Lunes, 10 de Agosto de 2026

Antonio Muñoz Navarro: "Muchas veces ni siquiera me doy cuenta de los años que tengo"

ChileEl Mercurio, Chile 10 de agosto de 2026

Nadador desde niño, a sus ocho décadas continúa braceando en el agua y sumando triunfos. "Cada vez que entro al agua, aunque haga frío, siempre digo lo mismo: '¡Qué bueno que vine!'", asegura.

N i de niño, cuando partió nadando, ni a los 14, cuando empezó a competir, Antonio Muñoz Navarro imaginó que a sus 80 años seguiría en esta disciplina. Sin embargo, reconoce que nunca ha pensado en dejar esta actividad que pudo compatibilizar con su desarrollo profesional, un Club de Toby que durante más de 30 años se reunió todas las semanas -en pandemia se siguieron juntando por Zoom y hoy mantienen la tradición, pero una vez al mes- y una familia numerosa. "Siempre digo que el deporte influyó mucho en mi vida que ha estado marcada por la disciplina que exige entrenar", asegura.
Hoy también lo marca una conclusión a la que llegó después de años de reunirse con sus amigos: "Hay hombres mayores que llegan a una edad en la que son o tontos o sabios. Uno de ellos tiene muchísimos conocimientos, es buen lector, buen comunicador, pero no es sabio. No acepta que los demás piensen distinto. Para mí, la sabiduría no está en lo que uno sabe, sino en la tolerancia que se tiene".
Al momento de realizar esta entrevista, acababa de competir en el Campeonato de Invierno Master '26 donde, en la prueba de 800 metros libre, obtuvo -en representación de su Club Fullmar- el récord de 16´'29'05. No se batía desde el año 2012. No solo eso: este nadador también tiene récords en otras ocho pruebas, entre ellas 200, 400 y 1.500 metros libre, y en el año 2022 obtuvo un segundo lugar en el Campeonato Panamericano realizado en Medellín, Colombia.
Barrio y mar
Nacido en Talcahuano y criado en el sector de Recreo, en Viña del Mar -cerca del Reloj de Flores y Caleta Abarca-, su infancia transcurrió como la de muchas personas de su generación: "Muy distinta a la de hoy, una verdadera vida de barrio". Se juntaba todos los días con sus amigos y bajaba a la playa a jugar fútbol y después nadaban en el mar y organizaban competencias entre ellos. "Nos creíamos grandes nadadores", ríe.
También jugaba a las bolitas, y elevaba volantines, actividades que lo tenían gran parte del día fuera de su casa. "Había mucha vida en comunidad y una libertad que hoy cuesta imaginar", reflexiona.
En ese tiempo, nadaba por entretención y no pensaba aún en competencias. El escenario cambió en 1958, cuando se organizó una travesía desde Recreo hasta el Casino de Viña. Él y sus amigos, convencidos de que eran excelentes nadadores, se inscribieron. Como era menor de edad, un médico tuvo que certificar que estaba en condiciones de nadar.
"Una vez en el mar (las travesías se realizaban a unos 100 metros de la costa), nos dimos cuenta de que cada uno sabía nadar a su manera. Muy distinto a los competidores que pertenecían a clubes y tenían técnica, porque entrenaban en piscina".
Pese a todo, el nadador en ciernes logró terminar en noveno lugar entre todos los competidores, ya que cuenta que en ese tiempo no existían categorías por edad. Aún no lo sabía, pero ese resultado cambió su vida.
Uno de los dirigentes de un club de natación lo vio competir y lo invitó a entrenar en "El Chorrote", una piscina olímpica de 50 metros con agua de mar construida para los Juegos Sudamericanos de 1952. "Con el tiempo, un temporal terminó destruyéndola, pero para mí fue el lugar donde comenzó mi historia como nadador".
En esa piscina, entrenó varios años y aprendió la técnica que no tenía. Partió por crol, lo que más le acomodaba, y más adelante incorporó pecho y otros estilos.
Su participación en un campeonato juvenil donde obtuvo el tercer lugar en los 100 metros fue determinante, ya que entonces comprendió que, si aprendía la técnica correctamente, podía llegar mucho más lejos. De hecho, lo demostró en varias competencias entre Valparaíso y Viña del Mar. "Los periodistas me decían 'el Pelé de las travesías' y aún guardo recortes de diarios de la época".
Familia y etapa adulta
Antonio cuenta que su papá era marino y fue quien más influyó en su formación. Era disciplinado y ordenado y nunca se opuso a que practicara deporte: "Siempre me apoyó y me acompañaba a las competencias".
Su mamá era dueña de casa y, aunque administraba una carnicería que funcionaba en su hogar, también lo apoyaba en la medida de sus posibilidades. "Cuando mi papá se jubiló de la Armada, durante muchos años se dedicó al negocio familiar", relata el nadador y agrega que, a diferencia de uno de sus hermanos -eran tres, el mayor murió; Antonio era el hijo del medio-, él nunca se involucró en esa actividad.
De sus padres heredó la disciplina y el sentido de la responsabilidad. Durante su adolescencia iba con su hermano mayor a Caleta Abarca o a la Avenida Perú, en esos años los grandes lugares de encuentro de los jóvenes que bailaban rocanrol al ritmo de Elvis Presley, Frank Sinatra y Bill Haley.
"Mi papá era muy estricto y si llegábamos un minuto tarde de la hora hasta la que teníamos permiso, sabíamos que el siguiente fin de semana nos quedaríamos sin salir. Así que muchas veces terminábamos corriendo las últimas cuadras para alcanzar a llegar a tiempo", cuenta riendo.
Antonio cursó su enseñanza básica en el Liceo Guillermo Rivera, de Viña del Mar. Después entró al colegio Salesiano de Valparaíso para terminar sus estudios en el Liceo Nº 3 de Valparaíso. Allí encontró un ambiente un poco más libre, lo que se ajustó mejor a su personalidad: "Fue una buena etapa".
Más convencido por su papá que por vocación, postuló a la Escuela Naval. Rindió los exámenes, pero no quedó seleccionado. Como su papá quería que siguiera la carrera militar, postuló a la Escuela de Carabineros. Inicialmente aceptado, durante el examen médico descubrieron que tenía miopía, un detalle suficiente para rechazar a un postulante.
Como para entonces ya había pasado el período para postular a la universidad, se presentó a un concurso a un banco. Pensando que trabajaría solo un año, mientras decidía qué estudiar, terminó quedándose 12. Comenzó atendiendo al público: entregaba cartolas, talonarios de cheques y ayudaba a los clientes con sus trámites.
Mientras trabajaba, observaba cómo funcionaban las máquinas contables. Aprendió a manejarlas y, cuando uno de los operadores faltó, le ofrecieron reemplazarlo. "Fui aprendiendo en distintos puestos".
Después pasó a caja, que era el trabajo que más le gustaba, y en ese puesto se quedó varios años hasta convertirme en ejecutivo de atención al público, realizando cobranzas y otorgando créditos.
A su señora la conoció siendo ya adulto: "Era del mismo barrio; nos habíamos visto varias veces. Hasta que un día comenzamos a conversar y nació la relación". Hoy llevan 40 años de matrimonio y tienen cinco hijos: una de un primer matrimonio y cuatro -tres hombres y una mujer- con su actual esposa. Además, tiene tres nietos. "La familia siempre ha sido muy importante para mí".
Vida sobre ruedas
Al mundo del transporte llegó por su papá, después de 1973, con la apertura de la importación de vehículos y la aparición de buses más modernos.
Aceptó el ofrecimiento de administrar el negocio de buses que había formado su padre. Si bien al principio logró compatibilizar ambos trabajos, al final terminó por renunciar al banco después de calcular que como chofer ganaba más. Entonces aprendió a manejar buses y empezó a trabajar en eso. "Con tres o cuatro días de trabajo obtenía prácticamente el equivalente a mi sueldo mensual del banco", afirma.
Llegó a tener cuatro o cinco buses y también un interprovincial, pero con la llegada masiva de automóviles y colectivos, el negocio comenzó a hacerse cada vez más competitivo. Entonces, trabajó en la empresa Sol del Pacífico haciendo recorridos urbanos en Valparaíso y Viña del Mar, y también en los alrededores como Villa Alemana, Quintero y La Ligua hasta Los Andes, Catemu y Los Vilos. "Me gustaba mucho esa sensación de recorrer el país mientras trabajaba".
En este mundo, en el que estuvo hasta el año 2017, incluso llegó a ser dirigente gremial como tesorero por cerca de 12 años de la empresa Sol del Pacífico.
Cuando esta actividad dejó de ser rentable, poco a poco fue vendiendo los buses y hoy maneja una van para transporte de pasajeros, principalmente para traslados al aeropuerto y algunos viajes especiales para familias.
Muy amigo de sus amigos, al igual que su padre, y bueno también para la gimnasia, Antonio formó un entrañable grupo que hasta el día de hoy conserva. Los conoció en la Asociación Cristiana de Jóvenes: "Nos conocimos cuando teníamos alrededor de 30 años y empezamos reuniéndonos todos los jueves después de hacer deporte".
Al principio salían a tomar una bebida, después agregaron un sándwich y más tarde alguien propuso cocinar en una casa para abaratar costos. "Así nació una tradición que duró más de 30 años. Cada uno tenía una tarea: unos compraban, otros cocinaban y otros lavaban los platos", rememora, agregando que incluso organizaban viajes por Chile.
-Ahora que acaba de romper nuevos récords nacionales, ¿qué siente cuando comprueba que todavía puede seguir mejorando?
"Lo vivo con mucha tranquilidad. Simplemente siento que cumplí un objetivo que me había propuesto".
-¿En qué piensa cuando nada?
"Muchas veces pienso que estuve a punto de no practicar. Hay días de invierno en que hace mucho frío y cuesta decidirse. Pero una vez que entro al agua siempre digo lo mismo: '!Qué bueno que vine¡'".
-Más allá de las medallas, ¿qué siente que ha aportado a las personas que lo rodean y a la sociedad?
"Siempre he tratado de dar ejemplo: uno nunca debe dejar de mantenerse activo. Si no estoy entrenando, estoy arreglando alguna cosa, haciendo carpintería, reparando muebles, trabajando en el jardín o haciendo alguna manualidad. Creo que mantenerse ocupado también es una forma de cuidar la salud".
-¿Siente la edad?
"La verdad es que no. Muchas veces ni siquiera me doy cuenta de los años que tengo".
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