Agosto
"!Ay, mijito, este invierno ha sido tan duro¡", espeta tía Waverly una de estas tardes de agosto
"!Ay, mijito, este invierno ha sido tan duro¡", espeta tía Waverly una de estas tardes de agosto. "Hacía tiempo que no pasaba tanto frío. Tú sabes que a mí me gusta, que lo prefiero al calor. Que amo los chalecos y las bufandas, los chales y esas cosas. Sabes también muy bien que yo y el verano no somos muy amigos. Pero te juro que este invierno ya me tiene harta y lo único que quiero es que suban las temperaturas de una vez por todas", agrega, en una especie de desahogo con cierto cariz teatral. "Pues tía", le retruco, "es que efectivamente ha sido pesado este invierno. Además, esa laringitis que tuvo hace unas semanas fue muy insoportable y en muchos aspectos. Me sorprende que haya salido tan bien librada del trance. Yo en algún momento temí por...". "Calla, tontín", me interrumpe enérgica, "sé muy bien lo que temiste. Pero, ya ves, este atado de huesos tiene para rato y, como la mala hierba, vivirá aún muchos años".
Me quedo pensando que el problema que vamos a enfrentar en unos meses más consistirá en olas de calor sofocantes, infernales, como las que ha padecido Europa este año. Y no sé si, entonces, tía Waverly va a estar tan ganosa de generosas temperaturas como ahora. En una de esas se me empieza a derretir como vela frailera y yo qué sé cómo salimos de esa... Pero, en fin, no se saca nada con adelantarse. Hay que ir viviendo al día y lo que importa ahora es que la tía pase agosto. "Vaya si no voy a pasar agosto, niño insolente", dice, como si me hubiera leído el pensamiento. "!De mí no te libras¡".