La gobernanza no es un lujo de las grandes ligas
Cuando hablamos de gobierno corporativo en Chile, la conversación casi siempre ocurre en el mismo nivel: grandes conglomerados, family offices consolidados, empresas que ya tienen directorio formal y equipos dedicados a cumplimiento
Cuando hablamos de gobierno corporativo en Chile, la conversación casi siempre ocurre en el mismo nivel: grandes conglomerados, family offices consolidados, empresas que ya tienen directorio formal y equipos dedicados a cumplimiento. Pero ahí no está la mayoría de nuestro tejido productivo empresarial. Las empresas familiares y empresas medianas son la enorme mayoría de las compañías del país y generan gran parte del empleo. Sin embargo, casi no aparecen en el debate sobre gobernanza, como si las buenas prácticas fueran un lujo reservado a quienes ya alcanzaron cierta escala.
Y esta idea es un error. La gobernanza no depende del tamaño de la empresa, depende de la calidad de las decisiones que se toman en ella. Una empresa mediana sin directorio formal igual toma decisiones críticas para operar, desde a quién incorporar a la gerencia, cuánto endeudarse, cuándo invertir, cómo enfrentar un período de menor crecimiento, cuándo incorporar nuevos socios o cómo preparar la sucesión cuando el fundador comienza a alejarse de la gestión. La diferencia es que esas decisiones suelen tomarse sin un espacio estructurado de contrapeso, sin información independiente y sin nadie que pregunte lo incómodo.
No se trata de exigirle a una empresa mediana que replique el directorio de una sociedad anónima abierta, sino de incorporar, de forma proporcional, algunos hábitos simples, pero no por eso menos relevantes: reuniones periódicas con tabla y actas, mirada externa, indicadores que se revisen con disciplina y no solo cuando algo ya salió mal, y una separación mínima entre propiedad y gestión, aunque ambas recaigan en la misma familia.
El beneficio no es solo de mediano plazo, de lo que estamos hablando es de contar con algún nivel de gobernanza estructurada que les permita contar con mejor acceso a financiamiento, desarrollar un modelo de retención de talento, fortalecer el control y la gestión de riesgos y, sobre todo, mirar el largo plazo para ser sostenibles en el tiempo.
Si de verdad queremos mover el crecimiento, en un país con una economía estancada y con un alto nivel de desempleo, el desafío entonces para quienes trabajamos en esta industria es dejar de hablar de gobierno corporativo como si fuera solo el lenguaje de las grandes ligas. Democratizar buenas prácticas, adaptadas y proporcionales a cada compañía, podría ser el aporte más concreto que le hagamos a la productividad del país en la próxima década.
El desafío entonces para quienes trabajamos en esta industria es dejar de hablar de gobierno corporativo como si fuera solo el lenguaje de las grandes ligas.