El Comercio, Perú
17 de agosto de 2026
Después de tantos años escribiendo sobre las deficiencias del Perú, puede parecer extraño cerrar esta etapa explicando por qué todavía existen razones para ser optimistas
Después de tantos años escribiendo sobre las deficiencias del Perú, puede parecer extraño cerrar esta etapa explicando por qué todavía existen razones para ser optimistas. No hay contradicción. La crítica solo tiene sentido cuando nace de una convicción: el país puede ser mejor de lo que es. El Perú recibe un nuevo gobierno después de años difíciles. Hemos acumulado presidentes, congresos enfrentados, ministros fugaces, instituciones debilitadas y una discusión pública que oscila entre la indignación y la resignación. Cada crisis parece definitiva hasta que llega la siguiente. Y, sin embargo, el país continúa. Esa capacidad de resistencia no debe confundirse con la ausencia de problemas ni ser una excusa para tolerarlos. Pero sí obliga a reconocer algo que con frecuencia olvidamos: el Perú es más que su política. Hay capacidades que han sobrevivido al deterioro institucional, talento que ha seguido desarrollándose y sectores de la sociedad que han aprendido a avanzar cuando el Estado no ha estado a la altura. Mientras la política atravesaba años de inestabilidad miles de empresas siguieron produciendo. Los exportadores encontraron nuevos mercados. Los emprendedores abrieron negocios. Los profesores entraron a sus aulas. Los médicos atendieron en los hospitales. Las familias continuaron apostando por la educación de sus hijos.Durante demasiado tiempo hemos permitido que la precariedad de la política determine nuestra percepción del país. Como si un mal Congreso significara un mal Perú. Como si la debilidad de un gobierno demostrara la inutilidad del Estado. Como si cada nueva crisis confirmara una condena histórica al fracaso. Esa condena no existe. Tenemos instituciones que funcionan y otras que requieren reformas. Empresas competitivas y otras que subsisten al amparo de privilegios. Funcionarios competentes y burocracias que frustran al ciudadano. Regiones capaces de atraer inversión y otras donde el Estado apenas logra ejercer autoridad. El Perú no necesita complacencia. Necesita discernimiento. El gobierno tiene una oportunidad: recuperar la normalidad institucional y demostrar que gobernar puede volver a significar resolver problemas. Pero esa oportunidad no elimina los límites del poder ni reduce la obligación de rendir cuentas. Gobernar no consiste en anunciar intenciones, sino en producir resultados, fortalecer instituciones y comprender que una victoria electoral otorga legitimidad, no autorización para prescindir de quienes votaron distinto. Eso exige también abandonar una vieja costumbre: creer que cada presidente inaugura una nueva república. Los países que progresan acumulan capacidades: preservan lo que funciona, corrigen lo que falla y construyen sobre lo aprendido. Nosotros solemos cambiar nombres, equipos y prioridades para descubrir, años después, que seguimos enfrentando los mismos problemas. Tal vez esta nueva etapa requiera una combinación poco habitual: modestia y ambición. Modestia para admitir que los problemas complejos rara vez admiten soluciones simples. Ambición para dejar de aceptar como inevitables los resultados mediocres. Precisamente porque conocemos nuestras posibilidades, la distancia entre el Perú que tenemos y el que podríamos tener debería provocar más impaciencia que resignación. Necesitamos un Estado capaz de ejecutar; un sector privado dispuesto a invertir y competir; una política capaz de representar, deliberar y construir acuerdos; y ciudadanos que exijan mejores servicios y respeten las instituciones incluso cuando sus decisiones no los favorezcan. Los cambios importantes requieren continuidad: las reformas deben sobrevivir a los gobiernos y los avances dejar de depender de quien ocupa el poder. He dedicado muchas columnas a señalar las carencias del país. No por pesimismo, sino porque señalar lo que falla es también una forma de tomarse en serio sus posibilidades. Habrá malas decisiones, crisis y oportunidades perdidas. Pero sería un error permitir que eso determine nuestra expectativa sobre el futuro. Hay mucho por corregir. También hay mucho sobre lo cual construir. Por ahora, esta será mi última columna. Me parece una buena manera de cerrar esta etapa: no con una despedida, sino con una convicción. El Perú no está condenado a repetir sus errores. Puede ser mejor. Y vale la pena exigir que lo sea.