Novela y tiempo
"El misterio central del arte de la novela es crear en el lector el sentido del paso del tiempo", escribió Edith Wharton.
"Solo el Árbol de la Vida es verde, todas las teorías son grises", dijo alguna vez Goethe, quien se jactaba además de "nunca haber pensado acerca del pensamiento". Cuando metemos la teoría en la literatura siempre hay algo que no anda bien. Todas estas prevenciones se toma Edith Wharton en Escribir ficción en 1924, cuando no existía todavía la teoría literaria, que recién asoma hacia 1950 en las universidades norteamericanas. Son pues consideraciones empíricas que refieren al trabajo literario de la propia autora. Wharton había conocido el éxito con La edad de la inocencia , con el que ganó el Pulitzer en 1921. Para entonces, ya habían visto la luz el Ulises de Joyce y En busca del tiempo perdido de Proust, vale decir, la gran revolución en la novela moderna ya había ocurrido, si sumamos también El proceso de Kafka. Se supone que uno de los impulsos para escribirlo fue la publicación de American Fiction por parte de Virginia Woolf, donde esta las emprendía contra Wharton y Henry James, acusándolos de que su obra no aportaba nada nuevo a la ficción del siglo XX. El cargo acerca de este último aparece del todo arbitrario si consideramos que James es de todas maneras el primero en utilizar el punto de vista de conciencias múltiples que Woolf utilizará profusamente en su obra. Pero hay un punto en particular en el que se detiene, y que juzga decisivo en la construcción de la novela: este es la conciencia del tiempo en la escritura de la obra de ficción. "El misterio central del arte de la novela es crear en el lector el sentido del paso del tiempo". No es un hallazgo de Wharton, por supuesto, pero hace muy bien en centralizar ese aspecto en particular. En las dos grandes obras mencionadas, el Ulises de Joyce y En busca del tiempo perdido , contra lo que se supone, no son sus hallazgos formales respecto de la forma novela lo que las hacen precursoras, sino su tratamiento temporal. La primera transcurre en un día, un 16 de junio de 1904 en Dublín, donde dos personajes deambulan un poco sin asunto por la ciudad. La segunda cubre más o menos cuarenta años de vida de al menos una veintena de personajes que transitan desde la niñez del narrador hasta el impresionante cuadro de senectud en la fiesta en el último tomo. Junto con este magistral manejo del transcurso, el avance inexorable del tiempo del calendario, el autor se regocija en atrapar el instante revelador, la durée, la duración, concepto que Proust lleva hasta el paroxismo. El tiempo detenido, dilatado, de la reflexión interior, de la contemplación y la evocación, mientras en el afuera el tiempo cronométrico sigue su curso, hacen que el lector viva en la lectura una temporalidad que se confunde con la vida misma. La idea de Heidegger según la cual el estar es un estar en el tiempo, aquella vibración del momento es la experiencia que nos abre las puertas del ser, Proust lo expresa en cada ser o cosa observada en un instante dado. El "Ulises", en tanto, es una novela entera en tiempo real, ningún acto ocurre fuera de la secuencia del tiempo del minutero de ese 16 de junio; esa es su hazaña y no otra. Todo en ella ocurre ante los ojos del lector, nunca algo es contado , sino todo es mostrado en su acción; según los modos narrativos que definió James, está enteramente en modo show y no hay una sola frase en modo tell . Según Nabokov, "Joyce regula el elemento temporal del 'Ulises' mediante el lento paso gradual de un papel arrugado por el río, desde el Life y hasta la bahía de Dublín".
El mismo Nabokov celebra en Tolstoi una especial virtud en el manejo del tiempo. "Es el único escritor que conozco cuyo reloj está puesto en la hora de los relojes de sus innumerables lectores. La prosa de Tolstoi lleva el compás de nuestro pulso, los personajes parecen moverse con el mismo andar de la gente que pasa por nuestra ventana mientras leemos el libro". Cuando se habla de la cuestión siempre espinuda de la estructura narrativa, estamos hablando de la estructura temporal, no hay otra espina dorsal para estructurar el relato, sin importar su extensión.
Dice Wharton que "la ficción moderna nació cuando la acción se trasladó de las calles al alma", con lo que quiere decir que ya no bastaba con una buena historia, sino que era la interioridad de los personajes, su psique, los límites de su personalidad, la que les otorgaba tracción a los personajes puestos en situación. Las formidables escenas de grupo de Tolstoi, en que los personajes se mueven en una sala abarrotada, cada uno cargado de intención, semejan una danza, lenta, que transcurre en tiempo real, y da esa sensación gratificante de que la vida está transcurriendo. La literatura de ficción no tiene otro objetivo que dar vida. La verdad, en literatura, no es sino eso.