El dólar no es
una política de competitividad
Daniel Gómez Gaviria
Cada vez que el peso se aprecia aparece la misma tentación: pedirle al Banco de la República que haga algo
Daniel Gómez Gaviria
Cada vez que el peso se aprecia aparece la misma tentación: pedirle al Banco de la República que haga algo. Comprar dólares, controlar capitales o buscar algún mecanismo que empuje la tasa de cambio hacia arriba. Hoy vuelven a escucharse voces reclamando una intervención más activa del Banco. El problema es que ya hemos probado ese camino. Colombia ha utilizado distintos mecanismos para influir sobre los flujos de capital y la tasa de cambio. En 2007, por ejemplo, se restableció un depósito sobre el endeudamiento externo. Estos instrumentos tienen costos. Encarecer el financiamiento externo termina afectando las condiciones del crédito interno por arbitraje y puede castigar precisamente lo que necesitamos: inversión y crecimiento. Tampoco deberíamos exagerar la capacidad del Banco para determinar el precio del dólar. Un estudio del propio Banco sobre las intervenciones entre 2000 y 2019 encuentra efectos limitados o nulos sobre la tasa de cambio. Cuando existen, duran desde algunos minutos hasta máximo dos días. No es que toda intervención sea inútil. El Banco puede intervenir para acumular reservas o enfrentar episodios de alta volatilidad. Lo que no tiene sentido es utilizar la política cambiaria para defender un determinado nivel del dólar o compensar problemas de competitividad. Además, comprar dólares no es gratis. El Banco entrega pesos a cambio y aumenta la liquidez. Si esa expansión no es consistente con la política monetaria debe esterilizarla. En un contexto de desequilibrio fiscal y fuertes presiones de costos, pedirle simultáneamente contener la inflación y producir una depreciación del peso pone objetivos adicionales sobre una política monetaria que ya tiene poco espacio. La apreciación puede golpear exportadores, turismo, agricultura e industrias que compiten con importaciones. Pero reconocer el problema no implica escoger cualquier instrumento para resolverlo. Además, para la competitividad importa el tipo de cambio real, que depende también de precios, salarios y productividad. Manipular temporalmente el dólar no corrige esos fundamentales. La caída del precio del petróleo en 2014 dejó una lección importante. Expuso la vulnerabilidad de una economía excesivamente dependiente de unas pocas exportaciones. La respuesta estructural era aumentar productividad, diversificar y sofisticar la economía. Esa discusión culminó en 2016 con el CONPES 3866 de Política Nacional de Desarrollo Productivo. Ese sigue siendo el camino. Colombia necesita recuperar una agenda robusta de competitividad y desarrollo productivo: reducir costos logísticos, mejorar infraestructura, formar talento pertinente, aumentar innovación y adopción tecnológica, facilitar financiamiento, eliminar regulaciones innecesarias, promover competencia y conectar empresas con mercados internacionales. También necesita orden fiscal. Una política fiscal creíble reduce vulnerabilidades macroeconómicas y permite que cada instrumento haga su trabajo. Dejemos al Banco concentrarse en controlar la inflación y preservar la estabilidad macroeconómica. La responsabilidad del Gobierno es crear las condiciones para que las empresas puedan competir independientemente de las fluctuaciones del dólar. La competitividad sostenible no puede depender de administrar la tasa de cambio. Tiene que descansar en la productividad.
Economista y profesor universitario.