Miércoles, 05 de Agosto de 2026

Israel como espejo: lo que Uruguay puede aprender de la Startup Nation

UruguayEl País, Uruguay 5 de agosto de 2026

A veces conviene viajar once mil kilómetros para volver a mirar lo propio, incómodos, con otros ojos, y con la humildad de saber que ese modelo también se puede construir en Uruguay

La semana pasada viajé a Israel invitado por su embajada en Uruguay, para conocer de cerca su economía, sus universidades y su vínculo con la industria. Fui con la cabeza abierta y volví con una certeza incómoda, la misma que estas líneas intentan poner en palabras: ese país, atravesado por la guerra y por una herida que todavía sangra, no dejó de innovar, de exportar ni de atraer capital. Esa contradicción aparente sufrimiento y productividad conviviendo al mismo tiempo fue lo primero que me hizo pensar en Uruguay, y en lo mucho que nos separa más allá de los 11.000 kilómetros de distancia.

El 7 de octubre de 2023, Hamás asesinó a más de 1.200 personas y secuestró a cientos de rehenes en el ataque más letal de la historia de Israel. Desde entonces el país vive en guerra, con reservistas movilizados, sirenas antiaéreas y un dolor que se toca en cada conversación, incluso dos años después. Y sin embargo, lo que yo vi con mis propios ojos, caminando por Tel Aviv, Haifa y Jerusalén, fue un país funcionando con total normalidad: ciudades activas, comercios abiertos, transporte funcionando y una convivencia cotidiana que contradice la imagen de guerra permanente que uno imagina desde lejos. Esa normalidad también se nota en las aulas: en el Technion los estudiantes árabes pasaron de 11% a 21% del alumnado en poco más de una década, y la Universidad de Haifa es conocida por la convivencia real entre judíos, árabes y drusos.

La Bolsa de Tel Aviv, que cayó más de 6% en la primera rueda tras el ataque, se recuperó en semanas y hoy, dos años después, acumula una suba de 81% en dólares, superando al S&P 500 en el mismo período. En el primer semestre de 2025, las startups israelíes captaron 9.300 millones de dólares, 54% más que el semestre anterior, con inversores internacionales poniendo el 70% de ese capital. La OCDE elogió la resiliencia de la economía israelí durante diecisiete meses de guerra, sostenida en una posición fiscal sólida y un sector de alta tecnología que nunca dejó de recibir capital.

A esa resiliencia se suma una historia migratoria irrepetible: un tercio de los israelíes nacieron fuera del país o son hijos de inmigrantes recientes, y solo la ola llegada de la ex Unión Soviética en los noventa la mayor aliá, palabra hebrea para la inmigración judía a Israel, de la historia moderna trajo un millón de personas, entre ellas decenas de miles de ingenieros y científicos que armaron el andamiaje humano del boom tecnológico. Ese cóctel de urgencia, diversidad y necesidad de reinventarse explica tanto como cualquier política pública.

Los números estructurales explican el resto. Israel invierte 6,35% de su PIB en investigación y desarrollo, el máximo de la OCDE, con el 92% del gasto puesto por privados. La alta tecnología pesa 20% del producto y más de la mitad de las exportaciones, y el país acumula decenas de unicornios tecnológicos, muy por encima de lo que le tocaría por tamaño de población. Uruguay, mientras tanto, celebra como récord histórico haber llegado a 0,71% del PIB en I+D: el segundo mejor guarismo de la región, pero nueve veces menor que el israelí, y todavía sostenido en más de la mitad por el Estado. Dicho de otra forma: mientras Uruguay invirtió en total 548 millones de dólares en I+D en todo 2023, las startups israelíes captaron casi 17 veces esa cifra en capital de riesgo en solo seis meses de 2025.

Pero la diferencia de fondo no es solo de dinero: es cultural, y ahí está la parte que más me incomodó del viaje. En el Technion hay oficinas dedicadas exclusivamente a patentar investigación y venderla al mercado; de sus aulas salieron más de mil startups, y a nadie se le ocurre que vender una patente sea traicionar la vocación académica. En Uruguay, en cambio, "mercado" sigue siendo casi una mala palabra en buena parte de nuestro sistema universitario: se investiga como un fin en sí mismo, se sospecha del sector privado como si financiarlo corrompiera la ciencia, y a quien convierte conocimiento en empresa se lo mira con más recelo que admiración. La propia Udelar reconoce en sus diagnósticos un bajo nivel de demanda de conocimiento científico por parte del sector productivo, y su unidad de propiedad intelectual gestiona patentes con cuentagotas frente al volumen de producción académica. No es falta de talento tiene investigadores de primer nivel mundial sino de cultura institucional.

A eso se suma el factor humano. Los israelíes tienen una palabra, "chutzpah", que mezcla audacia e insolencia, y la aplican tanto para cuestionar a un profesor como para pedirle financiamiento a un inversor: nadie se ofende, todos discuten de igual a igual. El servicio militar, con unidades tecnológicas como la 8200, funciona como semillero de talento técnico y de contactos que después se convierten en empresas. Y existe una tolerancia al fracaso empresarial que en nuestra cultura rioplatense, más conservadora y más temerosa del error y del qué dirán, todavía cuesta digerir.

Uruguay tiene con qué: el sector tecnológico ya pesa 4,3% del PIB, el software exportó más de 1.500 millones de dólares en 2025 y el país ya dio dos unicornios, dLocal y PedidosYa, nacidos en un mercado de apenas 3.4 millones de habitantes. No hace falta atravesar los mismos problemas de Israel para aprender su lección de fondo: dejar de ver al mercado como un enemigo de la universidad y empezar a tratarlo como su socio natural, sin que eso signifique resignar la calidad ni la independencia académica. El desarrollo no se decreta. Pero a veces conviene viajar once mil kilómetros para volver a mirar lo propio, incómodos, con otros ojos, y con la humildad de saber que ese modelo también se puede construir en Uruguay.

- El autor, Ramiro Correa, es Economista Jefe del Centro de Estudios para el Desarrollo (CED).
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