a la vista.
El nazismo les regaló a quienes se sentían agraviados un "nosotros": la horda, el uniforme, la marcha, la embriaguez de pertenecer a un todo que prometía sentido y trascendencia. Para sostener ese "nosotros" tuvo que borrar el "tú" y fabricar un "ellos": los enemigos, encarnados ante todo en los judíos, que dejaron de ser personas para convertirse en una cosa, en algo cuya eliminación ya no despertaba culpa.
Pero, se pregunta Knausgård, ¿quién no ha sentido alguna vez el deseo de pertenecer, de encontrar un sentido que lo trascienda? El sustrato afectivo del que brotó el nazismo no fue una anomalía de la condición humana. Fue una de sus posibilidades. Y por eso sigue siendo un peligro.
Mientras terminaba su libro, Knausgård quedó estremecido por el noruego de 32 años que mató, uno a uno, a 69 jóvenes en un campamento de verano. Hijo de un diplomático que se desentendió de él siendo niño, pasaba los días frente a la consola, en casa de su madre. Nunca tuvo un "nosotros". Ese vacío lo llevó a matar sin freno ni culpa.
Pensé en todo eso el 23 de junio pasado. Un grupo de jóvenes -dos de ellos de 17 años- salió esa noche a lo que la Fiscalía llamó un "tour delictual": asaltó a un automovilista en un servicentro, fracturó de un golpe a un carabinero de franco y terminó cerrándole el paso a una familia que volvía de celebrar el Día del Padre en Argentina. Los adultos alcanzaron a bajar; el niño de 12 años quedó atrapado en el cinturón de seguridad y fue arrastrado tres kilómetros. Las biografías de los hechores son similares: familias rotas, detenciones desde muy temprano, entradas y salidas de programas de reinserción.
Esa noche no buscaban solo dinero, o un auto. Buscaban lo mismo que los seguidores de Hitler: la banda, la unidad en el riesgo, la transgresión, el goce inmediato; en el fondo, la condición de sujeto que la vida les negaba. La misma búsqueda, el mismo mecanismo: la violencia y el horror.
Ninguna estrategia policial, ningún aumento de penas, ninguna lista de incivilizados, ninguna rebaja en la edad de imputabilidad bastará para llenar el vacío que empujó a esos jóvenes a delinquir. Con el declive de la religión y de las ideologías, un Estado reducido a gestionar prestaciones y una política convertida en instrumento del crecimiento económico, nuestra sociedad ha ido perdiendo la capacidad de ofrecer un horizonte común, algo que trascienda el interés individual y dé sentido y pertenencia. Pero ese deseo de absoluto no desapareció: quedó huérfano de forma. Y cuando nadie le ofrece una, fabrica las suyas, entre ellas el "tour delictual". La tarea, entonces, consiste en ofrecer formas mejores: un "nosotros" que no necesite convertir a nadie en "eso". Esa es nuestra lucha.