La actriz habla de la puesta en escena de la Comedia Nacional del texto de Federico García Lorca
Es Bernarda Alba en la puesta de la Comedia Nacional del clásico lorquiano que, claramente, está siendo el acontecimiento cultural del año. Lo demuestran las entradas agotadas, la ansiedad por verla y una unanimidad consagratoria que evidencia la ovación que saluda cada una de las funciones.
Es otro papel consagratorio de Blanco, una de las grandes actrices y directoras uruguayas, aunque, como ella dice a El País, esta La casa de Bernarda Alba, dirigida por la española Amelia Ochandiano, es un trabajo colectivo de "muchas mujeres con mucha garra". Sobre la obra, el éxito, sus métodos de trabajo y sus referentes, Blanco charló con El País.
¿Cómo es eso de que haya tanta unanimidad con su trabajo y con la obra?
Son muchas coordenadas las que provocan eso, y no todas necesariamente artísticas. A veces sucede y a veces no. Podemos hacer lo mismo -trabajamos mucho, con rigor y con pasión-, y que después eso no suceda. Es insoslayable que el público cierra algo. Y acá sucedió. Las cosas que dependen de nosotras pueden ser la elección de un gran equipo de intérpretes, con el que nos llevamos muy bien.
Es una obra muy colectiva...
A veces parece que Bernarda Alba, por el título y por el personaje icónico, fuera una obra de una sola protagonista. Y si mirás, son todas. Hay una sinergia que hace que funcionemos muy bien juntas. Además, están las bailarinas, que son pasantes de escuelas, de teatros, estudiantes. Entonces hay algo de muchas mujeres con mucha garra. Es un placer ir a hacer la función y los ensayos han sido divinos.
Y está el trabajo con Ochandiano.
-Amelia vino unos meses antes a elegir a la gente, hicimos lecturas. Y se inició un proceso muy interesante. Ella ya tenía dibujados los movimientos escénicos, toda una coreografía -viene de la ópera y de la zarzuela, todo era muy operístico-, pero se dejó encantar. Y ahí se produce el encuentro entre la directora y la actriz. Cuando eso no sucede, se traba todo. Y muchas veces no pasa. Como actriz estás dándolo todo, entregando cuerpo y alma a una sola mirada, la de la directora, y si esa mirada no es amorosa, calma, recibidora, contenedora, me cuesta muchísimo. Y acá estuvo esa mirada.
¿En qué momento descubrió al personaje?
Un día Amelia y no quiero ponerme en el centro ni darme todos los méritos me dijo : "Me está interesando mucho lo que estás proponiendo: es como por momentos ver El padrino". Curiosamente, yo había estado enferma en cama y había visto toda la saga de El padrino porque quería ver cómo era la mafia, cómo eran esos tipos, cómo era esa cosa que representa Bernarda, que es el patriarcado, aunque sea una mujer, y eso está muy latente y muy actual. Y me animé a componer algo físico, raro, agresivo; una mujer que anda con las piernas abiertas, que se tira arriba de las hijas, les pega, las muerde. Entra diciendo "Silencio", "los pobres son como los animales". Es muy bestia. Y pensaba cómo hacer para meterme ahí. Fui por las fisuras y empecé a encontrar sus momentos de angustia, qué la conmueve. Y ahí estuvo bueno.
Quería hacer una Bernarda distinta. ¿Siente que lo logró?
Traté de no ser una vieja con bastón. El bastón es para pegar. Anda sin bastón, sin problema. No quería hacer esa Bernarda que todo el mundo recuerda. Y me tiré, y fue un proceso exquisito. Recuperé, además, algo que había perdido: sentirme expresada, sentir que me animaba a hacer cualquier cosa. No me daba vergüenza nada y sabía que había una mirada receptiva, aunque a veces me dijera: "Uy, esto es mucho".
Todo eso aparece en los ensayos...
Vas probando y también está el encuentro con la otra. En la escena con Martirio, la hija que representa Florencia Zabaleta, cuando le voy a pegar, Florencia me hizo frente en un ensayo, me frenó las manos. Y le tiré una mordida. Y fue una escena tan brutal, tan bestia, que quedó desde el primer día. Era lo más animal posible y salió en un ensayo.
He venido entrevistando a mucha gente de teatro y siempre surge el nombre de Nelly Goitiño de quien usted fue alumna y amiga...
¡Qué alegría que se la recuerde! Fue un ser excepcional, una filósofa. Tuve mucha suerte con los maestros que tuve. No quiero ser reaccionaria y decir que todo tiempo pasado fue mejor. Me alegro de haber estado en la bisagra, porque a mí me gusta mucho lo contemporáneo, lo nuevo, la juventud. Voy a full con eso. Pero cuando pienso en Nelly...
¿Cómo era?
Tenía el don de la oratoria, que no es poca cosa. Y el "pienso" de Nelly... Ella pensaba. Había una situación, ella se quedaba un ratito y cuando hablaba, la palabra era justa, contundente, amorosa, revolucionaria. Y estaba todo lo que sabía, lo que leía. Estar en una de sus clases o en una de sus obras era algo enorme.
Otra maestra y referente de la que usted habla es Nelly Antúnez...
¡Que hizo de Bernarda Alba! Otra grandiosa. Ella era más del cuerpo, del hacer, del oficio, de lo artesanal.
Cuando encara un papel así, ¿están las dos? ¿Tiene el pensar de Goitiño y pone el cuerpo como Antúnez?
Diría que voy más como Nelly Antúnez: el oficio, poner el cuerpo, mandarse. No es tanto pensar. La que piensa es la directora y ordena. Sí pienso, claro, y hay mucho estudio de la letra que, como el solfeo, es muy ingrato y lleva un tiempo enorme. Entonces después estás deseando ir al ensayo y pasar eso al cuerpo y encontrarte con las otras actrices.
Cuando le mencioné a Goitiño era porque ella decía que cada obra encontraba su método. ¿Cómo lo encuentra usted?
Lo vas construyendo. Me apasiona cuando una directora o un director ofrece un método y trabaja desde eso. Pero Bernarda Alba fue muy colectiva.
Es un personaje con mucha tradición de Margarita Xirgu. a nuestros días. ¿Le pesaba eso?
Hay algo de la vanidad que dice: "¡Qué divino que hice Bernarda, Yocasta, Lady Macbeth!". Grandes papeles. Eso está bueno por el lado del ego. Después, en la cocina, es lo mismo: allí tengo un gran ego y una profunda humildad. Las dos cosas. Sentí en un momento, sí, el peso de pensar que estaba haciendo algo que habían hecho grandes nombres.
¿Cómo reacciona su cuerpo después de cada función?
Ahora no lo siento tanto, pero en los ensayos sí, tanto que me enfermé dos veces y estrené con una disfonía grande, tuve que hacer todo un tratamiento. Fue difícil. Estaba agotada. Algo me sucedió cuando pasamos de la sala de ensayo a la sala grande. Se te impone. Y ahí sufrí una cosa rara que yo misma me pregunté: "¿Qué me pasó?". Me costaba, perdía la voz, pedía micrófono. Estuve incómoda. Me pegó Bernarda. Terminaba agotada, afónica, me iba a mi casa a dormir. No hacía nada, tomaba té todo el día. Después estrené, empezaron las funciones y ahora las puedo disfrutar. Pero siempre me pasa eso. Disfruto mucho. El estreno es una cosa muy hermosa y muy abismal también. en donde sentís qué puede llegar a pasar pero eso quizás sea por inseguridad. Pero en la función cuando entramos todas y yo entro la última y veo que está lleno hasta arriba, impresiona y por un lado, decís: "Qué maravilla esto", y por otro lado decís: "¿Cómo hago?". Cuando saludamos al final estoy al lado de Alejandra Wolff y de Jimena Pérez y decimos: "Recordemos esto, porque no pasa siempre".
¿Las funciones tienen sus momentos mágicos?
El otro día me pasó algo hermoso. Estaba en la mecedora y ahí hay una frase preciosa, que es el único encuentro con ellas, una noche hablan de las estrellas y ella está como más calma y Bernarda dice una frase preciosa: "Los antiguos sabían muchas cosas que hemos olvidado". Miré para arriba como si mirara las estrellas y de golpe veo los nombres: Shakespeare, Molière, y ese fresco de Solís, esa lámpara. Esas cosas pasan y solo podés decir "qué maravilla". ¡Es el teatro!