Domingo, 16 de Agosto de 2026

Fernando Butazzoni: Por cada persona que está en situación de calle, hay 10 que están sufriendo por eso

UruguayEl País, Uruguay 16 de agosto de 2026

El escritor uruguayo habla "Máxima pureza", el libro en el que cuenta la vida de un adicto que vivió en situación de calle; en charla con El País Butazzoni cuenta del libro, por qué decidió exponerse y si va a seguir escribiendo

Máxima pureza (Alfaguara, 990 pesos) confirma el estatus de Fernando Butazzoni como un best seller y un gran escritor.

El autor de Las cenizas del cóndor y Una historia americana, sobre Dan Mitrione, va ahora por una odisea íntima, la de Nacho, un adicto a la pasta base que vivió en situación de calle. Butazzoni, combinando recursos de la crónica, el ensayo y la ficción y hasta mostrándose a sí mismo con franqueza, construye un relato personal sobre una tribu urbana que es mirada, muchas veces, más con recelo y temor que con empatía y piedad.

Sobre eso y sobre por qué quizás deje de escribir, Butazzoni charló con El País.


Contó que la historia de Nacho, el protagonista de Máxima pureza, la conoció en un asado que dio el padre de él para celebrar su recuperación. ¿Cómo le llegan a un escritor las historias?

Yo te diría que es olfato. Jamás busco una historia diciendo: "A ver, ¿qué puedo encontrar?". Pero creo que tengo olfato para ver una historia y sentir que ahí había algo. Le erro también: he llegado a escribir 150 páginas de algo que no me conducía a ningún lado. Pero, en general, me topo con las historias y tengo cierta intuición para pensar que puede haber ahí algo digno de ser conocido por la gente.

¿Ese olfato es periodístico o de escritor?

Esa es una diferenciación que cada vez cuestiono más. Hago periodismo con la literatura, ¿eso me hace un periodista escritor o un escritor periodista? Para mí es una mezcla. También ahí está el ensayo, que te obliga a estudiar mucho. Entonces, es una mezcla de periodista, ensayista, narrador.

¿Le gusta investigar?

Quizás sea lo que más me gusta. Lo que pasa es que es muy fatigosa y me he dado cuenta de que, con el transcurso de los años, ya no tengo la misma capacidad de retener, de investigar y de trajinar. Con mi esposa hemos ido a lugares insólitos a buscar información o a ver cosas. Nunca me conformo con lo que dice fulanito. Voy y lo chequeo. Y después de que el libro está hecho, hacemos un chequeo cruzado para que no haya ninguna contradicción. Con todo, alguna se me escapa. Y siempre rechacé delegar esa parte del proceso.

¿Tiene que haber atado todos los cabos sueltos para escribir o puede empezar antes?

A veces empiezo y los cabos van apareciendo. A veces no aparecen y me quedo sin hilo. Me ha pasado más de una vez. Pero, en general, cuando tengo una historia más o menos estructurada, sé que los cabos sueltos van a aparecer. Es cuestión de escarbar lo suficiente.

Seguramente me diga que los géneros no existen, pero siento Máxima pureza cercana a la crónica. ¿Hay algo de eso?

No es que no existan los géneros, es que cada vez es más difícil distinguirlos: se han convertido prácticamente en nichos de mercado. Entonces hay muchos libros, muchísimos libros, y vos me decís: "Bueno, ¿esto qué es? ¿Es una novela? ¿Es un ensayo?". Máxima pureza es un libro. Uno que mezcla novela, crónica y ensayo.

La historia de Nacho tiene un mensaje para todos lados. Por un lado, que se puede salir de ese círculo de la droga, pero también es un mensaje a los que pasamos y vemos con cierto desprecio, a veces, a estos chicos ahí en la calle.

Lo pensé incluso mucho más por eso porque, en realidad, la gente que está atrapada en esa droga diabólica que es la pasta base, estoy seguro de que no lo van a leer. Pero los padres, las hermanas, los parientes o los transeúntes que levantan los pies para pasar por arriba de alguien que no sabés si es un cadáver. Me parece importante señalarlo, ponerle foco, para que la gente después piense y haga lo que le parezca. Hay gente que me ha dicho: "A mí no me importa nada. Que se jodan, ellos se lo buscaron". Esa es una manera de pensar. Pero mucha gente no te imaginás cuánta porque, por suerte, el libro se ha vendido muchísimo viene y me dice: "Sabés que quería hablar contigo porque tengo un problema con mi marido, con mi hijo, con mi hermano". Son problemas que están guardados, con secretos que abarcan a mucha gente. Porque, en realidad, por cada persona que vos ves en esa situación, hay ocho o diez que están sufriendo. No es un libro de autoayuda ni un libro de psicología de las drogas, ni nada por el estilo. Es una narración de la vida de un pastabasero que hasta ahora salió adelante. Él mismo dice que cada día es una incógnita.

¿Nacho es una excepción?

Desgraciadamente, sí. No hay muchos. También están los que ellos mismos llaman "consumidores exitosos", los que, por ejemplo, fuman una vez por semana o una vez por mes, y siguen su vida normal, y no les pasa nada. Pero hay un núcleo duro de mil o dos mil hombres y mujeres, niños, consumidores de pasta base, que están en una situación muy difícil y muy distinta de la de Nacho.

¿Por qué se da eso?

Creo que, básicamente, por problemas sociales. Gente muy pobre, en general, sin educación, sin arraigo familiar, sin cariño, con cárcel y que lidia con el desprecio de los que tiene alrededor. Se les vuelve muy difícil.

Se ha hablado mucho, y lo ha hablado también, de que se incluyó a sí mismo en esta historia y contó que es alcohólico. ¿Eso fue tan importante como todos lo vemos desde afuera, o lo tomó como un recurso literario?

Lo tomé como un recurso ético. Nacho estaba muy entusiasmado y me había contado buena parte de su vida de adicto. Si yo lo tenía colgado del gancho y listo para carnear, no podía carnear a este tipo sin carnearme a mí mismo. Sería un hipócrita. Me parecía un cinismo hacerme el tonto y narrar solo la historia de él. Igual, la mía está contada de manera muy sucinta. Pero me pareció importante que la gente supiera: "Mirá que el que te está contando esto también es un adicto". Y un adicto tan duro como Nacho. Que la droga es distinta, que tiene otros efectos y otras consecuencias sociales, de acuerdo. La diferencia es que estoy integrado en la sociedad, que me baño todos los días, que tengo casa y familia.

¿Le costó?

Lo que más me costó fue lidiar con cómo se podía sentir mi familia. Al final, lo que primó fue la necesidad de ser honestos con los lectores.

Publicó su primer libro en 1979 y no ha parado desde entonces...

La gente piensa que escribo mucho. Saqué la cuenta y escribo prácticamente un libro cada tres años. Es decir, que no es una cifra muy voluminosa. Pero escribo de manera sistemática. Y, cuando no escribo libros, escribo artículos.

¿En qué momento se siente en su oficio?

En la plenitud. Como te digo eso, también te digo que no sé si voy a seguir escribiendo. Uno tiene que ser consciente de las limitaciones, no solamente de las suyas, sino también de las de la sociedad. Es mentira que cada vez se lee más. Leer WhatsApp, leer scrolleando en el teléfono o los subtítulos de TikTok no es leer. Es una evolución que no me agrada y considero suicida, pero debo reconocer que soy un ser del pasado.

¿Cómo ha cambiado, le parece, su lector?

Ha cambiado en el sentido de que exige más rigor, menos floritura y más brevedad. Las cenizas del cóndor es un libro contra todas las corrientes 800 páginas, sobre un tema del que todo el mundo decía: "Ya está con ese tema" y funcionó muy bien. Hoy no funcionaría, porque hay una especie de no sé cómo llamarlo acto reflejo de rechazo hacia las cosas que son extremadamente largas. Vivimos un período agonizante para esta sociedad global que hemos construido entre todos.

¿Qué papel tiene el Estado para revertir, para enfrentar esta situación cultural?

Tiene una parte de responsabilidad, no toda. Descargar la responsabilidad en una sola parte en el Estado, en los empresarios, en los partidos políticos, en la ultraderecha o en la ultraizquierda es un error. La licuadora está integrada por todos esos elementos y algunos otros. Alguien apretó el botón y el resultado lo veremos cuando pare, que seguramente va a ser el menos pensado.

Usted fue Director de Cultura de la Intendencia de Montevideo.¿Sse pueden hacer cosas sobre clase de asuntos desde el Estado?

Se pueden hacer cosas, pero yo creo que las cosas se pueden hacer desde uno mismo. Y más si en lugar de uno somos dos, somos tres o somos cuatro. Desde el Estado, no solo en Uruguay sino en general, hay un espíritu muy del siglo XIX: redactar con pluma fuente, firmar, pasarle papel secante y publíquese. Cuando, en realidad, me parece que es más un trabajo de pueblo, de público, de gente en la calle, en los barrios, en las casas, en los edificios.

Se está discutiendo mucho qué hacer con los adictos que están en situación de calle. ¿Aprendió algo de lo que hay que hacer o de lo que no hay que hacer?

Primero hay que tener empatía y compasión. Es como el famoso caso del marido cuya mujer estaba deprimida y él le decía: "Dale, levantate, que se te va todo". No, justamente ese es el problema. Entonces, en este caso, me parece que hay que ayudar con empatía, un poco de piedad y compasión. El Estado tiene que poner de sí también, pero no como un agente terapéutico, sino como un agente social.
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