Jueves, 20 de Agosto de 2026

Claudio Tolcachir y los 25 años de un clásico que llega con versión local: "Hoy es todo mucho más tremendo"

UruguayEl País, Uruguay 20 de agosto de 2026

A 25 años del estreno de "La omisión de la familia Coleman", el dramaturgo argentino Tolcachir habla de su vigencia, la familia y un mundo que naturaliza cada vez más lo inaceptable.

Cuando Claudio Tolcachir estrenó La omisión de la familia Coleman en 2001, en una pequeña sala de 45 localidades de Timbre 4, no estaba pensando en construir uno de los fenómenos más perdurables del teatro argentino.

Veinticinco años después, la obra lleva más de 2.200 funciones, pasó por 24 países y participó en decenas de festivales internacionales, siempre con el mismo elenco. Lo que comenzó como una experiencia de teatro independiente terminó dialogando con espectadores de distintas edades, culturas e idiomas. Tolcachir todavía no termina de entender del todo por qué ocurrió ese fenómeno, aunque sí reconoce algo que permanece intacto: la obra sigue hablándole de cerca.



Ahora, la premiada obra llega a Uruguay con elenco local y funciones en teatro Movie desde mañana a las 20.15. Entradas por la web del Movie.

La omisión de la familia Coleman nació de una crisis. Tolcachir quería contar sobre una familia que fuera el punto de partida para hablar de algo más amplio: cómo se sobrevive cuando se está "hasta el cuello", el egoísmo, la responsabilidad sobre los otros y el mirar a otro lado. La violencia naturalizada en esa casa era también una forma de hablar de una sociedad que había aprendido a convivir con situaciones que, en otro momento, habrían parecido intolerables.

Por eso el paso del tiempo no volvió obsoleta a la familia Coleman. Para Tolcachir, pasó lo contrario. Aquella familia que en 2001 parecía extraña o disruptiva hoy resulta mucho más reconocible.


La nueva versión que llega a Uruguay tiene, además, una particularidad: Tolcachir no la dirige. El drama está a cargo de Diego Faturos, integrante del universo original de la obra, y cuenta con un nuevo elenco, totalmente uruguayo. El dramaturgo participó en la elección de los actores y en los ensayos, pero su expectativa no es que reproduzcan aquello que él imaginó hace 25 años. Al contrario: quiere que sea apropiada por otro elenco, otras voces y sensibilidades.

¿Qué te pasa hoy cuando volvés a La omisión de la familia Coleman, después de 25 años?
Me sorprende mucho. Hace poco volvimos a Madrid y pude verla, y enseguida nos pusimos a ensayar y a corregir cosas. Volví a verla y, por suerte, me sorprende, es como si la hubiera escrito otro. Me pasa siempre que escribo: es como si realmente las manos las tomara otro y empezara a generar los diálogos y las historias. Siento que sigue muy viva, que tiene una musicalidad y una forma de contar que me representa. Y me sigue pareciendo súper atractiva.

También debe ser distinto verla en otros cuerpos y con otras voces.
Sí. Hasta ahora la había hecho con los actores argentinos, la dirigí con un grupo catalán, en otro idioma, y recién la volví a ver con otro elenco en Uruguay. Me gustó muchísimo escuchar otras voces y ver otros cuerpos. Cada actor le agrega a los textos y a los personajes algo personal. Más allá de que el elenco original está escrito para ellos, cuando un actor toma un personaje se lo puede apropiar. Y eso está buenísimo.


¿El paso del tiempo también te permitió entender cosas que habías escrito de otra manera?
Sí. Yo era muy chico, tenía 28 o 29 años, y tal vez hay cosas que entiendo más ahora de lo mismo que escribí. O que fui viviendo después de escribirlas. La desintegración familiar, el egoísmo, la desesperación eran cosas que me conmovían en ese momento, pero que después fui viviendo de una manera más consciente. La obra sigue hablando de cosas que me importan: esa desesperación que provoca que nos volvamos individuales, que no nos hagamos cargo, que no nos sintamos responsables de los demás.

Hoy la familia Coleman parece menos extraña hoy que cuando la escribiste.
Sí. Yo siempre sentí que escribir sobre una familia era una excusa para hablar de un comportamiento social. Cuando la escribí, Argentina estaba atravesando una fuerte crisis de la que todos éramos parte y de la que todos éramos conscientes, y sin embargo la habíamos dejado ser. Para mí, el funcionamiento de los Coleman, esa forma de naturalizar la violencia, lo inaceptable o lo absurdo, era una manera de hablar más allá de la familia. El gran tema no era la familia, sino cómo cada uno de esos personajes subsistía cuando estaban ahogados hasta el cuello.


¿Y eso sigue vigente?
Sí, incluso un poco peor. El límite de lo que naturalizamos se va corriendo y hoy es todo muchísimo más tremendo. Estamos como en un cuarto acto de los Coleman por las cosas que estamos viviendo. Pero tengo la sensación de que en Uruguay hay ciertos valores que todavía no se tocan, que se conservan humanamente, empáticamente. En Argentina conquistas que parecía que nunca iban a discutirse volvieron a ponerse en discusión.

Después de tantos años, ¿qué te sigue dando curiosidad del teatro?
A mí el teatro me deslumbró, me fascinó, me emocionó y me salvó la vida, sin duda. Y creo que uno sigue persiguiendo recuperar esa primera fascinación. Busco momentos de verdad, de inspiración, de vuelo. Lo genuino me parece algo muy valioso y muy difícil de encontrar: cosas que realmente no están pensadas para aleccionar, conmover o sorprender, sino que salen de alguien desde un lugar muy profundo.

¿Y qué buscás hoy cuando vas al teatro como espectador?
Poesía. Me sale decirte eso: busco poesía. Cuando el teatro se vuelve un discurso demasiado claro de enseñanza, a mí me aplasta.

Esta vez, te toca soltar un poco la obra. No la dirigís y hay un elenco nuevo. ¿Cómo te llevás con eso?
Nunca tuve problema con eso. Cuando escribí la obra para un grupo, hicimos un pacto. Ese grupo había ensayado meses y meses sin cobrar un peso para hacer una obra de un dramaturgo nuevo, así que me comprometí a que mientras el elenco pudiera viajar yo no iba a dar los derechos de la obra para no quitarles posibilidades de trabajo o de giras. En determinado momento nos dimos cuenta de que en Uruguay ya habíamos ido al Solís, al Galpón, habíamos hecho giras por el interior y lo más probable era que no volviéramos. Entonces apareció esta propuesta.

¿Y qué esperás de una nueva versión?
A partir de que lo va a hacer otro, lo que más me dan ganas es que una propuesta me sorprenda, más que que hagan exactamente lo que yo imaginé. Eso ya lo hice yo. Estoy muy presente porque participé en la elección de los actores, estoy en los ensayos y hablo con Diego Faturos, el director, y con Diego Sorondo, el productor. Pero lo que más me interesa es que la inspiración entre esta gente también haga aparecer cosas nuevas. No soy un padre posesivo en eso. Tengo más la ilusión de ser sorprendido.
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