‘¡Está temblando!’
Somos mamíferos de tierra, los humanos
Somos mamíferos de tierra, los humanos. Nos aferramos al suelo, como las cabras, y no recordamos nuestros orígenes acuosos en el vientre materno ni la sensación posterior de oscilar de brazo en brazo, antes de aprender a desplazarnos. Así como tienen que enseñarnos a nadar y a temer al fuego, y algunos vencemos el miedo de volar en aparatos inventados, está en nuestra naturaleza confiar en el terreno que pisamos. La tierra es nuestro elemento y nuestra gran certeza: en ella plantamos, cosechamos y construimos nuestros proyectos. Por eso, cuando "se nos" mueve bajo los pies, no solo se derrumban muros y estructuras, sino que se resquebrajan las certezas que nos atan, aquí y ahora, a este planeta. Al articular esa expresión, ¡está temblando!, logramos traer a la consciencia una sensación incierta de vértigo que, en el primer instante, parece individual. Y aunque al comienzo reaccionemos activando funciones esenciales de supervivencia que nos conectan a los reptiles, somos también animales de lenguaje, los humanos, y estamos atados a esos hilos que nos conectan con nuestra común humanidad y que parecen rotos, de repente. En un terremoto, como en cualquier duelo, el tiempo y el espacio se fracturan y las continuidades que dábamos por ciertas —aquel recorrido por calles conocidas, ese tiempo que transcurría con sus ritos, sus horarios y sus rutinas entre un espacio y el siguiente— se llenan de grietas, y por ellas se asoman la muerte y la vulnerabilidad, que parecían postergadas bajo el hechizo del control. Un terremoto no se puede contar (únicamente) en estadísticas. Aunque las cifras de muertos, de heridos y de pérdidas materiales requieran atención inmediata, hay otras cifras: capas de incertidumbre y de dolor que necesitan ser contadas, con toda la polisemia de ese verbo, contar. Alguien me dijo que acababa de descubrir en esa frase, "está temblando", una función del lenguaje. Desde entonces pienso en esas funciones de escribir y de narrar —en la función de las palabras—, que parecen tan inútiles cuando la supervivencia esencial está amenazada. Pero que salvan. "Yo solo sé escribir", escribió la periodista y escritora manizaleña Adriana Villegas, quien ha dedicado parte de su trabajo a recuperar las voces silenciadas de las autoras de su tierra y que ha creado, junto con Ana María Mesa y Camilo Vallejo Giraldo, Barequeo, https://barequeo.com, un portal de periodismo artesanal —fíjense en el significado del binomio en estos tiempos—. Con esa fuerza que van cobrando los proyectos ("nadie sabe, o imagina, para quién trabaja"), Barequeo abrió sus páginas virtuales a todas las escrituras en todos los lenguajes visuales y verbales, y a todas las voces humanas que necesitan poner en palabras las grietas que va dejando el terremoto, en una sección que se titula ‘Sismo Resistentes’ en la que han escrito maestros sobre lo que significa dejar de lado los miedos para volcarse hacia el cuidado de sus estudiantes, fotógrafos que recogen una memoria urbana compartida, en proceso de demolición, familias y gente común y corriente como todos nosotros, los humanos, que necesitan organizar el movimiento de la tierra en el hilo de una historia: en ese hilo del lenguaje que da continuidad al antes, el durante y el después. Desde los tiempos de Scherezade, o más atrás, narrar es buscar esa continuidad en el hilo del tiempo, para ponernos a salvo. Y es reconocer también esas capas de significado que, al contrario de lo que alguna vez aprendimos, no están puestas en un orden lineal, desde lo fisiológico hasta lo emocional, sino superpuestas como las capas de la tierra que se mueven y nos demuestran, junto con la vulnerabilidad, la necesidad de estar juntos, abrazados en palabras.
Habitación propia
Yolanda Reyes