Repita después de mí
La semana pasada nos dejaron dos grandes artistas, cada una rupturista, a su manera: Dolly Parton y Yayoi Kusama
La semana pasada nos dejaron dos grandes artistas, cada una rupturista, a su manera: Dolly Parton y Yayoi Kusama. Gracias a los 1,5 millones de kilómetros de cables marinos existentes, el mundo entero se enteró prácticamente al instante. Entre todo lo que se ha dicho sobre ellas, rescato dos botones de muestra de su genialidad. Enormemente exitosa y elogiada por su voz y su habilidad para escribir las más de 3 mil canciones que dejó Dolly Parton como legado, su manera de vestir no lo era tanto. Consultada sobre su estilo -tacones altos, faldas ajustadas, busto grande bajo un escote generoso-, ella contestó "te sorprenderías cuánto cuesta verse tan ordinaria" (traducción libre), un giro que solo aumentó el afecto público por ella. Giros también nos hacía dar Yayoi Kusama y su pasión por los círculos y las esferas, invitando a los asistentes de la Bienal de Venecia de 1966 -a la que se coló, porque no fue invitada- al "Jardín de Narciso": mil quinientas esferas de plástico espejado desplegadas sobre un césped. Cada visitante podía verse reflejado, distorsionado, en cada una -un campo infinito de autorretratos- y luego comprar una de ellas por alrededor de dos dólares, atendido por la artista, al lado de un cartel que decía "Tu narcisismo en venta". (Los organizadores le prohibieron seguir vendiendo las esferas por ser una actividad comercial no permitida, pero dejaron la muestra).
¿Podrá la inteligencia artificial (IA) dar estos giros creativos? En un debate público fuertemente influenciado por las empresas que participan del mercado de la IA y especulaciones sobre el futuro del empleo y de la humanidad, cabe enriquecerlo volviendo a pensar con claridad sobre lo que es, y no es, la IA, y sus potencialidades y riesgos tanto en el trabajo como en la vida personal.
En términos muy resumidos y sencillos, la IA es la capacidad que tienen hoy los computadores de predecir con altos niveles de certeza las palabras, sonidos o imágenes que vienen a continuación de un texto o secuencias de sonidos o imágenes, sobre la base de toda la información digital disponible o sobre la cual hayan sido entrenados. Es decir, al ser consultados, solamente pueden entregar resultados basados en los datos digitales que existen. Su gran ventaja sobre nuestro cerebro es que tienen una mayor capacidad computacional, habilitada principalmente por desarrollos en los chips y la capacidad de almacenamiento de datos y la generación de gran cantidad de datos en formatos de texto primero, imágenes y videos, después. Es esta ventaja la que les permite superarnos en tareas altamente estructuradas y con gran abundancia de datos, como lo son la interpretación de imágenes médicas o juegos como el ajedrez. Pero, al contrario, mientras los humanos hemos adquirido durante la evolución la extraordinaria capacidad de trasladar nuestros aprendizajes sobre cómo funcionan las cosas de ámbitos menos estructurados y conocidos a ámbitos desconocidos, los computadores son tontos.
Quizás sea justamente nuestro narcisismo el que nos hace maravillarnos de un ente con capacidades semejantes a las nuestras, confiar en él y asignarle personalidades y capacidades humanas, y, al observar una respuesta inesperada, clasificarla de creativa. Pero tenemos que recordar que los computadores en ningún caso tienen empatía ni emociones, y si parecen tenerla, es simplemente porque repiten patrones que la humanidad ha generado y registrado en el mundo digital. El romper esquemas del pasado con combinaciones inéditas (graciosas o bellas) puede ocurrir como resultado estadístico, pero no es en ningún caso un acto con propósito como lo era en el caso de Dolly y Yayoi, y de tantos otros artistas. Ellas podían vivir de sus creaciones, pero su dedicación al arte no obedecía a cálculos económicos y al menos en alguna medida se debía a algo que todos hemos experimentado: el goce de la experiencia creativa.
Todavía no podemos siquiera expresar en palabras estados cognitivos o emocionales como este, pero, aunque se logre digitalizar y entrenar a la IA con ellos, la advertencia sigue siendo válida: nunca tendrá sentido delegar en la IA lo que estructuralmente no puede ofrecer -sentido de propósito, juicio genuino, disposición a romper el molde por el puro goce de crear- y que hacen la diferencia entre las organizaciones que seguirán siendo exitosas y las que no lo lograrán. Porque, repita después de mí: la IA solamente combina y repite lo que la humanidad ya ha creado.
QUIZÁS SEA JUSTAMENTE NUESTRO NARCISISMO EL QUE NOS HACE MARAVILLARNOS DE UN ENTE CON CAPACIDADES SEMEJANTES A LAS NUESTRAS, CONFIAR EN ÉL Y ASIGNARLE PERSONALIDADES Y CAPACIDADES HUMANAS.