¿Quieres protestar?
Lo importante es organizarse para hacer una manifestación. Luego se verá el motivo.
Instructivo -valga la redundancia- es revisar los instructivos que la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios (ACES) difunde en redes sociales para enseñar a sus pares cómo protestar.
"¿Quieres organizar una jornada de protesta en tu colegio pero no sabes por dónde empezar?", invita, por ejemplo, una joven de llamativo pelo rojo, en un video elaborado a propósito de una manifestación convocada por la ACES para este jueves. "Primero arma un grupo, no importa si son cinco o son diez. Lo importante es comenzar", aconseja luego otro adolescente. A continuación, sigue la muchacha del inicio, "convoquen una asamblea donde más estudiantes puedan participar, discutir y proponer ideas". Recién después de todo eso es que se plantea lo que el sentido común habría dicho iría primero. "¿Y qué vamos a exigir?", se pregunta el joven, a lo que su compañera contesta: "Definan juntos qué está pasando. Elijan dos o tres demandas claras". Luego continúan los consejos: contactar a otros colegios, definir por dónde se movilizarán, escoger una consigna y elaborar pancartas, además de difundir el llamado por redes sociales y WhatsApp.
Con un tono cándido, no muy distinto del que se usaría para hablar de un paseo de curso, el video termina transparentando aquello en lo que se han convertido las manifestaciones estudiantiles: un ejercicio donde la protesta, antes que perseguir un objetivo específico, ha pasado a ser un fin en sí mismo. Por eso, definir una demanda pasa a ser una cuestión secundaria, algo que se resuelve a posteriori . Lo verdaderamente importante, como explica el video, es "comenzar", es decir, organizarse para hacer una manifestación, luego se verá el motivo.
Hay en todo ello una suerte de nihilismo, que da cuenta de la deriva cada vez más radicalizada que ha seguido el movimiento secundario y en particular la ACES. Nació esta a principios de los 2000 y alcanzó notoriedad en el movimiento pingüino de 2006. Por entonces, partidos tradicionales, como el PS, tenían allí una presencia relevante. En los años siguientes, sin embargo, el liderazgo lo tomó el ultrismo, como quedó claro en el estallido de 2019. En esos días, la ACES fue originalmente parte de la Mesa de Unidad Social, la que luego abandonó, abogando por una línea aún más radical. Así, bajo la vocería de Víctor Chanfreau, sus acciones más sonadas incluyeron un violento boicot contra la Prueba de Selección Universitaria (antecesora de la actual PAES), el que perjudicó a miles de jóvenes, y la prolongada (ocho meses) toma del INDH, en solidaridad con los "presos de la revuelta".
El notorio cambio de ánimo ciudadano -motivado en parte por esas mismas acciones- y el consiguiente descrédito de aquellas dirigencias, restaron protagonismo a la ACES en los años siguientes, pero el sustrato contestatario ha persistido y tomado nuevos bríos tras la llegada al gobierno de José Antonio Kast, que llevó a una casi automática reactivación de las protestas. Estas por ahora han carecido del impacto y masividad del pasado, pero son evidentes tanto la apuesta por revivir en algún momento el escenario de 2019 como la nostalgia de esos días por parte de la izquierda más dura. Reveladores son en este sentido algunos de los comentarios laudatorios con que adultos replican, en las mismas redes sociales, los llamados e instructivos de la ACES. "Miles de gracias", "lindos", "los estudiantes siempre dando clases de lucha", son algunas de las frases de quienes parecen anhelar que menores de edad en proceso de formación sean la herramienta que les permita cumplir gastados sueños revolucionarios.
Esta última actitud hoy parece propia de voces marginales en el debate público, pero inevitable -e inquietante- es recordar que hace apenas un lustro fue la corriente dominante en la izquierda y centroizquierda, que por entonces idealizaba el salto de torniquetes como ejemplo de "resistencia civil" y agradecía a esos estudiantes de colegio haberles sido útiles para imponer su agenda programática.