Lenguaje sutil
Hay oficios que sorprenden por la belleza de lo que producen, y otros, por la materia con la que se realizan. La microcestería en crin reúne las dos cosas. En Rari, Región del Maule, las manos de sus artesanas convierten el pelo de la cola del caballo en toda clase de figuras. Juana Cabrera es una de ellas, y esta es su historia.
E n Rari, Región del Maule, el tejido en crin es un oficio de precisión que se ha transmitido entre mujeres, y que ya tiene varios reconocimientos: la localidad fue declarada Ciudad Artesanal del Mundo por el World Crafts Council y la artesanía en crin forma parte del Registro de Patrimonio Cultural Inmaterial de Chile. Además, cuenta con Denominación de Origen, que reconoce la particularidad de estas piezas y su vínculo con el territorio.
Pero la historia del lugar es mucho más antigua; antes de la crin, las artesanas de Rari trabajaban con fibras vegetales que encontraban en las riberas de los ríos. Las extraían, limpiaban, humedecían y teñían con cortezas y pétalos para elaborar pequeños canastos. Probaron más tarde con pelo de vaca, pero su forma plana dificultaba el tejido. La crin de caballo, en cambio, resultó más apropiada por su flexibilidad, resistencia y brillo. Hasta hoy, las tejedoras la obtienen a través de recolectores y comerciantes, y para la estructura de las piezas utilizan una fibra vegetal proveniente de México, ya que las especies que se empleaban antiguamente en la zona son hoy escasas.
El tejido requiere solo dos instrumentos: aguja y tijeras. Entre las técnicas tradicionales están el entramado simple y el tipo ajedrez, y así se elaboran flores, animales, rosarios, collares, aros y pequeños objetos decorativos. El tamaño reducido de las piezas exige un trabajo minucioso: las formas se construyen hebra por hebra, sin moldes. Una flor, por ejemplo, puede comenzar con una base plana a la que se van incorporando sucesivas fibras hasta formar los pétalos.
Todo esto lo cuenta Juana de las Mercedes Cabrera Sarabia, quien teje desde los cinco años. No fue su madre quien le enseñó, sino una vecina a la que solía visitar, y de quien aprendió solo mirando. Luego continuó junto con sus tías que también se dedicaban al oficio, y salvo cortos períodos de interrupción, ya lleva más de cincuenta años trabajando con la crin.
Sus piezas nacen muchas veces de la observación directa: puede mirar una flor y reproducirla a partir de la estructura que tiene en mente. El proceso exige experiencia, regularidad en la tensión y un control preciso de los dedos para conseguir que el material conserve la forma.
Los colores, que antiguamente se obtenían con elementos naturales, se logran hoy con anilinas. El resultado mantiene, sin embargo, una característica esencial del oficio: convertir materiales finos y flexibles en estructuras pequeñas, resistentes y de gran complejidad.