A cuatro años del precipicio
Hay una película de fines de los 90 ("Slidings Doors") que muestra la vida de una mujer que llega justo a subirse al metro y la compara con lo que hubiera ocurrido si no hubiera alcanzado a hacerlo
Hay una película de fines de los 90 ("Slidings Doors") que muestra la vida de una mujer que llega justo a subirse al metro y la compara con lo que hubiera ocurrido si no hubiera alcanzado a hacerlo. La vida de esa persona es radicalmente distinta en ambos casos. En una fue una vida feliz. En la otra, un verdadero drama. Y la única diferencia fue alcanzar o no a subirse al metro.
Chile vivió algo parecido hace cuatro años. Y si bien, evidentemente no existe el contrafactual para saber exactamente lo que hubiera ocurrido, no es difícil aventurar lo peor.
Chile se salvó a última hora no solo de un texto iliberal, sino de un texto identitario que excluía la visión de la mitad del país, utópico, inconexo y delirante.
El término "mamarracho" es incluso benévolo con lo que resultó.
De entre tantas declaraciones que se hicieron en la época, una de las más lúcidas fue la del filósofo español Fernando Savater, quien -a propósito de lo que ocurría en Chile- dijo: "Chalados ha habido siempre en el mundo; el problema es que hagan constituciones".
Algunos siguen queriendo culpar a que la actuación de los convencionales fue la que no dejó apreciar las bondades del texto.
Otros siguen culpando a las fake news .
El presidente Boric fue más lejos y habló de que la dirigencia no puede andar "más rápido que el pueblo".
Roteo, ninguneo y desprecio.
Hubo de todo. Y, en menor medida, sigue habiendo.
Pero lo que ocurrió fue justo lo contrario. La madurez de los chilenos les permitió darse cuenta de que todas las ofertas de derechos sociales no eran más que eso: un simple ofertón sin sustento alguno. Que la supuesta "casa común" no iba a ser más que un club de unos pocos.
La catarsis colectiva del estallido social y su posterior borrachera dieron origen a la asamblea constituyente, llamada eufemísticamente Convención Constitucional. Y lo que partió mal, terminó mal. Empezó con la pifia a los niños que cantaban el himno nacional y terminó con la asamblea coreando "el pueblo unido avanza sin partidos".
Es que no hay que olvidar que entre medio de todo lo anterior estuvo la fascinación absurda por los "independientes".
La izquierda radical se desenfrenó. La izquierda democrática no fue capaz de levantar la voz para desmarcarse de los radicales. Un tímido eufemismo "aprobar para reformar" fue la única diferenciación. Tardía, tímida e irrelevante.
Y en medio de todo eso apareció el dedo de Ricardo Lagos nuevamente. Cual Moisés abriendo el Mar Rojo, su postura fue clave para legitimar el cruce del Rubicón. Una actuación valiente, pero sobre todo lúcida. Su última gran actuación en su vida pública.
Se ha escrito bastante sobre si el apruebo y el rechazo generaron un nuevo clivaje o no. Y la respuesta es obvia. Desde el rechazo, la izquierda no ha podido remontar en ninguna elección. Y no solo eso: el proyecto constitucional movió los límites de quien está a un lado y al otro de manera permanente.
Si hace justo 4 años hubiera triunfado el apruebo, hoy Chile sería distinto.
Muy distinto.
Plurinacional para comenzar.
Habría que haber dictado leyes. Muchas leyes. Modificar instituciones. Crear otras. Definir competencias. Resolver contradicciones. Financiar derechos. Interpretar conceptos nuevos.
La Constitución habría reconocido los sistemas jurídicos indígenas, coexistiendo con el Sistema Nacional de Justicia.
El Senado habría desaparecido. Las expropiaciones habrían sido a "precio justo" y se habría acumulado una gran cantidad de derechos sociales infinanciables.
Y algo no menor: habría hecho del gobierno anterior un gobierno muy distinto...
Tal vez, vale la pena recordar al viejo Tucídides. En su historia de la guerra del Peloponeso, las ciudades no caen simplemente porque los dioses decidan castigarlas. Caen cuando la pasión desplaza al juicio.
Algo que estuvo a punto de ocurrir en Chile.
Pero triunfó el juicio...